19 mayo 2022
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El vínculo de Camilo José Cela con Béjar

El escritor gallego y Premio Nobel de Literatura visitó en varias ocasiones la ciudad textil, que queda plasmada en algunas de sus obras, tanto por su belleza natural como por sus gentes, costumbres y gastronomía

Béjar /
06 oct 2021 / 08:24 H.
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Durante no pocas décadas de la historia de España, la ciudad de Béjar ha ejercido como faro de la literatura española. Al amparo y protección de la casa ducal de los Zúñiga, la villa actuó, en sintonía con Alba de Tormes y su poderosa Casa de Alba, como verdadero polo de atracción de grandes literatos y difusión de su obra. Nombres como Cervantes, Lope de Vega, Góngora y, más recientemente, Unamuno, Torrente Ballester, Cela y Hemingway refrendan a través de sus escritos el peso que la ciudad ducal ha tenido en la tradición de buena parte de la creación literaria en España.

Uno de estos personajes más sobresalientes y carismáticos, a pesar de su contemporaneidad, ha sido el escritor, académico y Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela (Iria Flavia, 1916-Madrid, 2002), todo un enamorado de Béjar y su entorno. Y es que como buen amante de la naturaleza, los viajes, las costumbres y la gastronomía, Cela encontró en Béjar y su entorno un rincón de la España interior en la que saciar buena parte de sus apetencias mundanas y espirituales.

Fueron numerosas las visitas que el escritor gallego realizó a la villa ducal, ya fuera en visita privada o bien invitado por alguna entidad para impartir una de sus siempre sugerentes conferencias. Entre las entidades con las que mejor relación mantuvo el Premio Nobel fue el Casino Obrero, de cuyo premio literario llegó a formar parte como jurado. Y es que en sus 140 años de vida esta institución ha visto desfilar por sus muros a grandes personalidades de las artes y de las letras españolas. Sirva como ejemplo la conferencia que ofreció el 30 de abril de 1951 y de la que se hizo eco LA GACETA. Bajo el título “Los caminos de Castilla y los versos del caminante”, Cela hizo un repaso pormenorizado sobre algunos de los autores y obras literarias en los que se ha tratado a Castilla, con una mención especial al anónimo “El Lazarillo de Tormes”, que definió como “un monumento inmenso de la literatura castellana”. Pero también tuvo tiempo para deshacerse en elogios hacia la ciudad que le daba cobijo, a la se refirió como “cabeza de puente de Castilla, de esa Castilla tópica, unitaria y ascética, pero no monocorde, sino delicadamente varia y gentil”.

Y a sus visitas a la ciudad textil, el autor de obras como “La Colmena”, “La familia de Pascual Duarte” o “Madera de boj” une también un interés por la villa ducal que plasma en algunas de sus creaciones literarias. “San Camilo”, una novela de 1936 en la que también se habla de Béjar: “...La gente habla por hablar y también se calla por callar, mejor sería el equilibrio, pero es más difícil, sucesor de hijo de Higinio Cascón, fabricante de tejidos, Béjar (Salamanca), paños para capas y mesas de billar, paños tinas turquí para uniformes...”.

Y qué decir de su obra “Cajón de sastre”, editada en 1957 y en la que Camilo José Cela reúne una serie de artículos, vivencias, fábulas, cuentos y otros géneros de temática muy variada. Y entre tanta disparidad, no faltan al menos tres composiciones dedicadas a Béjar y su entorno: “Calderillo en Béjar”, “A orillas del Cuerpo de Hombre” y “Del Tranco del Diablo a la Judería de Hervás”. En los tres plasma su pasión por los viajes, la historia, la naturaleza y la gastronomía.

Precisamente es en el que titula “Calderillo en Béjar” en el que recrea, tal vez a modo de vivencia, la reunión de unos amigos “para merendar un calderillo guisado según las nobles y vetustas artes de los tejedores” en un día “fresco... mientras las aguas del Cuerpo de Hombre, el río que siembra el oro y el pan, cantaban su bien ensayada canción de los montes y las quebradas y las barranqueras bejaranas”. Y, según reza en el relato, la comilona fue de escándalo: “...y se pusieron tibios con el guiso que fuerza —y esa es la prueba de los guisos— a saltar dos puntos el cinto y soltarse otros dos botones del pantalón”. Y no saciados con el abundante calderillo, los amigos remataron la faena gastronómica con otro de los manjares típicos salmantinos: “Tras la tempestad del calderillo vino, para que nada faltare, la galerna del hornazo, el pan que levanta muertos y mata vivos, precursor de la calma chicha del derrotado, del hombre que llega al postre sin poder hablar...”.

Y como gran amante de la zona, Cela también se sintió prendado por la singularidad arquitectónica de Candelario, así como del efecto relajante del discurrir del agua por sus regaderas: “...el clemente, el próximo, el acompañador contrapunto del agua de las regaderas, deleitosamente atiende al tímido sonsonete, que hace brotar una inmensa paz cerca del corazón”.

Todo un compendio de sensaciones y un gran reclamo para el turismo de naturaleza, sin duda.

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