11 diciembre 2019
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Alerta en otoño

04 nov 2019 / 03:00 H.
Roberto Zamarbide
Patio de luces

A una semana de las elecciones generales, viajo a través de los colores que el otoño pinta en los bosques. Resulta un espectáculo impagable de la naturaleza, como tantos otros regalos a los sentidos que nos suelen pasar desapercibidos. Me saca del ensimismamiento el boletín informativo horario en la radio del coche, que cuenta la agenda de campana de Sánchez aquí, de Casado allá, de Rivera no sé dónde, y de alguno más por otros sitios, y me pongo en guardia al comprobar que la mayoría se han confabulado justamente hoy para montar sus circos de autobombo en ciudades por las que estoy pasando y en aquella a la que me dirijo. Estoy rodeado. Vuelvo al paisaje. Los árboles también parecen prepararse para lo que viene. El verde se degrada en bellos tonos de amarillos y ocres. “Verde, amarillo y...” Sin perder la vista de la carretera, el conductor imagina un semáforo de árboles de hoja caduca en el que estaría a punto de encenderse el rojo de peligro. Peligro de volver a encallar en la misma guerra de trincheras, en la que nadie avanza y todos se disparan entre sí. Concluye el informativo en la radio, recupero súbitamente la consciencia del presente y me doy cuenta de que esta noche he dormido poco. Quizás eso explique tales alucinaciones.

Es 1 de noviembre. Las voces de la radio me han recordado minutos antes que hoy es el día en que nuestra sociedad evoca a los seres queridos que ya no están. Preveo que este puente de Todos los Santos será intenso en emociones, como para tantos españoles que este fin de semana vivirán encuentros familiares y recuerdos a los ausentes. Pero las voces de la radio, otras voces, me devuelven a la actualidad. Invaden mi coche sin pedir permiso los mensajes electorales de los principales partidos en liza. Los escucho con cierto desdén y mucho escepticismo. Unos niños hablan sobre el IVA y el IBI y que su mamá es autónoma; otro locutor enumera una serie de valores muy loables, pero sin dejar claro qué quiere hacer tal partido con ellos; una tercera voz menciona “lo que nos cuestan los inmigrantes”. Por suerte, aquello acaba pronto. No deja de sorprenderme, pienso entonces, en lo insólita que resulta esta situación: hace seis meses que consultaron nuestra voluntad y en todo este tiempo no han sido capaces de hacer bien su trabajo, que no es otro que hacer política: invitar, escuchar, proponer, negociar, ceder, acordar. Todos enarbolaron su bandera y su cubo de pintura roja y se ocuparon de trazar en torno a su corpus ideológico unas rayas rojas tan gruesas que podían divisarse desde la Estación Espacial. Hoy estamos exactamente en el mismo punto en que estábamos en abril. Medio año tirado al contenedor.

Ellos, los candidatos que buscan nuestro voto, lo saben bien, y para disimular, llegan con eslóganes nuevos, un gesto más serio o uno más amable, con retoque en el look o barba de conveniencia. Son los mismos de entonces, sí, pero tras seis meses jugando a hacer política ahora traen polvo en los zapatos y alguna que otra cicatriz. Sánchez viene de un verano bailando la yenka -izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres: guiño a los lectores viejunos-. Iglesias olió la tarta y por pedir un trozo se quedó castigado sin postre. Rivera lleva tiempo corriendo alrededor de las sillas vacías y cuando deje de sonar la música, quizás no tenga donde sentarse. Casado ha recordado quién lideró la última victoria electoral de su partido y, en su proceso de marianización, ha optado por dejarse barba y ponerse de perfil. Abascal, finalmente, se está viniendo arriba ante la pasividad general y amenaza con quitar los juguetes al resto de fuerzas de la derecha parlamentaria.

Los cinco que debaten hoy son los mismos de antes que vienen a pedir nuestro apoyo sin haber hecho los deberes. Fracasaron en su trabajo, pero no hay un jefe que les despida ni tienen la decencia de marcharse. Ahora esperan que votemos bien, no como entonces. No se han dado cuenta de que ya no es tiempo de mayorías absolutas, ni de rayas rojas, sino de hablar, escuchar y entenderse.

Hoy es domingo y viajo de regreso. Me acerco al coche y está adornado de bonitas hojas rojas de los arces de la plaza. Los presagios no son favorables, pero pienso votar este domingo. Hay que votar para poder exigir y protestar. No es mucho, pero es lo que nos queda.