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Un grupo de visitantes admira la pintura de Gallego, conocida como “El Cielo de Salamanca” ALMEIDA
Los misterios del cielo de Salamanca

Los misterios del cielo de Salamanca

Setenta años después de la recuperación del fragmento de la bóveda astrológica de Fernando Gallego que ha llegado hasta nuestros días sigue concitando la polémica y el misterio.

Domingo, 13 de marzo 2022, 18:45

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Cinco siglos después de que Fernando Gallego ilustrase la bóveda de la antigua librería del Estudio Salmantino, en el Edificio Histórico, y setenta años después de su recuperación, el conocido como ‘Cielo de Salamanca” sigue envuelto en un halo de misterio.

El último trabajo de investigación firmado por Azucena Hernández, de la Universidad Complutense de Madrid formula la hipótesis de que la obra de Gallego reflejaba el cielo de los días 13, 14 y 15 de agosto de 1475 sobre la longitud y latitud de Salamanca. La investigadora sostiene que la obra de Gallego buscaba reporesentar un evento astronómico singular, que sería la triple conjunción planetaria de Venus, Marte y Saturno, visible del 13 al 15 de agosto

En la obra, Gallego supera el arte sagrado de la época y plasma la especulación astronómica de la ciencia

La hipótesis de que la bóveda astronómica reflejaba la posición del cielo en unas fechas concretas, y en particular del 14 al 29 de agosto de 1475, ya había sido formulada anteriormente por expertos como M. H. W. Duerbeck. Pero Hernández va más allá y apuesta porque se tomó como referencia el día 13 por motivos religiosos al tratarse de un domingo, “Día del Señor”. Esta hipótesis ha sido rebatida posteriormente por Carlos Tejero y Guillermo Sánchez, estudiosos de la obra, alegando que la posición real de la Luna ese día no se correspondía con la representada y negando que la situación de los tres planetas mencionados fuera suficientemente cercana para ser considerada ‘conjunción’. Así pues, el debate sigue abierto.

La obra

Los testimonios recogidos de quienes pudieron admirarla en su totalidad han permitido a los historiadores del arte concluir que en la bóveda figuraban los siete “planetas” conocidos entonces —incluyendo el Sol y la Luna— las constelaciones de la octava esfera y, dentro de estas, los doce signos del Zodíaco. Se consideraba que las 48 constelaciones de la Octava Esfera constituían las estrellas fijas del mundo perceptible para el hombre y que detrás de ella se situaba la Novena Esfera, desde donde, ya fuera del alcance del hombre, gobernaba Dios.

Del conjunto, solo se han conservado el tramo donde se sitúan dos planetas, sentados en sus carros triunfales; cinco constelaciones zodiacales (Leo, Virgo, Libra, Escorpio y Sagitario), tres constelaciones del hemisferio Norte y siete del Hemisferio Sur. El cielo aparece movido por los cuatro vientos de la concepción copernicana, personificados en cuatro cabezas humanas situadas en la zona inferior de la bóveda.

La obra de Gallego simboliza, según han aportado muchos expertos, un desafío a las tendencias pictóricas de la época, ya que en ella la imagen de culto medieval deja paso al arte propio de la edad moderna en un signo de Renacimiento. Los temas sagrados son sustituidos por la especulación astronómica. Sus grandiosas proporciones, además, colocaron a Salamanca y su Universidad en escenario de un paso de gigante en el arte español.

Los maestros pedreros de origen moro Yuça y Abrayme dirigieron a finales de la década de 1470 la construcción de la librería donde Gallego pintaría su bóveda astronómica. Su emplazamiento original se localizaba sobre la capilla de la Universidad, que se ha mantenido hasta la actualidad en el ala sur del Edificio Histórico, con una planta rectangular de 23,02 x 8,70 m. La cubierta, delimitada en tres tramos por dos arcos fajones, tenían un remate poligonal, de tres paños iguales, en sus dos extremos. José María Martínez Frías, autor de la principal monografía sobre la obra “El cielo de Salamanca” (2018), apunta que el modelo arquitectónico elegido pudo estar determinado por la intención de los miembros del Estudio nombrados para seguir la obra: y esta intención no era otra que la de desarrollar un gran programa iconográfico con inscripciones que plasmase la ‘ciencia del cielo’ que dominaba la Universidad en aquella época.

Los libros de claustros del Estudio salmantino entre 1481 y 1503 se perdieron y no se conservan datos sobre la autoría y la cronología del programa astrológico de la biblioteca, o librería, como se le denominaba entonces. Los únicos documentos que han perdurado son los relativos a su construcción y algunas descripciones de testigos de la época.

Gallego debió iniciar su obra en el año 1483. María Martínez Frías estima que pudo tomar como modelos para las imágenes astrológicas de la obra los grabados del “Poeticon astronomicon” de Higinio, publicado el año anterior en Venecia. El mismo experto estima que la obra le llevaría tres años, dada la urgencia que tenía la Universidad por disponer de su biblioteca.

La bóveda astrológica de Gallego tuvo una existencia efímera: apenas 174 años. Entre los primeros testimonios de quienes pudieron admirarla, los historiadores destacan los elogios que le dirigieron el humanista siciliano Lucio Marineo Sículo, profesor por entonces de Retórica y Poesía en la Universidad, y el médico alemán Jerónimo Münzer, que visitó Salamanca el 3 y el 4 de enero de 1495 durante un viaje por España de cinco meses.

La bóveda astrológica de Gallego tuvo una existencia efímera: apenas 174 años

En enero de 1506 el claustro ordenó desmontar el artesonado de la capilla, que era también suelo de la biblioteca, y trasladar la biblioteca a otro lugar. Las obras del actual emplazamiento, el actual, en el lado opuesto del claustro, se iniciarían en 1509. Por desgracia, poco después del citado desmontaje, la bóveda ya acusaba el deterioro producido por la humedad, que había dañado tanto el mortero como las pinturas. Se encomendó la restauración al dorador y pintor flamenco Juan de Yprés, a quien la Universidad había encargado el policromado de las imágenes de la capilla, pero su actuación en el ‘cielo’ de Gallego, aplicando capas de óleo al temple original, no fue muy afortunada. Yprés ‘alisó’ algunas de las estrellas en relieve, suprimió otras y termino por estropear la composición original.

Fue a mediados del siglo XVIII cuando la Universidad decidía emprender obras de reforma en la Capilla. Y entre ellas se debatió con oportunidad de construir otra bóveda a menor altura, cuatro metros por debajo de la anterior, más acorde a los gustos arquitectónicos de la época. El deterioro de las pinturas con el paso de los años precipitó la decisión del Claustro de la Universidad, y aunque algunos de sus miembros la defendieron como una obra “excelente y magnífica”, la sesión del 12 de julio de 1763 condenó la bóveda astrológica de Gallego. Pero muy poco después, en la segunda mitad de ese mismo año, se derrumbaron dos tercios de la bóveda y, con ella, gran parte de la obra de Gallego se perdió para siempre. La obra que se salvó quedó oculta tras la nueva bóveda.

Casi siglo y medio después, en 1901, el profesor Antonio García Boiza descubría los restos que correspondían al pie de la capilla, aunque muy dañados por el paso del tiempo, la humedad y los desconchones. El arqueólogo e historiador del arte Manuel Gómez-Moreno publicó en 1913, el primer estudio sobre la obra y la atribuyó a Fernando Gallego (1440-1507), uno de los más destacados pintores del estilo gótico de la época. La hipótesis sobre la autoría de Gallego fue ampliamente apoyada por los historiadores y también por Josep y Ramón Gudiol Ricart, que se encargaron entre 1950 y 1952 de la restauración en Barcelona de este conjunto pictórico y llegaron a exhibirlo en la exposición de arte sacro que se hizo en el Palacio Real Mayor de la Ciudad Condal con motivo del XXXV Congreso Eucarístico. A su regreso a Salamanca, el ‘Cielo de Salamanca’ - término acuñado el año anterior por Rafael Laínez Alcalá, catedrático de Historia del Arte de la Universidad- fue presentado en sociedad por todo lo alto el 1 de julio de 1952, ya en su emplazamiento del patio de Escuelas Menores donde hoy se admira.

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