25 junio 2022
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El salmantino que estuvo nueve días y diez noches huyendo del franquismo hacia la libertad

795 presos huyeron de unas condiciones atroces en la mayor fuga en la Historia europea. Valentín Lorenzo, salmantino de Villar de Ciervo, fue uno de los únicos tres reclusos que lograron escapar con vida el 22 de mayo de 1938 de la prisión franquista del Fuerte de San Cristóbal, en Navarra, una odisea que el Régimen ocultó durante décadas. Esta es su historia.

23 may 2022 / 11:18 H.
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Cae la tarde sobre el monte Ezkaba, o San Cristóbal, como se conoce popularmente a la loma de 895 metros que domina por el Norte la cuenca de Pamplona. En la fortaleza excavada en lo alto de la montaña malviven, hacinados, hambrientos hasta la desesperación y en unas condiciones deplorables, 2.487 presos de guerra republicanos arrastrados hasta allí por la fuerza desde 47 provincias. Son cerca de las ocho de la tarde. El corneta toca a fagina: hora de la cena, por llamar de alguna manera a ese condumio escaso a base de pan, patatas o habas para caballos. Pero cuando el funcionario responsable de cocina se dispone a repartir el rancho, es asaltado por sorpresa y desarmado por dos reclusos. Termina el domingo 22 de mayo de 1938 y va a producirse la mayor evasión carcelaria de la historia de Europa. Una odisea de cine pero aún sin película que el Régimen de Franco ocultó durante décadas y que acabaría en masacre y en cacería. Pero no para todos.

Retenido el responsable de la cocina, el presidiario que ha organizado la revuelta, el cántabro Leopoldo Pico, le ordena quitarse el uniforme para vestírselo él mismo y poder moverse por las dependencias con discreción. Junto a sus compañeros de presidio recorren los pabellones, inmovilizan a los guardianes y se apoderan de sus pistolas y fusiles para amenazar a los siguientes vigilantes. El murmullo crece hasta convertirse en un fragor. Presos del pánico, algunos guardias optan por huir monte abajo. El propio corneta también, y algunas versiones refieren que fue él quien dio la voz de alerta en el pueblo, Suenan varios disparos, pero la única víctima mortal en los inicios de la revuelta será un centinela que, al resistirse, recibe un golpe fatal de piqueta en la cabeza.

En el interior del fuerte se corre la voz de que las puertas están abiertas. Muchos temen que sea una trampa. Pero un tercio de los presos de San Cristóbal, exactamente 795, huyen aprovechando la caída de la noche. Los líderes, con Leopoldo Pico a la cabeza, les organizan en grupos de cinco, con las armas y municiones que han conseguido. El objetivo, alcanzar la frontera francesa a través de un terreno abrupto, cruzando valles y ríos en la oscuridad. A cincuenta kilómetros está la libertad.

Entre los fugados corren por su vida 54 salmantinos

Desde Argimiro, de Montejo, que con sus 19 años es uno de los más jóvenes, hasta José, de Cantalpino, el más veterano con 54. Pero no hay tiempo para compartir paisanaje cuando te buscan los focos y suenan los primeros disparos. Comienza la “caza del rojo”. No hay otro modo de llamar a la persecución sin piedad que emprenden militares, guardia civil, voluntarios carlistas –requetés- de la zona y hasta paisanos y curas de los pueblos, comprometidos con la causa rebelde. Los fugados se desperdigan en la oscuridad de la noche y los cortados del terreno abrupto se cobran las primeras víctimas.

En apenas tres días, la mayoría de los fugados de San Cristóbal son capturados por sus perseguidores. Otros se resisten y son muertos a tiros. Alguno figura en los informes oficiales como ‘ejecutado’ sin miramientos. Los hermosos valles por los que los ríos Arga y Ulzama bajan desde el Pirineo navarro quedarán durante décadas sembrados de cuerpos jóvenes a quienes sus familias no podrán sepultar. Según el parte oficial, de los 795 evadidos, 206 murieron en la persecución, ejecutados en su mayoría, y 585 fueron apresados y devueltos al Fuerte. 14 de ellos sería fusilados el 8 de agosto en la Ciudadela de Pamplona por instigar a la fuga; entre ellos un vallisoletano residente en Tejares, Calixto Carbonero. Sólo tres presos de San Cristóbal conseguirían esquivar la muerte y rehacer su vida. Son Jovino Fernández, leonés de Santa Marina del Sil, el segoviano de Cuéllar José Marinero y nuestro protagonista, Valentín Lorenzo.

La odisea de Valentín

Nacido en 1900 en Villar de Ciervo, Valentín Lorenzo Bajo creció en una familia simpatizante de la izquierda. Jornalero en el campo, al estallar la guerra era secretario local de UGT. Dos meses después del levantamiento, fue detenido por los jefes locales de la Falange, arrancado de su familia —tenía esposa y dos hijos— y trasladado a la cárcel de Salamanca. Se le consideraba “elemento peligroso por su actuación política”, según reflejó un informe policial posterior realizado tras la fuga. El 18 de diciembre de 1936 fue condenado junto a Luis Fructuoso Agudo, Anselmo Zamarreño y Emiliano Pizarro a pena mayor de 12 años y un día. El 24 de junio de 1937 eran todos trasladados al Fuerte de Pamplona.

En la prisión, Valentín salía cada día junto a otros 70 presos a trabajar en los caminos de acceso. Sufrió como el resto la dureza del trabajo extenuante, las chinches, los piojos y el hambre voraz por la falta de comida. Los responsables de la cocina serían investigados tiempo después por robar el dinero del presupuesto para la manutención de los presos, pero no hubo condenas. Hasta aquella tarde del 22 de mayo. “Nosotros no supimos nada hasta que nos dijeron los mismos reclusos que se había terminado la guerra, nos abrieron las puertas y salimos fuera”. Así lo narraba Valentín en la carta que escribió desde Burdeos en 1977 al que fuera maestro de su pueblo, Ceferino. Una autobiografía brutal en cuatro emocionantes páginas manuscritas.


A 300 metros de la frontera

Como los demás, Valentín se esconde de día y corre de noche para no ser visto por sus perseguidores. Pierde de vista a su paisano Emiliano —que caerá fusilado en la huida— y se topa con el segoviano José Marinero, con quien prosigue su penoso camino, escondiéndose de las luces, alimentándose de hierbas y bebiendo de charcas, “después de nueve días y diez noches que nadie se puede dar una idea de lo que llegamos a pasar”, escribió. Agotados y desorientados, llegan a un pueblo con la intención de entregarse. Dos jóvenes les dicen que se encuentran en Valcarlos (Navarra) y les indican el modo de cruzar a Francia esquivando a los carabineros y soldados que les buscan. La frontera francesa se encuentra a apenas 300 metros, más allá de ese regato.

Conseguido el objetivo, Valentín Lorenzo y José Marinero alcanzan un caserío donde les sirven la primera comida y son conducidos a Saint-Jean-Pied-de-Port. Juan, montado en un burro; Valentín, en una yegua, vistiendo lo que queda del traje de requeté que le envió su hermana Julia a la prisión, “todo desgarrado y ya viéndose la carne por todos los lados”, recordaba después.

Les reciben dos ministros de la República, quienes les confirman, para sorpresa de los fugados, que han sido los únicos en alcanzar la frontera. Aún no saben que tres días después, Jovino Fernández llegará hasta Urepel y luego a Hendaya tras una odisea similar. Mientras tanto, en la prensa se libra otra guerra civil de la desinformación. Los medios afectos a la República hinchan en grandes titulares las cifras de fugados, y los describen como falangistas críticos con el mando de Franco y con la presencia de italianos. Hasta el New York Times se hace eco de la fuga y eleva la cifra de evadidos a 1.500. La prensa fiel al bando sublevado, por su parte, resta importancia al hecho y lo describen como “una revuelta fracasada de prisioneros por delitos comunes, promovida por un grupo de los reclusos más indeseables”.

Ya en Hendaya, Lorenzo y Marinero son recibidos por el cónsul de España, que incluso le cura en persona las numerosas úlceras de sus pies. Les compra trajes y ropa nueva y los conduce a Barcelona, por entonces sede del Gobierno de la República. Allí los fugados de la prisión franquista son retenidos una semana en un cuartel junto a prisioneros como el obispo de Teruel —que sería fusilado— y, una vez completadas las averiguaciones, son puestos en libertad. Cuentan su peripecia en la prensa y en la radio y Valentín logra contactar con su familia en Salamanca para hacerles saber que está vivo. Durante meses trabaja como guarda de seguridad en un convento hasta que en febrero de 1939 tiene que huir a Francia con el Gobierno republicano en retirada.

Junto a otros refugiados, Valentín Lorenzo es recluido en el campo de concentración de Argéles sur Mer y, dos meses después en Gurs, donde los internados viven en penosas condiciones. Huyendo de la hambruna, se alista voluntario en una compañía de trabajadores con la promesa de que podrá reclamar a su familia. Pero se trata de otro engaño. Con la invasión nazi y encontrándose en Meyssac encadenando trabajos que rozan la explotación, los gendarmes de la Francia colaboracionista trasladan a su grupo a Burdeos para construir allí una base para los submarinos alemanes. La ciudad es bombardeada por los aliados el 17 de mayo de 1943 y al día siguiente, en unas labores de desescombro, el edificio en el que trabaja Valentín se le hunde encima. Por las numerosos heridas que sufre, le tienen que amputar la pierna izquierda.

Concluía la odisea

Valentín Lorenzo lograría reunirse en Burdeos con su esposa Sabina, con la que tuvo tres hijos más. Allí ejerció de tesorero local del PSOE entre 1945 y 1949 intentando olvidar el sufrimiento pasado, hasta que decidió plasmarlo por escrito. En su carta de 1977, pedía a Ceferino “que lo publique en los periódicos para que toda España se entere de tan triste vida y tantos sufrimientos, siendo un hombre que nunca le hice mal a nadie”. Valentín echó raíces en Burdeos y nunca quiso volver a España.

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