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Media verónica de Borja Jiménez a Garañuelo, el segundo de Victorino ayer en Las Ventas. PLAZA 1
Ideas cárdenas: una gran decepción

Ideas cárdenas: una gran decepción

El descafeinado mano a mano entre Ureña y Borja Jiménez resultó un fiasco ante un encierro de Victorino Martín, con dos toros nobles por un pitón, que tampoco estuvo a la altura. Undécimo No hay billetes en la taquilla y el Rey en el palco.

Miércoles, 5 de junio 2024, 21:51

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La Ficha

  • Madrid, Las Ventas. Miércoles, 5 de junio Lleno de «no hay billetes», sol y calor.

  • GANADERÍA 6 TOROS DE VICTORINO MARTÍN, de muy seria presencia, cornalones y astifinos. El 1º no tuvo ni un muletazo, con un buen pitón derecho el 2º; noble el 3º; apagado el 4º, noble y desentendido el 5º; con dificultad el 6º.

  • DIESTROS

  • PACO UREÑA ROSA Y ORO Dos pinchazos y casi entera atravesada y delantera con diez descabellos (silencio tras dos avisos); casi entera (vuelta al ruedo tras petición y aviso); y pinchazo y bajonazo casi entero y atravesado y estocada atravesada (silencio tras aviso).

  • BORJA JIMÉNEZ VERDE HOJA Y ORO Pinchazo, media estocada con cuatro descabellos (silencio tras aviso); estocada y descabello (silencio); y pinchazo y casi entera (silencio).

Sin un atisbo de competencia ni un ademán de emoción. Dos toros con un buen pitón derecho, segundo y tercero, con los que no prendieron la llama dos toreros de los que se esperaba más. El carácter descafeinado no estaba en el guión. Lejos de no lucir a la corrida de Victorino en el caballo, ni uno solo se colocó bien en suerte y eso encabronó a la parroquia. Más cuando les castigaron a la corrida con saña. Los seis piqueros se fueron entre abucheos, solo se salvó Alberto Sandoval. La corrida sacó carácter en banderillas e hizo pasar fatigas. Más si cabe cuando el resto de las cuadrillas tampoco estuvieron bien colocadas para los quites. Felipe VI, en el palco real, se tuvo que aburrir como una ostra. La corrida de la Asociación de la Prensa apenas tuvo buenas noticias ni felices argumentos. Solo la irreprochable presencia del encierro. La corrida de Victorino Martín no caminó, se quedó a medio viaje y las embestidas sin entrega real no siempre transmitieron ni el peligro ni la dificultad que tenían. Eso jugó en contra de los toreros que no estuvieron lucidos de ideas para aprovechar las embestidas más templadas de segundo y tercero, sin que ninguno terminara de enamorar. Les faltó la habilidad para mostrar con más destreza la dificultad del encierro.

El primero no caminó y cuando dobló viajó siempre con el freno de mano. En cuanto Ureña trató de ligar brotó un certero derrote que le rasgó los machos de la taleguilla. Se acabó todo antes de empezar. Lo intentó Ureña con la izquierda y la primera embestida fue una tarascada que heló la sangre hasta del apuntador. Japonés, el tercero, conquistó por su despampanante presencia y descomunal testa: se llevó una ovación al salir por su irreprochable seriedad con sus pitones casi cornivueltos. No se entregó en el capote ni en el caballo. Ureña estuvo demasiado precavido. A las medias embestidas no les limpió el muletazo. La gente esperó hasta el último suspiro a un toro al que le faltó un poco de todo. Sin rematar ni una vez los muletazos, tampoco tuvo maldad ni intención de coger. El temple y la exigencia demostró que era la receta pasado el ecuador de la faena al coger la diestra. Tenía el mérito y la emoción de embestir despacio, pero pedía mando y exigencia. Por arriba no quiso nada. Duró dos tandas que se esfumaron como si nada. Quedó la sensación de no pulsar la tecla correcta. El público puntuó más a Japonés. Con la espada tuvo la decisión que le faltó con la muleta y propició una muerte espectacular. El quinto repartió la nobleza y el desentendimiento a partes iguales, Ureña apostó sin convencimiento y navegó entre la indiferencia.

Tuvo un gran pitón derecho el segundo y Borja Jiménez lo vio pronto. Exigía varias claves iniciales: llevarlo en línea, que no tropezara, taparlo mucho y que las series primeras no fueran de más de cuatro muletazos. Reponía y defendía a partir de ahí. Eso lo hacía romper para atacarle más al final. Por el izquierdo no tuvo ni uno jamás. Todo tuvo intensidad sin terminar de explotar la faena. El toro puntuó alto, la ovación en el arrastre dictó sentencia. La nobleza apagada del cuarto pareció la consecuencia del duro castigo en el caballo. Sin maldad apenas tuvo medias embestidas. No dijeron nada ni uno ni otro. Con este y con el sexto, estuvo tesonero sin centrar la atención. Como le pasó a la tarde, aquel atisbo del segundo quedó demasiado lejos y se perdió en la nada, como la insignificante vuelta al ruedo de Ureña, por la eficacia de una espada en tarde de malas estocadas.

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