02 marzo 2021
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La apasionante historia de la familia que ‘reina’ en el callejero de Salamanca

Tomás Rodríguez Pinilla lideró en Salamanca la Gloriosa de 1868. Su hijo menor Hipólito fue el pionero de la aplicación científica de las aguas medicinales, y el mayor, Cándido, uno de los más notables poetas salmantinos del siglo XX. Tres calles de la capital homenajean a esta familia de notables

Fueron salmantinos pioneros que abrieron caminos e hicieron historia a caballo de los siglos XIX y XX. Tomás, el padre, encarnó en Salamanca el espíritu de la revolución que terminó en 1868 con el reinado de Isabel II. Su hijo Hipólito se convirtió en 1913 en el primer catedrático de Hidrología Médica de España, y el mayor, Cándido, fue un destacado poeta y periodista. Y ambos hermanos pertenecieron al círculo más selecto de los amigos de Miguel de Unamuno. En un caso insólito, Salamanca recuerda en su callejero a estos tres personajes, un padre y dos hijos, aunque, todo hay que decirlo, su memoria ha sido relegada a la periferia urbana.

TOMÁS, POLÍTICO

La apasionante historia de la familia que ‘reina’ en el callejero de Salamanca

Hijo de la mirobrigense María Pinilla, de Ciudad Rodrigo, y del salmantino José Rodríguez, miembro del gremio de plateros que había fundado la Escuela de San Eloy, Tomás Rodríguez Pinilla nació en Salamanca en 1815 y desde muy joven vivió en su casa las convicciones liberales de su padre y su abuelo, que habían sido encarcelados en 1823 al restablecerse el absolutismo en España. En 1835, siendo estudiante de Derecho en la Universidad de Salamanca, se alistó en el Ejército liberal para combatir al bando carlista en la guerra civil. Acababa de obtener el grado de bachiller en Leyes (1834) y Cánones (1836) y una vez licenciado en Leyes, comenzó a ejercer de abogado en Vitigudino en 1838, donde le tocó defender la torre de la iglesia junto a otros cinco amigos liberales y otros tantos carabineros del asalto de una partida carlista que había ocupado el pueblo. Su resistencia permitió la llegada de las tropas del Gobierno, que pusieron en fuga a los asaltantes. Por estos méritos de guerra sería condecorado en 1839 con la Cruz de María Isabel Luisa.

Se instaló después en Ledesma, donde contrajo matrimonio con María Concepción Bartolomé Polo y nació su primera hija Leonor. Allí ejerció la abogacía y compró para labranza varias propiedades des amortizadas a la vez que mantenía una activa participación política. En 1845 fijó su residencia y bufete en Salamanca, donde ganó por oposición una cátedra de Historia en el Instituto Provincial pero muy pronto fue privado de ella por negarse a formar una declaración de fidelidad a la Corona. En 1850 se habilitó como regente en Geografía y comenzó a impartir esta asignatura en la Facultad de Filosofía.

Pinilla intensificó sus intereses y su actividad. Mientras dinamizaba la sociedad salmantina creando la sociedad de artesanos La Unión, se relacionaba en Madrid con círculos demócratas y publicaba artículos en medios de la capital defendiendo la instrucción y la asociación entre las clases populares. Tras el éxito de la revolución de 1854, que dio paso al bienio progresista de O’Donnell y que en Salamanca tuvo un gran éxito popular, fue nombrado en su ciudad natal por aclamación miembro de la Junta de Gobierno de Salamanca bajo la presidencia de Álvaro Gil. Poco después sería elegido diputado progresista en las Cortes constituyentes, con lo que sus viajes a Madrid se hicieron más frecuentes. Se hizo colaborador habitual de periódicos como La Discusión, cuyo director Nicolás María de Rivero defendía el entendimiento entre demócratas y progresistas, y el bisemanario salmantino Adelante, en el que plasmó en escritos sus intensas gestiones en Madrid para traer la línea de ferrocarril a Salamanca desde Medina del Campo, convencido de que sería un modo eficaz para sacar a la provincia de su atraso.

Para entonces ya había cuajado en Pinilla el ‘antiborbonismo’ que mantendría siempre vivo y que ayuda a entender su posición intransigente ante la Restauración, según apunta Rafael Serrano García en su minucioso trabajo “Trayectoria política y perfil intelectual de un cimbrio”. Entregado a su papel de “burgués de agitación” -denominación que emplea Serrano- participó en la conspiración antiborbónica que se fraguó, el 22 de junio de 1866, en la fracasada sublevación del cuartel de San Gil, organizada por progresistas y demócratas. Pinilla organizó cinco días antes en Salamanca a 150 civiles armados en un fallido levantamiento civil: su misión de tomar del reloj del Ayuntamiento no tuvo éxito y terminó huyendo a Portugal. En represalia, fue despojado de su Cátedra de Geografía y a su regreso en enero de 1867 sufrió varias detenciones. En 1868, el triunfo de La Gloriosa, la revolución de Prim y Serrano que acabó con el reinado de Isabel II, le sorprendió escondido de la Justicia en un pueblo cercano a Madrigal de las Altas Torres. Tomás Rodríguez Pinilla fue recibido en Salamanca como un héroe entre el entusiasmo popular y bajo los toques del mismo reloj que él había intentado en vano hacer sonar dos años antes para llamar a la revolución.

Pinilla se convirtió así en protagonista del primer intento de régimen democrático en la historia de España. Fue nombrado en Salamanca presidente de la nueva Junta Revolucionaria, acaparada por progresistas y demócratas. Su administración estuvo presidida por su arraigado catolicismo liberal y en este tiempo dotó de carácter internacional a la Universidad de Salamanca para facilitar la matrícula de estudiantes portugueses. Pronto se trasladaría a Madrid para asumir un puerto en el Ministerio de Gobernación, cerca de su amigo Álvaro Gil Sanz, que era subsecretario. Elegido diputado en las Cortes, militó en los postulados del Partido Demócrata Radical de Ruiz Zorrilla, en el que Pinilla se había integrado como miembro de la corriente de partidarios de la monarquía democrática, los llamados “cimbrios”, quienes tras la marcha de los Borbones aceptaron la monarquía a cambio de impulsar reformas que facilitaran la transformación de los españoles en ciudadanos. Desarrolló en estos años una labor muy activa en defensa de la institución del Jurado e impulsando un proyecto de reforma judicial. Ya como director general de Propiedades y Derechos del Estado del Ministerio de Hacienda, Pinilla preparó la desamortización y venta de las Minas de Río Tinto.

El salmantino formó parte de la Asamblea que proclamó en febrero de 1873 la primera y efímera República Española, en la que desempeñó los cargos de Secretario General de Hacienda y Estado y fue nombrado consejero de Estado. Tras la Restauración monárquica, Rodríguez Pinilla decidió dejar la política y entregarse a la labor intelectual. En 1874 había publicado “La lira del proscrito”, un libro de poemas de contenido autobiográfico. En este fructífero período final promovió la creación de la Sociedad Geográfica de Madrid, fue accionista fundador en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza, colaboró con numerosas publicaciones y tradujo, junto a Nicolás Salmerón y Ángel Fernández de los Ríos, la “Historia de la Humanidad” del krausista François Laurent. Falleció en Madrid el 23 de mayo de 1886.

CÁNDIDO, POETA

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La vida del mayor de los siete hijos que tuvieron Tomás y María Concepción, nacido en 1856, pudo haber estado lastrada por la ceguera que le sobrevino desde los 10 años. No fue así. Fue educado en el Colegio Nacional de Ciegos de Madrid y desarrolló una amplia producción literaria y periodística. Dictó títulos como “Memorias de un mártir, poemas en cartas (1888), Venganza y castigo, leyenda salmantina (1890), Cantos de la noche (1898) y El poema de la tierra (1914) y La leyenda de un mártir, prologo de Ramón de Campoamor.

Cultivó como su hermano Hipólito la amistad con Miguel de Unamuno, que en el prólogo de “El poema de la tierra” describe cariñosamente la relación estrecha que le unía con Cándido. “Cuando hace ya algunos años le conocí en ésta su ciudad natal de Salamanca, intimamos al punto y muy luego me convertí en su casi diario lazarillo y en su lector. ¡Cuántos y cuántos paseos no hemos dado juntos por esta solemne tierra castellana que con tanto fervor canta en estos versos!”

La apasionante historia de la familia que ‘reina’ en el callejero de Salamanca

“Es, sin duda, Cándido Pinilla uno de los hombres a quienes más debo, pues aparte de lo que haya podido enseñarme por sí mismo, es uno de aquellos que más me han hecho pensar y leer en voz alta”, afirma Unamuno., que no dudaba en comparar la poesía de su amigo con la de Walt Whitman, considerado el padre de la poesía moderna estadounidense, y con el cubano José Martí.

Fue director de El Diario, periódico de la noche, y de El Castellano, periódico regeneracionista que en 1904 absorbió al primero, donde Cándido comentaba temas de actualidad en su sección “Coplas del día” y firmaba unas brillantes “Gacetas agrícolas”. Fue también colaborador de LA GACETA, El Adelanto, el semanario mirobrigense El Centinela, la revista semana El Resumen y el periódico ilustrado La Ciudad. Cándido Rodríguez Bartolomé murió en junio de 1931 en Ledesma, localidad donde eligió vivir. Miguel de Unamuno no faltó a su emotivo funeral, del que se hizo eco el ABC.

HIPÓLITO, MÉDICO

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El menor de los siete hermanos nació en el número 4 de la calle de las Muertes, antiguo nombre de la actual calle Bordadores. En Madrid, ciudad a la que se había trasladado la familia en 1868, cursó Medicina y Ciencias obteniendo las máximas calificaciones. Recibió el título de médico en 1883. Años después reconocería en unos apuntes biográficos que su verdadera pasión desde niño fue la política, pero que su desmedido interés por conocer le hubiese llevado a estudiar cualquier otra carrera, como Derecho o Medicina. Así lo recoge el profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Salamanca Juan Antonio Rodríguez Sánchez, uno de los mayores expertos en la figura del doctor Rodríguez Bartolomé.

Influido por un escepticismo terapéutico vigente en la época, se acercó en su primera etapa profesional a la homeopatía, que por entonces contaba con gran popularidad, y llegó a ser profesor del Instituto Homeopático de Madrid. Publicó varios trabajos en revistas especializadas antes de que sustituyera su interés por el campo que determinaría su posterior trayectoria: las aguas mineromedicinales. En 1887 ganó por oposición una plaza en el Cuerpo de Médicos Directores de Baños. Desde su primer destino en Arteixo hasta el último en Caldas de Oviedo, el doctor salmantino desempeñó hasta su jubilación, 44 años después, la dirección de hasta 13 balnearios.

Buscando obtener una cátedra docente para mantener económicamente a su amplia familia -ya por entonces tenía nueve hijos en su matrimonio con Magdalena Mata- Hipólito obtuvo en 1902 la de Enfermedades de la Infancia en la recientemente reconocida Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca. Ya para entonces había entablado amistad con Miguel de Unamuno, una estrecha relación que les uniría toda la vida y que conocemos a través de la publicación “Confidencias de Unamuno a su médico de cabecera”, de Francisco Blanco Prieto, que analiza la correspondencia entre ambos que se conserva en la Casa Museo Unamuno.

Como pediatra dirigió la ‘Gota de Leche” salmantina, institución nacional que redujo radicalmente la desnutrición y la mortalidad infantil, y defendió la nueva técnica diagnóstica radiológica que, según Luis Sánchez Granjel, transmitió después a Filiberto Villalobos. Desarrolló al mismo tiempo una viva actividad política y periodística, colaborando sobre muy diversos temas en los periódicos fundados por su hermano Cándido y otros de tintes progresistas. Notable orador, llegó a ser representante republicano en el Ayuntamiento de Salamanca y miembro de la Junta Nacional del Partido Reformista.

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En 1913, Hipólito Rodríguez se convirtió en el primer catedrático de Hidrología Médica de España, asignatura creada en la Universidad Central de Madrid (futura Complutense) como de libre elección en el período de doctorado, con la que se pretendía recuperar la alicaída industria termal nacional a través de su promoción entre la clase médica. Desde la cátedra y la Real Academia Nacional de Medicina, a la que ingresó en 1924, difundió los conocimientos científicos sobre las aguas mineromedicinales y la climatología entre profesionales de la medicina y sociedad en general, con numerosas publicaciones que se convirtieron en referencia en su campo. Con la proclamación de la República y estando ya en posesión de la Cruz de Carlos III, Rodríguez Bartolomé alcanzó la cima de su carrera en el año de su jubilación universitaria al ser nombrado miembro del Consejo de Estado. Pero nunca desconectó de su Salamanca natal: buena prueba de ello es que en 1932 fundaría la Casa Charra en Madrid.

De salud frágil, sufría frecuentemente problemas respiratorios y también de episodios de depresión, acentuados por la muerte de un hijo en 1925. Su muerte en marzo de 1936 a causa de un proceso cardíaco sumió en un gran abatimiento a Miguel de Unamuno. “Sentí que se me iba otro pedazo de mi vida salmantina de 40 años”, escribió el rector en El Adelanto, en una sentida necrológica en la que destacaba de su amigo su “íntima, innata y radical bondad”.

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