29 junio 2022
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Viva el perreo

16 may 2022 / 03:00 H.

    Escribo estas líneas antes de que se celebre el festival Eurovisión. Llamadme raro si queréis, pero tengo la manía de intentar tomarme los fines de semana libres. Ya sea para salir al perreo o para no hacer nada, que parece que tenemos tatuado que debemos ser productivos constantemente. Y que lo último que faltaba es que no hubiese ningún día de la semana en el que no se trabajase. Y eso, que como bien se ha puesto sobre la mesa recientemente, la jornada laboral de 8 horas en España se consiguió en 1919. Siendo, por cierto, el primer país del mundo en poner en práctica aquello de “8 horas de trabajo, 8 de recreo y 8 de descanso”, que desde la llegada de los móviles queda bastante desdibujado. Así que aquí estamos 103 años después trabajando las mismas horas. Eso sí, con mejores condiciones, aunque a algunos oligarcas les piquen demasiado los derechos laborales.

    La verdad que el tema del trabajo daría para cien escritos como este, pero hoy la cuestión es que a estas alturas ya sabréis quién ha ganado Eurovisión. Y sinceramente, espero que no haya sido la representante española. No por nada, que ella y sus bailarines lo hacen increíble (y su trabajo les habrá costado), sino porque creo que no estoy preparado para tanto. Económicamente, no es mal negocio. Cogiendo el ejemplo de Portugal (2019), la televisión pública lusa gastó unos 20 millones de euros en organizarlo, ingresándose en torno a los 100 millones. Pero en España ya sabemos que funcionamos a nuestra manera, y seguramente acabaría abriéndose una causa por presunta corrupción por la organización del festival. Al menos en las vistas los imputados podrían alegar que fue por “tus ojos, bandido” (perdón por el chiste). Desde el plano político, tendríamos semanas -o meses- en los que el debate público se centraría en la cuestión. No tengo duda de que algún posmoderno de Más País lo llevaría al Congreso y tendríamos que escuchar a Macarena Olona diciendo que Eurovisión supone la decadencia de la moral occidental y la pérdida de valores patrios. Y ya de paso gritará “Eurovisión no tiene género”. Honestamente, estoy deseoso de ver si en su partido son capaces de gestionar las consejerías de Castilla y León. Que para gobernar hace falta algo más que decir chorradas.

    Y eso que toda la vida llevamos diciendo que “Eurovisión es política” y que por eso los estados del Este se votan entre sí. Porque claro, sabemos que históricamente la subregión ha sido un remanso de fraternidad entre los pueblos. No obstante, Eurovisión sí tiene mucho de política. De política internacional, concretamente. Eurovisión es mucho de eso que en relaciones internacionales llaman poder blando. Es decir, lo que no es militar ni económico, sino cultural. Y aunque el rey en esto es Estados Unidos, en Eurovisión Israel se lleva la palma. Pocas dudas caben de que el público objetivo del festival son los hombres homosexuales. Y este país juega esa baza inteligentemente. Es decir, son conocedores de que no gozan de prestigio internacional por su ocupación de Palestina, así que venden su país como super tolerante con los gais. Eso sí, siempre que sean hombres y de piel blanca. Así, podemos ver al representante israelita cantando “sé quién soy” -supongo que hablando de su homosexualidad- mientras el día anterior veíamos imágenes de como el ejército de ese país mataba a sangre fría a la periodista palestina Shireen Abu Akleh.

    Pero, en fin, supongo que problemas tenemos todos, ¿verdad? Así que nos tendremos que consolar diciendo que la cultura está para disfrutarla y Eurovisión es ese macroconcierto donde podemos ver desde una señora lavándose las manos y unos tipos con caretas amarillas bailando “que le den un plátano a ese lobo”, hasta cantantes famosos venidos a menos. Así que lo dicho: viva el perreo y muerte al trabajo.

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