04 junio 2020
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Los ricos / famosos también lloran

10 dic 2019 / 03:00 H.

No hables, no mires, no sonrías. Eres famoso y, aunque jamás hayas expuesto tu vida ni hayas jugado a comprar y vender tus experiencias, te promocionas en los medios o trabajas en ellos, así que, aguanta. Eres carne de cañón. Aunque nunca hicieras nada para serlo. Solo por el hecho de haber nacido en el seno de una familia famosa. O de tener una profesión que requiere el aplauso público. Tu intimidad y privacidad estarán recortadas de por vida y, cuando menos te lo esperes, cuando la vida te parezca un remanso de paz y te confíes, entonces, justo entonces, aparecerá alguien con un teléfono móvil o una Leica, lo mismo da, y retratara tus miserias, las tengas o no. Y pondrá a prueba a los tuyos. Se inventará, por ejemplo, que un café solo y sin azúcar es la prueba fehaciente de tu deslealtad. Y correrá con el cuento y unas fotos que no dicen nada, por todas las redacciones. Y a partir de ese momento, te cuestionaran soterradamente en todos los foros y vigilarán los movimientos de tu familia y conjeturarán sobre cada uno de sus pasos y sobre el dolor que les causa tu pecado. Aunque no exista. Si te quejas, te lapidarán. Si no lo haces, te lapidarán. Si te defiendes, te lapidarán. Si no lo haces, te lapidaran. Igual da que te calles, que hables, que rías, que llores, que amenaces..., mientras quede un resquicio de “información” sobre lo tuyo, mientras la mujer con la que te tomaste el café o su tía o su prima o su compañera de guardería puedan decir algo, aunque no aporte nada, será suficiente para que tu vida continúe siendo un infierno. ¿Cuál es el sentido de todo eso? Apenas unas cuantas horas de tele, otras tantas de páginas escritas y todas las trastiendas donde, además, muchos cuentan lo que nunca sabrán respecto a un incidente tan nimio y usual como es que un hombre y una mujer sean amigos y se tomen un café en cualquier lugar del mundo. No dejo de preguntarme cómo es posible que, con la cantidad de desgracias que hay en el planeta, nos empeñemos en fabricar más y nos alimentemos de ellas. Porque tan culpable es el que hace la foto y la vende como el que la compra, el que la muestra, el que la mira y el que la consume. Sin oferta no hay demanda, pero sin demanda la oferta acaba por desaparecer. Lo siento por Cayetano Rivera y Eva González. Porque ser guapos, talentosos, discretos y profesionales no les ha servido para guarecerse del ansia de tantos de desearles lo peor. Una deslealtad o un terremoto. Cualquier cosa que se pueda contar y que los lectores, oyentes y telespectadores estén deseando comentar después en sus casas. Los ricos/famosos también lloran. Es el peaje de la fama. Buena para tantas cosas. Devastadora para otras tantas.