06 diciembre 2019
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Los árboles mueren de pie

16 nov 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

“El justo florecerá como la palmera, crecerá como cedro del Líbano” (Salmo 92)

Esta semana despedíamos consternados a otro salmantino, de la nómina inédita de charros lígrimos. El templo repleto, porque en muchos quehaceres anduvo Fernando García-Delgado y en todos se hizo querer. Un hijo, compungido, emocionó a los de por si conmovidos asistentes, leyendo unas notas compuestas de madrugada. Fue su despedida de quien había enseñado a su esposa e hijos a “amar el campo, el sonido de la lluvia y el olor de la tierra húmeda, buscar la estrella polar y montar a caballo, el pu-pu de la abubilla y la huella del jabalí”.

Álvaro acudió a la hermosa comparación bíblica entre los árboles y los hombres, para homenajear a un padre que les enseñó a “querer la naturaleza de la dehesa, su fauna, su ganado y sobre todo sus encinas”. En este caso, la metáfora referida a su padre como encina fue cabal. Porque para los cristianos, el árbol es sobre todo, un símbolo de la fe. Por eso leemos en Jeremías (17, 7-8) “Bendito el hombre que confía en el Señor y en Él tiene puesta su confianza. El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto”. Si es así; si por nuestros frutos nos conocerán, según el Evangelio de San Mateo; si como este afirma, no se recogen uvas de los espinos ni higos de los abrojos, muchos y buenos frutos dio el esposo, padre, amigo, letrado – con numerosos cargos y condecoraciones terrenales -, ganadero, cazador...señor y montaraz de su dehesa.

Durante la parábola escrita por su huérfano, algunos recordarían la copla de la Piquer que se refiere a la misma identidad charra-encina. En aquel caso se dice que de Pilarín con uno de los ejemplares de su finca, “Coquilla” : ... “en tus ojos se adivina/ la locura de un ¡te adoro!,/ y has de ser como una encina,/ ganadera salmantina,/ con divisa verde y oro”. Esa encina bajo cuyo tronco tiene que enterrar su adoración. En otra regiones sus gentes se identifican con el olivo, el álamo, y en el caso aragonés, a tenor de la romanza de El Divo – que canta primorosamente Manolo Plus” -, con el roble : “Soy de Aragón...con sus hembras sonrientes/ y sus mozos como el roble,/ orgullosos y valientes”.

El “Elogio de la encina” mejor que conozco, lo escribió hace cuarenta años el mas tarde Premio Raztinger (conocido como el Nobel de Teología), Olegario González de Cardedal. El sacerdote criado en Gredos, y profesor de la UPSA, se preguntó entonces “como ser y permanecer cristianos en tiempos de inclemencia”, teniendo ante sus ojos “inevitablemente la imagen viva de la encina”. Como tantos ancianos venerables, Olegario, como pretendemos todos, es hoy “la encina recia (de) añoso tronco” del verso de Virgilio en “La Eneida”. Intentan descuajarla los cierzos, y ella cruje, “pero prendida queda en alta peña/ en el cielo la frente y las raíces/ en el seno de la tierra hundidas”. Sin embargo, a la encina no sólo la amenazan el cierzo, el hacha, la moto-sierra. También “la seca” y “el capricornio de las encinas”, ese coleóptero hidep...que se oculta en el tronco y lo va taladrando, como el hidep...del cangrejo, el cáncer que anida en nuestras células y puede acabar con cualquiera. Como le sucedió a Fernando, aunque para su hijo no acabó con él, sencillamente le regresó a su querida tierra, dejando “carrascos y arbolitos en cada uno de nosotros”. Como en el drama de Alejandro Casona – que me sirve de titulo -, murió como los árboles, simbólicamente, de pie.

Recuerdo nuestro primer encuentro, a solas, Clínica “Ruber”. La desolación de aquel joven letrado, hijo de un Magistrado prestigioso, aún pasante en el bufete del entonces Decano del Colegio, Luis Hernández Álvarez. Allí murió prematuramente su maestro, el excelente penalista, el defensor del amante en el legendario crimen de Tardáguila (“Ramona le dice al Lino/ con muchísimo salero :/ Matamos a mi marido/ y nos vamos al extranjero”). Desde entonces muchos años de respeto y afecto mutuo, y muchas concordancias, con una sola y perdonada discrepancia. Hasta la última ocasión que nos encontramos, él con las inequívocas señales de su enfermedad. Me repitió “a ver cuando vienes a merendar una tarde a Valdelazarza”, invitación que ambos sabíamos irrealizable. Le llamó a su seno el Montero Mayor, ante el que ya habrá rendido cuentas, y recordado los abundantes frutos que como hombre-encina, derrochó.