15 diciembre 2019
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Las joyas ocultas que guarda el templo del saber salmantino

Después de ocho siglos de vida, la Biblioteca Histórica de la Universidad no solo guarda uno de los fondos de manuscritos e incunables más importantes de Europa, sino también el conocimiento y el saber de gran parte de la historia, con auténticas joyas bibliográficas muy desconocidas

18 nov 2019 / 10:04 H.

Desde su creación hace ya ocho siglos, la Universidad de Salamanca se ha convertido no solo en alma mater de un sinfín de instituciones académicas —especialmente al otro lado del Atlántico—, sino que durante siglos ha ejercido también como templo del conocimiento y faro del saber tanto en España como en América. Por sus aulas han pasado pensadores ilustres, escritores afamados, científicos visionarios, humanistas revolucionarios, teólogos comprometidos, lingüistas desinhibidos... que han dejado una gran huella e impronta a través de sus lecciones, de sus comentarios, de sus traducciones y de sus propias obras manuscritas. Aunque buena parte de estas aportaciones se han quedado por el camino, algunas han llegado hasta nuestros días y se conservan, como oro en paño, en la Biblioteca General Histórica. Y es que hoy en día, la Universidad de Salamanca puede presumir de contar con uno de los fondos bibliográficos universitarios más singulares y destacados no solo de España, sino también de toda Europa. “Siempre he pensado que la Biblioteca Histórica es el espejo de lo que ha sido la Universidad de Salamanca desde sus orígenes hasta nuestros días, ya que una biblioteca no deja de ser la institución cultural que refleja la historia de un país”, anota la directora de esta entidad, Margarita Becedas, quien define como “muy importante y considerable” el fondo de la Biblioteca Histórica, tanto en cantidad como en calidad.

El fondo antiguo impreso ronda los 60.000 volúmenes; casi 2.800 manuscritos y 487 incunables

Y no es para menos. Al igual que la propia institución, la biblioteca de la Universidad de Salamanca puede presumir de contar con casi ocho siglos de vida, lo que la convierte en una de las más antiguas de Europa. Su nacimiento se remonta a 1254, donde la Carta Magna de Alfonso X el Sabio ya recoge la creación del cargo de Estacionario, y en 1411, Benedicto XIII, el Papa Luna, ya contempla en las Constituciones una partida específica para la compra de libros, situación que ratifica el papa Martín V en 1422 con la existencia de una casa para el Estacionario. Pero no será hasta 1470 cuando se destine una sala exclusiva para estos libros, que se ubica en la zona alta de la capilla. Pero el gozo en un pozo. En torno al año 1500, se derriba el techo de la capilla y se cierra la biblioteca, hasta que en 1509 se aborda la construcción del actual local. Y como a perro flaco todo son pulgas, en 1664 —tras pasar un periodo complicado y de decadencia— otro suceso viene a entorpecer el resurgir de la biblioteca: el hundimiento de la bóveda y con él la desaparición de un gran número de volúmenes. Después de años viviendo en situación precaria, en 1749 tiene lugar la reconstrucción de la sala, ya con el aspecto actual. Hasta ella llegan no pocos fondos procedentes de la expulsión de la Compañía de Jesús (hasta 12.000 volúmenes) y de la desaparición de los Colegios Menores (se habla de 100.000 volúmenes, aunque solo llegan a la biblioteca unos 20.000). A finales de siglo desaparecen también los Colegios Mayores, cuyos manuscritos, en lugar de ingresar en la Biblioteca General, son trasladados a la biblioteca del Palacio Real de Madrid. En 1954 regresan de nuevo a Salamanca, aunque no todos los que se marcharon. En la actualidad, la Biblioteca General Histórica cuenta con un fondo antiguo impreso (desde 1501 hasta 1830) cercano a los 60.000 volúmenes; en torno a 2.800 manuscritos, y un total de 487 incunables, es decir, los libros impresos desde la mitad hasta el final del siglo XV.

Mientras que la mayor parte del fondo antiguo impreso se conserva en la sala magna, tanto los manuscritos como los incunables se guardan, a buen recaudo —bajo llave—, en lo que se ha dado en llamar como el Sancta Sanctorum, una pequeña habitación aneja a la referida sala, con puerta acorazada y que en 1774 fue adaptada para acoger los libros prohibidos —de ahí que estuvieran guardados bajo llave—. Hoy en día, dicha estancia acoge las grandes joyas que atesora la biblioteca. Unos tesoros en su mayor parte desconocidos por el gran público, pero con un gran valor. “Nunca hemos hecho un cálculo de cuánto podrían valer en su totalidad. Pero, sin duda alguna, saldrían millones de euros, varios millones”, comenta Margarita Becedas. Y todo eso a pesar de lo que se ha perdido por el camino. “Es imposible de saberlo, pero ha sido mucho”, reconoce Óscar Lilao, jefe del Fondo Antiguo de la Biblioteca Histórica.

Y ¿cómo poner en valor tan vasto, rico y variado patrimonio? Dándolo a conocer al gran público. Y es que junto a las referencias de las que siempre se habla como piezas insignes de este fondo, lo cierto es que la Biblioteca Histórica atesora otros muchos ejemplos de tanto o más valor —aunque este siempre es relativo— que siguen siendo unos grandes desconocidos. Esta pequeña sala de manuscritos e incunables no es solo el “Liber canticorum et horarum” (1059) para la reina Sancha; la pequeña Biblia Vulgata del siglo XIII; el “Libro de buen amor”, del Acipreste de Hita; el “Cancionero”, del Marqués de Santillana (siglo XV); el “Dioscórides” (siglo XV); “Luz de Navegantes” (siglo XVI); o “Exposición del libro de Job”, autógrafo de Fray Luis de León.

Esta sala es mucho más. Así lo ponen de manifiesto Margarita Becedas y Óscar Lilao con una selección de doce volúmenes —ocho manuscritos y cuatro incunables— que muy bien podrían competir en valor, curiosidad, singularidad y hasta rareza con los reseñados anteriormente y de los que siempre se habla. Incluso también en antigüedad. Hasta ahora siempre se había considerado al “Liber canticorum et horarum”, de 1059, como el manuscrito más antiguo que se conserva en el fondo de la Biblioteca Histórica. Esto podría cambiar. Resulta que entre el fondo griego de manuscritos hay uno que podría ser más antiguo (siglo X) y otro que rondaría esa misma fecha. Así lo confirman estos dos responsables bibliotecarios, que como muestra del valor y antigüedad de dicho fondo griego presentan las “HOMILÍAS 45-90 DE SAN JUAN CRISÓSTOMO SOBRE EL EVANGELIO DE SAN MATEO” y “METEOROLOGICOS”, de Aristóteles (de los siglos XI-XII). “Con unos 100 volúmenes, podemos decir que contamos con el tercer mayor fondo manuscrito griego de España, tras El Escorial y la Biblioteca Nacional”, afirma Becedas. Y de estos dos volúmenes, el de Aristóteles tiene una importancia especial, “pues los expertos dicen que estamos ante una muy buena copia, ya que además de ser de las más antiguas también es de las más fiables”, subraya Lilao.

Y como uno de los grandes estandartes del siglo XII, esta biblioteca guarda en su Sancta Sanctorum un BEATO DE LIÉBANA (latín y pergamino). “Es un hermano pobre de los códices que se hicieron tan famosos en la Edad Media”, apunta Margarita Becedas, para quien este manuscrito, sin ser tan fastuoso como aquellos, “resulta también muy elegante”. La obra perteneció al Colegio Mayor de Cuenca, aunque procede probablemente del Monasterio de Poblet.

Los expertos creen que el libro más antiguo que se conserva no es del siglo XI, sino del X y está en griego

Y, ¿cómo siendo la primera universidad de España, Salamanca no cuenta con uno de esos esplendorosos Beatos de Liébana? Seguro que son muchos los que se han hecho esta pregunta. Pues resulta que Salamanca sí llegó a contar con uno de estos ejemplares —apenas diez en todo el mundo—. El Colegio San Bartolomé tuvo un Beato de Liébana ilustrado copiado en el Monasterio de Silos. Pero cuando los manuscritos de los colegios se fueron al Palacio Real, este Beato desapareció. Pero ahora sabemos que se encuentra en la British Library. ¿Cómo llegó hasta allí? A través de una venta. Esta entidad lo compró en 1840 a José Bonaparte que previamente lo había robado del Palacio Real cuando fue Rey de España. “Si me preguntan ahora mismo qué libros no hay en la biblioteca y me gustaría tener, uno es este Beato de Liébana; el otro la Gramática castellana de Nebrija, que tampoco la tenemos, aunque dudo mucho de que salga al mercado alguna vez”, confiesa la directora de la Biblioteca Histórica.

Y en este deambular por los tesoros desconocidos del gran templo del saber en el que se ha constituido la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca, del siglo XIII aparece, en pergamino, en latín e iluminado, un volumen con las EPÍSTOLAS DE SAN PABLO Y COMENTARIOS DE PEDRO LOMBARDO. “Debido a su gran tamaño y a su elegancia, podríamos considerar que esta copia estaba destinada a una institución, pero no para un uso privado por parte de los estudiantes”, subraya Óscar Lilao.

Pero junto a la filosofía y la religión, este fondo también contempla entre sus rarezas algunos volúmenes vinculados con la ciencia. En este sentido, del siglo XIV destaca el códice en latín “SPHERA PLANETARUM”, un compendio sobre Astronomía con los trabajos de algunos de los autores medievales más destacados (Roger Bacon, Juan de Sacrobosco, Gerardo de Cremona, Thabit Ibn Qurra, etc). “Tiene su importancia porque viene a mostrar que con el relanzamiento de las universidades, la religión ya no es la única materia que copa los libros, sino que la ciencia va tomando cuerpo y, como en este caso, obras famosas traducidas del árabe”, señala Margarita Becedas.

Y tras la ciencia, llega el humanismo. Y como ejemplo muy representativo del siglo XV está el “LIBRO DE LAS VIRTUOSAS Y CLARAS MUJERES”, de Álvaro de Luna, uno de los tres ejemplares de este autor que se guardan en la biblioteca. Una de sus singularidades, que lo hace tan especial, es que está ya escrito en castellano. “Está hecho en un ambiente cortesano, que nada tiene que ver con los monacales; y además se permite hacerlo en castellano: la lengua vulgar elevada a la categoría del latín, y en pergamino y en oro. Y va más allá: lo hace en alabanza a las mujeres”, apostilla Becedas.

Pero tal vez ninguno supere en rareza al libro que reúne DOCUMENTOS DE CONSULTAS Y DESPACHOS DE LOS SECRETARIOS DE FELIPE II (siglo XVI), ya que su valor estriba en que aparecen anotaciones de puño y letra del propio monarca, donde realiza sus comentarios, precisiones y correcciones. “Resulta extraño que documentos como estos estén fuera de Simancas, de ahí su importancia, como lo es también el hecho que revela la personalidad del propio Felipe II, llamado a veces el rey funcionario”, comenta Óscar Lilao.

Los incunables ya están digitalizados al cien por cien y los manuscritos lo están en “un alto porcentaje”

Y si lo que deseamos es conocer más a fondo las tierras del otro lado del Atlántico, la biblioteca cuenta con una buena colección de manuscritos e impresos sobre Indias. Entre ellos, la “DESCRIPCIÓN DE LA PROVINCIA DE LA NUEVA GALICIA”, de Domingo Lázaro de Arregui (1621), fuente importante para el conocimiento del México de la época. “Tiene la curiosidad de que cuenta con dos mapas dibujados a mano y coloreados con la descripción de Nueva Galicia”, destaca Becedas.

Y ya entrados en el siglo XVII, la literatura vuelve a copar buena parte de la producción bibliográfica. Entre las piezas más representativas, por su curiosidad, que atesora la biblioteca es el volumen “ANTÍDOTO CONTRA LAS SOLEDADES”, un manuscrito variado de literatura castellana a favor y en contra de Góngora y el Culteranismo.

Pero junto a los manuscritos, los incunables (487 volúmenes) también ocupan un lugar destacado en este templo del conocimiento. La imprenta llega a Salamanca en 1481 (a España llegó, vía Segovia, en 1472) y rápidamente se convierte en un objeto muy apreciado, gracias, en buena parte, al impulso que le da Nebrija. De esta época, destacan las CONSTITUCIONES de la Universidad del papa Martín V impresas en 1487, aunque fueron otorgadas en 1422. Por tanto, este incunable es la versión impresa de aquellas originales, de las que se conservan varios manuscritos. “Este tiene la gracia de que alguien muy moderno decide en la Universidad pasar aquellos textos manuscritos a imprenta. Pero también tiene el valor de que es el único incunable de las Constituciones que existe. No se conoce ningún otro ejemplar”, puntualiza la directora de la Biblioteca Histórica. También impreso en Salamanca, en 1498, aparece el volumen que aglutina dos obras: “COSMOGRAPHIA CUM FIGURIS”, de Pomponio Mela (geógrafo latino de origen español del siglo I) e “IN COSMOGRAPHIAE LIBROS INTRODUCTORIUM...”, de Nebrija. El volumen recoge un mapamundi según la representación tolemaica con numerosas anotaciones; y en la obra de Nebrija, también con numerosas anotaciones, ya se mencionan las nuevas tierras recién descubiertas, “algo muy significativo para la época”, apostilla Margarita Becedas. Y como ejemplos de incunables impresos en Europa, “PEREGRINATIO IN TERRAM SANCTAM”, un singular libro de viajes, con un buen número de grabados, a Tierra Santa, desde Venecia a Jerusalén. Impreso en Spira (Alemania) en 1490. “En su época tuvo una gran repercusión, ya que se tradujo a muchas lenguas”, indica el jefe del Fondo Histórico de la Biblioteca. Y a este se une también el incunable “DE CLARIS MULIERIBUS”, de Boccaccio e impreso en Lovaina (Bélgica) en 1487. Habla de las mujeres del pasado y en cada relato aparece un grabado del personaje. “Aunque aparece imitando a los manuscritos, la imprenta adquiere madurez por sí misma muy pronto. Una forma de mostrar esa madurez es que son capaces de incorporar ilustraciones, grabados a los textos”, confirma Margarita Becedas.

Pero estos no son más que algunos ejemplos de los tesoros desconocidos que guarda la sala de manuscritos e incunables. El fondo histórico impreso también contiene volúmenes singulares y de gran valor. Y alguna que otra sorpresa. No muchas, porque todo está inventariado, pero de vez en cuando aparecen piezas sueltas guardadas en algunos volúmenes.

Pero de nada sirve un libro si este no llega al usuario. En este sentido, el gran reto fijado por la institución académica en los últimos años es el de poner a disposición de todo el mundo estos ejemplares a través de su digitalización. Los incunables ya lo están al cien por cien y los manuscritos “tienen un porcentaje muy amplio, pero todavía nos queda. Este es el reto mayor. Pero la digitalización es cara y laboriosa, y no siempre llega el dinero deseado”, concluye Margarita Becedas.