15 agosto 2020
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La familia que lleva 4 años en Salamanca pidiendo asilo tras huir de Guatemala por estar ‘condenada a muerte’

“Dejé mi país para salvar a mis hijas”, afirma la madre de familia

22 jun 2020 / 13:39 H.

María es el nombre ficticio de la protagonista de esta historia, con una vida estable en su Guatemala natal. Tenía su trabajo, su familia, su casa, su coche. Pero una vida marcada por los abusos, la persecución y las amenazas de muerte hacia ella y sus hijas, sumado a una Policía y Justicia corrupta que le impedían salir de ese túnel oscuro, le empujaron irremediablemente a huir y venir a España y a Salamanca.

Tras la mascarilla que no se quita ni en las distancias largas para protegerse del coronavirus por su condición de asmática, María no puede ocultar en su mirada el sufrimiento que ha padecido en su vida. Con dificultad recuerda los pasajes más duros que había dejado atrás al instalarse en España. “La pareja de mi madre era un narcotraficante. Cuando yo tenía once años él y su hermano abusaron de mí. Ha sido algo muy fuerte, que no ha sido grato y que estoy intentando dejar atrás. Esa persona siguió con muchas presiones... Hubo un tiempo en el que él se alejó de mi madre y yo tomé el rol de atender a mi madre y hermanos pagándoles la casa, los servicios, los estudios con la condición de que él no estuviera cerca por lo que había hecho. Pero esta persona se dio cuenta de que la que apoyaba económicamente a mi familia era yo e inició una nueva presión”, relata.

“Llegó un punto en el que me dije: no puedo seguir así. Este hombre tiraba la puerta de mi casa, iba armado... y mis niñas viendo eso... Un día estando yo embarazada me bajó de los pelos del coche. Él iba armado con dos coches”, prosigue en su dramático testimonio María, que en Guatemala acudió a pedir ayuda poniendo denuncias, llevando pruebas y vídeos, pero de nada sirvió. “Una vez él llegó a casa y trató de llevarse a mis niñas. Llamé a la Policía y no recibimos ayuda. La sorpresa fue que al día siguiente aparecieron dos coches de la Policía Nacional que yo pensaba que era para auxiliarnos y llegaron con este narcotraficante”, explica. Hasta en el Juzgado de la Infancia de Guatemala recurrió María. “Me dijeron que no creían que fuera a tener apoyo, que peligraba mi vida y que me fuera del país”.María no quería exponer más a sus hijas y hace algo más de cuatro años emprendió viaje a España “sin pensar lo que iba a hacer”. “Lo primero era salvaguardar la vida de las niñas y de uno mismo, porque dependen de nosotros”, reafirma. Al llegar a España, María, embarazada de su tercera hija, su marido y dos niñas, tampoco tuvo suerte. Un matrimonio con el que contactaron para que les recibiera les chantajeó y se quedó con el poco dinero que traían.

Otros compatriotas que les dieron cobijo y alimento durante una semana les recomendaron acudir a Cruz Roja. María tenía miedo. “Estaba asustada por si me quitaran a mis hijas al no tener papeles, ni empleo ni un techo”, recuerda. Sin embargo, ahora sólo tiene palabras de profundo agradecimiento para Cruz Roja Salamanca. “Me ayudaron a caminar tranquila”.

Allí supo que por su situación podía solicitar el asilo internacional, un procedimiento que inició hace cuatro años y por el que aún sigue a la espera de una respuesta. María y su familia pasaron por el programa de acogida a refugiados, recibieron ayuda para manutención y alojamiento durante un tiempo pero desde hace dos años ya viven independientes. Tienen estancia legal en España y autorización para trabajar, una condición de tránsito, pero les falta la residencia que se le otorgará si el Gobierno falla a favor del asilo. Renovar cada 6 meses su tarjeta como solicitante de asilo es “una barrera”, reconoce.

Pese a la formación del matrimonio como perito contable, ella, y él ingeniero, las dificultades para homologar títulos en España les han obligado a empezar de cero. Su marido, tras realizar cursos de cocina logró un empleo estable en un hotel. Ella, con contratos temporales sigue a la búsqueda de un empleo.

“Fue un golpe fuerte dejar mi país pero ha valido la pena. El salir a la calle en paz y sentirse seguro no tiene precio”, valora María, para quien no fue fácil la integración en España por la “diferente cultura y educación”. Pese al apoyo de Cruz Roja en su proceso, María y su familia también han sentido el rechazo social por su condición de inmigrantes. “A mi hija mediana la llamaban panchita inmigrante en el colegio y le decían que veníamos a vivir de las ayudas. Son cosas de niños pero que reflejan la ignorancia de los adultos. Yo les digo a mis hijas que no estamos aquí no porque queramos sino que la situación nos llevó a venir acá”, responde María, que en este confinamiento, pese la dura situación económica con su marido en Erte sin cobrar y ella sin empleo, han rechazado las ayudas de Cruz Roja y de la beca de comedor del Ayuntamiento.

“Al inicio del confinamiento nos preocupaba el tema económico porque la vida se detiene pero las cuentas siguen corriendo. Pero hemos sido ahorrativos y nos ha ayudado bastante. En abril no pudimos pagar el alquiler porque era eso o los alimentos, pero cuando mi marido cobró el Erte ya nos hemos organizado. Nos llamó Cruz Roja y el Ayuntamiento por si necesitábamos ayuda pero lo rechazamos porque nos organizamos y queríamos que hubiera más ayuda para personas que realmente lo necesitan”, admite con honestidad esta mujer.

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