15 julio 2020
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Piropos terroristas

03 mar 2020 / 03:00 H.

Ahora que estamos al borde del 8 de marzo, por donde resbalan, entre las pretensiones de sentido común de igualdad de derechos y oportunidades, algunos tópicos que desbaratan la justificada y necesaria demanda, me parece un buen momento para hablar de uno de los muchos micromachismos con los que convivimos, que siguen doliendo en el corazón. Verán, yo no soy de las que combate los piropos espada en ristre. Ni de las que no reconoce que una lisonja en su sitio te recoloca hasta el carácter. Pero sí de las que cree que hay halagos y halagos. Para empezar, las galanterías, oigan, que sean de los cercanos o al menos conocidos. No es lo mismo recibir una lindeza de un amor, amigo o compañero con ganas de agradar, que de un libidinoso macho ibérico que camina por las aceras revisando las anatomías femeninas salivando. Y esto también vale para las redes. Una cosa es que el floreo llegue desde el cariño y el respeto, con ganas de que los días y las horas sean más gratos y otra que algún baboso con ganas de ponerle las cosas más fáciles al Onán que lleva dentro, se permita el comentario que no le haría ni a su madre, ni a su hermana, ni a su hija, ni tampoco a una buena amiga real y no virtual –y encima desconocida-. Yo siempre digo que cuando algún hombre dude respecto a si hacer, decir o recomendar algo a una mujer, piense si también lo haría -o desearía que lo hicieran- con alguien de la familia. Pues eso. Está más que claro. Y al que no se lo parezca es que no lo quiere ver. Igual que tampoco aceptar que hay agasajos que se usan para rebajar los méritos del contrario (o mejor dicho la contraria, que siempre suele ser una fémina). Son lo que Carmen Posadas, acuñadora de frases y términos imbatibles, señala como “piropos terroristas”. A saber: “qué guapa y qué tipazo tiene esta mujer... ¡y además pinta muy bien!”; “Increíble lo morenaza y estupenda que es la consejera delegada de tal empresa y lo lista que parece”; “Hay que ver cómo escribe de bien esta chica, con lo alta y lo rubia que es”.

Poner la cualidad física junto al talento intelectual diluye el segundo y lo minimiza hasta dejarlo reducido casi a la nada. Ayer salió publicado en La Vanguardia un estupendo artículo de mi admirado Daniel Fernández, en el que, por cierto, me coloca en el mismo lugar que otros “desviados del camino”, de sus carreteras -u oficios- principales, a las carreteras secundarias, antes de regalarme una estupenda crítica sobre “La chica a la que no supiste amar”. Más allá de que, en fin, teniendo en cuenta que llevo publicando desde 1991 y de que teniendo más de una quincena de títulos, la mitad de no ficción y la otra mitad de ficción, parece que debo haber transitado por igual ambos caminos bifurcados, Fernández subraya algo que, tristemente, es así: “Lleva varios libros publicados, pero no tengo claro si se le tolera y acepta la categoría de escritora. Al fin y al cabo es guapa y rubia y famosa, así que despierta todo tipo de sospechas”. Cuando publiqué mi anterior novela, recuerdo con estupor que, en la primera entrevista, alguien me presentó diciendo “es muy buena escritora, muy buena periodista, muy buena madre y está muy buena”. Lo cuento en primera persona, porque sé que se entiende mejor, pero estos piropos terroristas son cosa de todas y los padecemos todas alguna vez. Y casi siempre provienen de ellos, pero alguna vez también de las otras, que conmociona aún más. El 8 de marzo está a la vuelta de la esquina. Y seguirá estando mientras la equiparación de derechos no sea real. Y no lo será si no nos liberamos de los tópicos que lo invaden todo. Entre ellos el que se encierra en esos piropos terroristas, por desgracia tan habituales.