26 septiembre 2021
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Los salmantinos que fueron testigos del desastre de Annual

Cerca de 10.000 españoles murieron hace un siglo acribillados en la región del Rif, en Marruecos, mientras huían a la desesperada de un enemigo en superioridad. El testimonio del mirobrigense José Alaejos, testigo directo de desastre de Annual, y el de otros salmantinos que fueron hechos cautivos describe el drama de uno de los episodios más negros de la historia reciente de España

31 jul 2021 / 08:57 H.
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PALABRAS CLAVE

Los soldados corrían desesperadamente, tropezando unos con otros. El camino era muy estrecho, y cuando uno caía, los que venían detrás pasaban por encima de él. Los moros, que habían entrado en Annual, no nos perseguían. (...) Pero nosotros enloquecidos por el terror, no nos dábamos cuenta de nada”.

Asi lo relataba 14 años después a un periódico de Madrid el mirobirigense José Alaejos, un hortelano de veinte años que había llegado a África como voluntario en abril y que fue testigo en primera línea, hace ahora cien años, de lo que en la historia se recuerda como el Desastre de Annual.

Hacía 60 años que el Tratado de Wad Ras había establecido el inicio de la andadura de España en Marruecos. Desde entonces, y en una desigual competición colonial con Francia, los gobiernos de la Restauración habían intentado gestionar la patata caliente de África basculando entre las ínfulas coloniales de un país con escasos recursos para gestionar el territorio, los pírricos intereses mineros en la zona y el malestar de parte de la población que despedía sus hijos hacia un futuro incierto.

La llegada del general Manuel Fernandez Silvestre como jefe de la Comandancia de Melilla aceleró los acontemientos. Hombre de acción curtido en Cuba, Silvestre prefirió desoír las indicaciones de prudencia del Alto Comisario Dámaso Berenguer y decidió “pacificar” la zona emprendiendo un avance rápido con el objetivo de tomar por tierra la bahía de Alhucemas. Los historiadores coinciden el error que condenó la estrategia de expansión de Silvestre: la excesiva distancia entre las posiciones establecidas dificultaba los suministros y les exponía en exceso a los ataques de los rifeños.

El jefe local Abd el-Krim, formado en España y antiguo amigo de Silvestre, lo advirtió y a mediados de julio cercó con una fuerza masiva el deficiente puesto de Igueriben, próximo a Annual. Fueron días de épica que han quedado escritos en la Historia: la falta de provisiones y agua obligó a los sitiados a chupar patatas machacadas y a beber colonia, tinta y hasta orines con azúcar. Los ataques de los rifeños impedían que llegase la ayuda desde Annual, donde se consumía un impotente Silvestre. Con la última bala llegó la rendición y la masacre.

El mirobrigense José Alaejos, de veinte años, había llegado como voluntario apenas tres meses antes

Era el 22 de julio de 1921. El pánico se apoderó de la plana mayor de los oficiales españoles en Annual. El anuncio de la muerte de Silvestre —posiblemente por suicidio, según la versión más aceptada— desencadenó una huida hacia Melilla tan apresurada como desorganizada bajo el fuego enemigo. En el último foco de resistencia en el camino, el fuerte de Monte Arruit, el general Navarro resistió un espantoso asedio que acabó el 9 de agosto. Pese a que los españoles acordaron la rendicion con los rifeños, estos los acribillaron al salir con balazos y machetazos. Casi 3.000 hombres perecieron en Monte Arruit delante de Navarro, que fue hecho prisionero.

TESTIMONIOS

Un siglo después, no se conoce con precisión el número de bajas aunque la cifra de muertos de esos días ha sido estimada entre 8.000 y 10.000 españoles. Tampoco es posible conocer exactamente cuántos salmantinos dejaron su vida en esta dramática huida. Pero las hemerotecas permiten seguir la pista de varios paisanos que estaban en el frente, como un mirobrigense que fue testigo en primera línea de los acontecimientos. El soldado José Alaejos Mateos, de 20 años, que había llegado en abril como voluntario, servía en el Regimiento de Infantería África 68. Su compañía de ametralladoras llevaba días resistiendo en una avanzadilla a 50 metros de Annual. Junto al resto de las fuerzas españolas destacadas en el puesto, intentaban acceder a la posición de Igueriben. Pero cada intento de enviar convoyes de auxilio era abatido por el fuego enemigo.

Entre nosotros cundía el desaliento. Notamos, además, que muchos oficiales, con uno u otro pretexto, nos abandonaban (...) Nadie sabía dónde diablos estaban metidos”, contó en 1935 José Alaejos en una amplia entrevista al diario La Libertad con motivo del aniversario de la masacre. Tras la caída de Igueriben el día 22 –“aquella noche el pánico fue horrible”- al grupo del salmantino le ordenaron acudir a Annual con unos mulos en busca de municiones para posteriormente emprender la retirada. Su testimonio de lo que encontró allí es estremecedor. “Una masa informe de soldados, aterrados, corría hacia las puertas del campamento, gritando: ‘¡Se ha matado Silvestre! ¡Sálvese quien pueda!”. El mirobrigense se acercó a la tienda del Comandante General de Melilla y lo que contó es historia de España. “Junto a la tienda vi tendido en el suelo al comandante Piña, que se había suicidado. Poco más allá, con la pistola en la mano y la cabeza destrozada, el general Silvestre. Supongo —por lo que allí oí y lo que pude saber después— que al no poder llegar a un acuerdo con los oficiales, que solo pensaban en salvarse, el general se suicidó”. Sin embargo, en la declaración que prestó a las autoridades militares 14 años antes, el salmantino negó haber reconocido a Silvestre.

Los generales Berenguer y Cavalcanti, horrorizados ante los restos que encontraron en la enfermería de la posición cuando la retomaron tres meses después.
Los generales Berenguer y Cavalcanti, horrorizados ante los restos que encontraron en la enfermería de la posición cuando la retomaron tres meses después.

Huir era la única idea en la mente. Con la muerte segura a las espaldas, la desbandada era general. “Vi cómo dos oficiales de Infantería disparaban contra unos soldados y se apoderaban de dos mulos para escapar más rápidos. La confusión era horrorosa”, contó Alaejos. La deserción de las fuerzas indígenas, que se sumaron al ataque contra los españoles, lo hizo más insostenible. “La mayoría de soldados huía sin defenderse”, recordaba el soldado salmantino. “Murieron muchos. Otros caían agotados por el cansancio, por la sed, por el calor y el polvo. Nadie se detenía a recogerlos. Los tiros que se oían a la espalda nos hacían apretar la carrera. No se veía un solo oficial. Y más valía, porque cuando encontrábamos alguno, marchaba desesperado, pegando tiros a diestro y siniestro para abrirse paso más rápidamente”.

En su desesperada huida, las tropas españolas encontraban posiciones abandonadas y en llamas. El hallazgo de varios camiones cuba de los que se utilizaban en el abastecimiento de Annual desató la locura por beber un poco de agua. “Todos los soldados se lanzaban hacia ellos. Había riñas, tiros, muchos muertos alrededor. Los que conseguían llegar a la abertura de la cuba metían la cabeza dentro con ansia de refrescarse. Los que estaban detrás empujaban. Fueron varios los que murieron ahogados”. José Alaejos aún lo recordaba con espanto en 1935 después. “Nosotros no pudimos beber. Empezaron a oírse tiros y seguimos hacia adelante”.

Después de once horas de huida desesperada en el calor del desierto, el grupo de Alaejos llegó por fin al fuerte de Dar Drius, donde se organizó la columna que proseguiría la retirada hacia Monte Arruit. Antes hicieron escala en el puesto intermedio de Batel, a donde de los 21 mulos de la compañía solo llegó el que conducía el salmantino.

“Desde las ocho de la mañana, que habíamos salido de Annual, no dejamos de correr un solo minuto. Y durante aquellas trece horas vi cosas que —aun siendo tan horribles las que había de ver más tarde en torno a Monte Arruit— no podrían ser superadas por nada”, contaba el mirobrigense en 1935. “Nunca creí que pudiera llegarse a ese grado de horror. Y conste bien que la culpa del desastre –salvo algunos que se dejaron matar como héroes- fue de los que huyeron a la desbandada, dejando abandonados a los soldados...”.

Una vez reagrupadas las fuerzas en Arruit, prosiguieron a Zeluán, a donde llegaron cerca de la medianoche del día 23 junto a medio centenar de hombres y mulos. Allí permanecieron hasta el 2 de agosto, cuando Alaejos fue hecho prisionero de los rifeños y conducido a Zaio, Tras 21 días, el salmantino logró escapar y huyo hasta Nador, muy cerca de Melilla, donde fue capturado de nuevo y llevado a la cercana Segangan, de donde logró fugarse de nuevo y ya definitivamente el 4 de octubre de 1921.

OTROS SALMANTINOS

A Annual se dirigía el 22 de julio el soldado de Tejares Pedro de Dios Serrano, integrando un convoy de municiones y víveres que no llegaría a su destino., A 4 kilómetros se encontraron con tropas españolas en retirada “ligera, casi precipitada”. Después de que su capitan ordenara el repliegue, cayó prisionero. Contaba el salmantino en la prensa local a su regreso que fue uno de los soldados que recogió el cadáver del coronel Morales, jefe de la Policía Indígena, y lo trasladó hasta Dar Drius. Su féretro fue entregado a los españoles por Abd El-Krim, un gesto excepcional que a juicio de los historiadores muestra el sincero aprecio que sentía el líder rifeño por su antiguo jefe de la Oficina Indígena .

Pedro de Dios Serrano terminaría cautivo en la prisión de Axdir, en la que coincidió con otro salmantino, Sotero Villalba Iglesias. Este había sido capturado cuando los rifeños tomaron su campamento de Dar El Quebdani el 26 de julio. Tras pactar la rendición, el teniente les dijo que dejaran los fusiles antes de abandonar la posición campamento. Pero varios disparos abatieron al teniente y se desató la huida general. Sotero esquivó el fuego y en su fuga desesperada hacia el este llegó en solitario a Segangane, a siete horas a pie. Alli fue apresado y comenzó su odisea de una a otra prisión, que concluyó en Axdir.

“Nos teníamos que dedicar a la caza de ratas, que nos comíamos como si fueran manjares exquisitos”

Centenares de españoles malvivieron en durísimas condiciones en “el infierno de Axdir”. Otros muchos no vivieron para contarlo. Un reportaje gráfico en la revista de ABC “Blanco y Negro en enero de 1922 despertó las conciencias en la península para salir en ayuda de unos compatriotas que, según aquel testimonio, apenas recibían alimentos, eran obligados a trabajar hasta la extenuación y eran a menudo apaleados brutalmente. “Nos daban una torta de cebada para quince días, la mayor de las veces mohosa. Nos teníamos que dedicar a a la caza de ratas, que nos comíamos como si fueran manjares exquisitos”, contó después el salmantino Sotero Villalba.

La presión de la opinión pública sobre el Gobierno llevó al ministro de Estado, Santiago Alba, a encargar al empresario vasco Horacio Echevarrieta la mediación ante Abd el-Krim. Antes de fin de enero de 1923, eran liberados Pedro de Dios Serrano, Sotero Villalba y el resto de los 367 cautivos de Axdir a cambio de cuatro millones de pesetas y otras compensaciones. Entre ellos, oficiales ilustres como el segundo jefe de la comandancia de Melilla, el general Navarro, y el único superviviente de Igueriben, el teniente Luis Casado.

Como reza el pie de foto de Mundo Gráfico, así de felices posaban las fuerzas que defendieron Tifaruin al terminar el asedio.
Como reza el pie de foto de Mundo Gráfico, así de felices posaban las fuerzas que defendieron Tifaruin al terminar el asedio.

El desastre de Annual despertó la conciencia nacional y elevó el sentimiento patriótico. En Salamanca LA GACETA lideró una cuestación popular para la compra de dos aviones, que antes de fin de año estaban cumpliendo misiones en la zona de Melilla. Los Regimientos establecidos en Salamanca, La Albuera y la Victoria, siguieron enviando tropas cada vez menos entusiastas y dejando familias cada vez más descorazonadas. La llegada de los cautivos a inicios de 1923 encendió de nuevo el reconocimiento popular. Pero el conflicto de África se atascaba.

El general Juan Picasso —tío abuelo del célebre pintor—instruyó un exhaustivo informe en el que tomó declaraciones a centenares de testigos de Annual. En sus 2.418 folios hizo un trabajo formidable en el que denunció negligencias y corrupción. Pero el golpe de estado de Primo de Rivera, precipitado por la inestabilidad política, dejaría sin castigo a los culpables, para alivio del propio rey Alfonso XIII, cuya imagen salía salpicada.

En septiembre de 1936, el testigo salmantino de Annual fue llevado a una checa en Madrid y ejecutado

La familia Alaejos se trasladaría a Medina del Campo y después a Madrid, donde José, que había enviudado de la mirobrigense Aurora, su primera esposa, se casó de nuevo con Amalia y entró a trabajar como chofer para el Ayuntamiento. Tuvieron una niña. En septiembre de 1936, José y Amelia fueron detenidos y conducidos a una cheka de Fomento. El 19 de septiembre el cuerpo del mirobrigense aparecía muerto a tiros en la calle Ataúlfo de la capital.

En ese mismo año, el héroe de Igueriben, el capitán Luis Casado, que había mostrado su lealtad a la República, fue ejecutado por sus propios compañeros, muchos de los cuales habían servido con él en África; entre ellos Francisco Franco, quien frustró con sus testimonios la concesión de la Laureada para Casado. Por su parte, el bando contrario se ocupó de fusilar en Paracuellos al capitán general Navarro, defensor de monte Arruit.

La maldición del Desastre de Annual persiguió hasta el final a muchos de sus héroes, que un siglo después aún esperan un justo reconocimiento.

EL HÉROE DE VILLAR DE CIERVO

Los salmantinos que fueron testigos del desastre de Annual

Agosto de 1923. Doscientos militares españoles defienden la posición de Tifaruin, al este de Alhucemas, en el interior y cerca del río Kert. Se trata de uno de los destacamentos que el ejército español ha logrado ocupar en su avance de recuperación hacia el Oeste de Melilla tras la catástrofe que supuso el Desastre de Annual. El capitán Rodríguez Almeida está al mando de unas fuerzas integradas por la II compañía del batallón de Isabel II, una sección de artillería del regimiento de Granada, otra de Ingenieros de Melilla y un destacamento de 17 soldados de la policía indígena. Y la situación es difícil. Unos 900 sitiadores rifeños establecidos en las colinas cercanas han conseguido cercar e incomunicar totalmente a los 200 defensores, que tienen unas reservas de alimento y agua muy limitadas. La resistencia se convierte en espera, una angustiosa cuenta atrás. Es 17 de agosto.

Pedro Rodríguez Almeida, de 42 años y salmantino de Villar del Ciervo, había iniciado su carrera militar en la Academia de Infantería entre los años 1898 y 1900. En agosto de 1921, tras Annual, fue enviado a Melilla. Ahora, cuando el oficial salmantino cumple dos años de servicio en África, la angustiosa situación supera las posibilidades defensivas de los sitiados. No es posible reponer el agua por la presencia de francotiradores –los “pacos”- ni restablecer la línea telefónica. Los asaltantes ya acechan las alambradas de los blocaos –construcciones defensivas de madera-, donde se les repele a golpe de bayoneta.

Cuenta el historiador Juan José Rodríguez Almeida que tras fracasar una operación de rescate, el día 19 se impone reducir la ración de agua. El capellán otorga la bendición a las tropas. Al día siguiente se estrecha aún mas el cerco. La situación es ya angustiosa y los oficiales deliberan: resistiremos hasta el ultimo momento. Primero muertos que rendidos. Si es necesario, volaremos la posición antes que entregarla”. Cuando todo parece perdido y la suerte de las fuerzas que comanda el capitán salmantino parece estar echada, los ataques amainan. El 22 de agosto llegan dos banderas de la Legión y liberan a los sitiados. Al mando de los salvadores, el teniente coronel Francisco Franco bajo el mando del general Fernández Pérez.

A su regreso y entre los muchos homenajes recibidos en su tierra, el Ayuntamiento de Villar de Ciervo decidió nombrarle hijo predilecto. Dio su nombre a la calle donde se encontraba su casa y se colocó una lápida conmemorativa en su fachada. Abandonó el servicio en 1931 con el grado de comandante aunque se reincorporó durante la Guerra Civil. Pedro Rodríguez Almeida fallecería el 10 de octubre de 1945 con el rango de coronel.

SALMANTINOS CAUTIVOS DE ABD EL KRIM

Pedro de Dios Serrano, el saboteador de Axdir

Los salmantinos que fueron testigos del desastre de Annual

Pedro de Dios Serrano, de Tejares, pertenecía al Regimiento de Ceriñola y en el momento del desastre estaba destacado en la posición de Mentiel, cerca de Annual, agregado a Ingenieros en la tercera compañía de Zapadores. El 22 de julio salió hacia allí en un convoy con municiones y víveres y a 4 kilómetros del destino se dieron la vuelta y se sumaron a la retirada general. Una vez apresado, fue testigo de la muerte del coronel Morales, jefe de las Tropas Indígenas. Allí se ofreció voluntario para enterrar cadáveres. Le llevaron a Mesauro —”allí vi muchos muertos y mucho material de guerra destrozado”— y en diciembre a Axdir. Apiñado con 82 presos en una estancia de 25x10 m., le obligaron a trabajar bajo duras condiciones, aunque tuvo arrestos para vengarse del enemigo con disimulo. Robaba parte de la cebada que le ordenaban sembrar para comérsela por la noche con los compañeros, e inutilizaba el material de guerra abandonado que le habían ordenado recoger despeñándolo cuesta abajo.

Sotero Villalba, año y medio de calvario

Los salmantinos que fueron testigos del desastre de Annual

Sotero Villalba Iglesias servía en el Regimiento de Melilla 59 y llevaba cuatro meses destacado en Dar-Quebdani, posición que reunía a 1.300 hombres de seis compañías. Tras varios días de calma tensa y ajenos a lo que sucedía al oeste, el coronel Araujo anunciaba a sus hombres el 25 la rendición. Al día siguiente, los rifeños invadieron el fuerte. Entregadas las armas, muchos españoles fueron asesinados allí mismo. El salmantino huyó hasta Segangan donde fue apresado y allí inició su duro cautiverio. Estuvo dos meses en Nador, donde compartió penalidades con muchos españoles, y posteriormente sería llevado a distintos destinos hasta recalar en Axdir, donde estuvo los últimos siete meses y compartió prisión con el general Navarro. Al llegar a Salamanca en el tren de Medina y abrazarse a sus padres, Sotero, que se encontraba enfermo, estaba preocupado. “Vengo con licencia de 20 días. Me faltan cuatro meses para cumplir, y desearía pasarlos en la guarnición de Salamanca. ¡Bastante he pasado ya con los 18 de cautiverio!”. Pronto sería licenciado.

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