25 mayo 2019
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Chalecos y lazos amarillos

24 mar 2019 / 03:00 H.

El sábado 8 de diciembre de 2018 salieron a la calle en Francia cubiertas con los chalecos amarillos (esos que todos llevamos en nuestros automóviles) unas 130.000 personas (10.000 en París). Hubo 265 heridos, entre ellos 39 policías. El grito más repetido fue “¡Macron, dimisión!”. ¿Por qué pedían la dimisión?

El detonante de la movilización fue una ecotasa, un levísimo aumento de la imposición en la compra de combustibles.

Curioso asunto el que una tasa que pretende combatir la contaminación atmosférica sea capaz de catalizar un feroz descontento que arranca y se nutre de la Francia periférica y rural.

Para explicar en parte ese origen anti tasas ecológicas conviene echar mano de un sociólogo alemán llamado Harald Welzer, quien reflexiona así:

“Se le pide a la gente que se ocupe de un problema cuya causa es anterior a su nacimiento y cuya solución será posterior a su muerte. En tales condiciones, esas personas no pueden tener ni tienen influencia alguna ni sobre lo que causó el problema ni sobre su solución”.

En cualquier caso, a Macron no le quedó más remedio que retirar la dichosa tasa, pero las protestas de los chalecos amarillos no se detuvieron. Un movimiento cada vez más radicalizado y menos explicable... y ahí siguen, quemando contenedores, arrasando comercios y tirando piedras. Contando, eso sí, con el apoyo irrestricto de la extrema derecha y de la extrema izquierda.

Para entender, si es que hay alguna forma de entender semejante “movimiento”, quizá haya que volver a Alexis de Tocqueville (1805-1859), uno de los mayores intelectuales franceses de todos los tiempos. Él escribió que “la gente en la edad democrática siente una pasión ardiente, insaciable y eterna por la igualdad [...], tolerará la pobreza, la esclavitud, la barbarie, pero no tolerará a la aristocracia”. Tocqueville también advirtió de que el deseo de igualdad se hace más insaciable precisamente cuando aumenta esa igualdad. Y uno de los lugares del mundo donde más igualdad existe es precisamente la Unión Europea.

Esa igualdad es a la que aspira el separatismo catalán, que también se decora con el amarillo para pedir lo imposible, pretendiendo acabar con la Constitución Española, la única que ha traído libertad e igualdad a este maltratado país... y ahí los tienes, manteniendo esos lazos en todos los edificios públicos en contra de la orden de la Junta Electoral. No sé lo que pensará el lector, pero yo me malicio que van a quedar ahí colgados hasta que la lluvia los destiña.