18 mayo 2022
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El mirobrigense que desafió al gran volcán

500 años antes de la erupción de La Palma, un soldado de Hernan Cortés logró descender al volcán mexicano Popocatépetl para recoger el azufre que los españoles necesitaban para fabricar pólvora y conquistar la Nueva España. El mirobrigense Francisco Montaño fue el protagonista de la hazaña

02 nov 2021 / 12:20 H.
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PALABRAS CLAVE

El drama que viven desde hace un mes los vecinos de la isla de La Palma con la erupción del volcán Cumbre Vieja está sensibilizando a la población española sobre la inmensa capacidad destructora de esta estructura geológica, asociada históricamente a tremendas catástrofes. Salamanca y los volcanes son términos que apenas han tenido relación, salvo en un acontecimiento histórico menos conocido de lo que debiera y que tuvo a un salmantino como protagonista heroico.

Fue curiosamente en el verano de 1521, exactamente hace cinco siglos, cuando el mirobrigense Francisco Montaño, soldado integrante de las tropas de Hernán Cortés en los primeros años de la conquista de México, se jugó la vida descolgándose cerca de 50 metros por el cono del volcán Popocatépetl atado con unas cuerdas. No estaba loco. Su misión, junto a sus tres compañeros de expedición, era recoger el azufre que Cortés necesitaba para fabricar la pólvora con la que proseguir sus campañas bélicas por la Nueva España de entonces. La proeza está documentada en las crónicas de la época y sería recompensada años después por el emperador Carlos V, aunque hoy día pocos en Salamanca conocen esta asombrosa gesta.

EL ORIGEN

Cuenta el historiador mirobrigense Carlos Vidriales García Bustamante en su blog de genealogía y heráldica karldevitre que Francisco Montaño procedía de una familia de origen gallego, que como muchas otras habían repoblado el sur del Reino de León. Se cree que nació en 1503 en Ciudad Rodrigo, y que era hijo de Francisco López y Elvira Montaño, ambos también mirobrigenses. Otras fuentes sitúan su fecha de nacimiento en 1499 y refieren que Montaño sería el apellido del padre y López el de la madre, como se indica en el registro de los libros de pasajeros a Indias que refirió en 1538 el viaje a la Nueva España de su hermano Cristóbal. Expertos como Vidriales señalan que en esa época era habitual que los segundones de las casas siguieran la carrera de la milicia y adoptasen indiferentemente el uso del apellido del padre o de la madre.

Montaño procedía de una familia de origen gallego, repobladores de la comarca de Ciudad Rodrigo

El joven Montaño llegó a Cuba a los 15 años y sin cumplir los 16 se embarcó el 8 de abril de 1518 desde el puerto de Matanzas en la expedición de Juan de Grijalva a las costas de Yucatán, que arribó a la isla de Cozumel y exploró el litoral norte de la península y parte de las costas del golfo de México.

Vista panorámica del volcán Popocatépetl, con el cono humeante.
Vista panorámica del volcán Popocatépetl, con el cono humeante.

Tras mantener en Chakan Putum un primer combate victorioso con los nativos, ya en el territorio que hoy es el estado de Tabasco tuvieron noticias del imperio azteca, gobernado por Moctezuma II. “Hacia donde se pone el sol, en “Culúa” y “México” existe un imperio muy poderoso y rico en oro”, contaban los locales. Pero cinco meses después de partir del puerto de Matanzas y acuciado por la falta de provisiones, Grijalva retornó con sus hombres a Cuba.

Antes de que terminase 1518, Francisco Montaño volvió a Nueva España en la expedición comandada por Pánfilo Narváez para detener a Hernán Cortés, que había emprendido la conquista por su cuenta desoyendo los mandatos del gobernador Velázquez. Fueron varios meses de rifirafes entre los propios conquistadores para que finalmente muchos de los hombres de Narváez, entre ellos Montaño, se pasasen al lado del cada vez más poderoso Cortés.

El mirobrigense estuvo presente poco después en la batalla de Otumba, en la que, con la ayuda de los aliados tlaxcaltecas, los hombres de Cortés derrotaron a las fuerzas mexicas dirigidas por Matlatzincátzin. Montaño resultó herido en el combate. Los escritos de la época refieren que fue uno de los primeros españoles en subir al Templo Mayor de Tenochtitlán, antes de su conquista definitiva.

LA GESTA

Tras la toma de Tenochtitlán, Cortés se retiró a Coyoacán. Planificaba el conquistador extremeño los siguientes pasos que emprendería en la Nueva España, y reparó en la escasez de pólvora. La que había traído desde España ya se le había terminado. Los españoles estaban familiarizados con el humo y el fuego de aquel volcán que se erigía amenazante a unos 50 kilómetros de México, y sabían que de él podrían extraer azufre, ya que en Europa se conocían las características geológicas del Etna en Sicilia. Así que la solución estaba en el “Popo”. Tan solo había que escalar hasta sus casi 5.500 metros, entrar en el cráter y extraer una buena cantidad de ese mineral suficiente para fabricar la deseada pólvora. Nada menos.

Cortés eligió a Montaño ya que el salmantino había ascendido al Teide en su escala en Canarias

Según relata detalladamente Francisco Cervantes de Salamanca en su “Crónica de la Nueva España”, Cortés encomendó en principio la misión a varios hombres de su confianza y estima con la promesa de recompensarles de forma apropiada a su regreso. Pero aquel primer intento no tuvo resultado. “Como la subida era tan dura y tan agria, se volvieron sin hacer nada, desconfiados de que ellos ni otros pudieran subir”, relató Cervantes Salazar.

El fracaso disgustó a Cortés. Acuciado por la necesidad para seguir conquistando territorios y someter a los indígenas, llamó a Francisco Montaño, uno de los hombres de su lugarteniente Pedro de Alvarado. Cortés había sabido que, en una escala en Tenerife durante su viaje a América, el mirobrigense había subido al Teide “sin interés alguno” y había visto las rocas de azufre que allí se generaban. Así que se dirigió a Montaño y al artillero Mesa y les arengó para emprender un nuevo intento, presionándoles arteramente con que si los indígenas llegaban a averiguar que los españoles carecían de ese arma mágica y mortífera, la conquista del territorio de la Nueva España estaba en peligro.

Cuenta el cronista que las palabras de Hernán Cortés “encendieron el pecho de los dos”. Montaño prometió a su capitán jugarse la vida en la misión, y Cortés lo agradeció con efusivos abrazos y promesas de grandes favores a su regreso, mientras les acompañaba hasta la salida de la ciudad.

Montaño y Mesa emprendieron el camino con dos compañeros más, Peñalosa y Larios. Por el camino despertaron gran expectación entre los lugareños, asombrados de que aquellos españoles se atreviesen a desafiar al volcán. El cronista asegura que fueron más de “cuarenta mil hombres” de los pueblos cercanos los que se aposentaron al pie de la montaña a presenciar el espectáculo.

Cuando sólo habían cubierto una cuarta parte del ascenso se les echó encima la noche y el frío. Montaño y sus hombres resolvieron hacer un hoyo grande en el suelo y cobijarse con mantas para intentar dormir. Pero pronto el intenso calor y el hedor a azufre que provenía del suelo les frustró el descanso y obligándoles a reanudar el camino de madrugada antes de lo previsto. Trepando a oscuras por los hielos, uno de los expedicionarios resbaló pendiente abajo y resultó herido. Tras rescatarlo, decidieron esperar hasta el amanecer para proseguir el camino.

Los españoles afrontaban la penosa subida ateridos de frío y dándose ánimos unos a otros. Usaban para calentarse las rocas ardientes que caían del volcán. Pronto el herido sufrió un desmayo. Ante la imposibilidad de cargar con él, acordaron dejarle en la ladera y volver a por él en la bajada. Eran las diez de la mañana cuando el grupo alcanzó la boca del volcán. Cervantes de Saavedra reflejó en su crónica el asombro que sintieron los expedicionarios. “Desde lo alto de la boca descubrieron el suelo, que estaba ardiendo, a manera de fuego natural, cosa bien espantosa de ver”.

Después de bordear la boca en vano en busca de una bajada accesible, resolvieron echar a suertes quién descendería a por el azufre, y le tocó a Montaño. El mirobrigense fue bajado por sus compañeros colgado de una cuerda trenzada y sostenido en un lazo grande de cáñamo. Años después, el propio Cortes refirió en sus cartas al emperador Carlos V que Montaño fue bajado cabeza abajo atado por los pies. Para acarrear el azufre portaba un saco de lienzo basto forrado en cuero.

Tras descender cerca de 50 metros, cargó el costal con aquellas piedras amarillas y fue izado de nuevo con esfuerzo. El salmantino bajaría hasta siete veces y reunió “ocho arrobas y media de azufre”, casi 100 kilos. Otro de sus compañeros bajó después seis veces más y subió unos 46 kilos hasta que consideraron que habían reunido el azufre bastante “para hacer buena cantidad de pólvora”. Aterrados por el fuego y el humo que venía de allí abajo y en previsión de que se les rompieran las cuerdas, pusieron fin a la misión.

EL RECIBIMIENTO

El descenso del Popocatéptl fue aún más penoso que la subida. Montaño resolvió que lo más prudente sería bajar rodeando el volcán aunque tuviesen que cubrir más distancia. Con la pesada carga a cuestas y salvando continuos peligros, los expedicionarios dieron en su descenso con el herido, quien se creía ya entregado a un destino fatal y pedía perdón a Dios por sus pecados. Tras comprobar que no se trataba de un delirio, todos se abrazaron con alegría y retomaron el duro descenso por la ladera.

Al pie del volcán, multitud de nativos les esperaban asombrados por la hazaña. Eran, según el relato que Montaño hizo al cronista, las cuatro de la tarde. Los caciques de la zona les ofrecieron comida —no habían probado bocado desde el día anterior— y, mientras los nativos acarreaban la carga de azufre , los soldados eran trasladados a hombros, “como acostumbraban a los grandes señores”, hasta el campamento de Cortés en Coyoacán. Después de recorrer seis leguas (unos 33 km.), fueron trasladados en barcas para cubrir el resto del viaje por el lago Texcoco.

Al regreso del volcán, multitud de nativos les esperaban asombrados por la hazaña

Llegaron al amanecer, Cortés, que ya tenía conocimiento del éxito de la misión, salió a recibirles fuera de la ciudad y les expresó su agradecimiento prometiéndoles copiosas recompensas. El conquistador valoraba el hecho de que la hazaña del “Popo” daría a entender a los indios ‘amigos y enemigos que no había cosa imposible a los españoles”. El temor a un posible levantamiento indígena por la falta de pólvora de los invasores quedaba zanjado. Una vez afinado el azufre del volcán, con las diez arrobas y media (115 kgs.) que salieron “hízose dél tanta cantidad de pólvora que bastó para acabar de ganar la mayor parte de provincias de la Nueva España”.

El mirobrigense Francisco Montaño participó en la batalla de Otumba, uno de los hechos bélicos más destacados de la conquista de México por parte de Hernán Cortés.
El mirobrigense Francisco Montaño participó en la batalla de Otumba, uno de los hechos bélicos más destacados de la conquista de México por parte de Hernán Cortés.

En el relato que años después haría Francisco de Montaño al escritor Francisco Cervantes de Salazar y que este recogería en su “Crónica de la Nueva España”, llegó a decirle que no volvería a subir al volcán a por azufre “ni por todo el oro del mundo”. “Hasta aquella vez le parecía que Dios le había dado seso y esfuerzo, y que tornar sería tentarle”. En la actualidad, una placa al pie del volcán recuerda la hazaña de Montaño y sus hombres.

Tras la gesta que le reservó un lugar en la Historia, Montaño participó en las expediciones de conquista en Honduras y El Salvador. Fue premiado con varias encomiendas (fincas), se casó con Leonor Pérez y tuvo nueve hijos y dos hijas. Falleció en fecha indeterminada después de 1576.

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