16 octubre 2019
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Urdangarin

20 sep 2019 / 03:00 H.

El cuerpo me pide hoy hablar de la ruina de toda una generación de políticos que a lo largo de los últimos meses sólo se han preocupado de echarle la culpa a los otros de su fracaso, pero hoy quería hablar del permiso que se le ha concedido a Iñaki Urdangarin para que cada semana haga tareas de voluntariado en un centro de personas discapacitadas.

Lo que ocurre es que no soy capaz de apartar de mi cabeza esa inestabilidad política que nos consume y que no permite resolver asuntos como las pensiones, la educación o la unidad armónica de España. No puedo olvidar la crisis financiera en la que se encuentran nuestras Comunidades Autónomas, o los últimos 7.000 millones de euros que el Estado ha tenido que pedir en el mercado internacional para tapar agujeros. Llevo mal que nuestros políticos jueguen con nuestro presente y nuestro futuro, jugándose la eventual configuración de un nuevo ejecutivo pretendidamente más estable a costa de manitas de póker, apostando decenas de millones de euros directos, que todos pagamos, cada vez que se reparten las cartas. Tampoco me siento cómodo viendo cómo otros países son capaces de afrontar los problemas con gobiernos de coalición; no todos, ciertamente, pero ¿por qué España no puede resolverlo, como hacen otros muchos?

Y en mitad de la refriega, al duque empalmado le otorgan una medida penitenciaria en contra del criterio de la Fiscalía y de Instituciones Penitenciarias. Medida que no me parece mal, que es total y absolutamente legal y coherente con los fines que nuestra Constitución establece para el cumplimiento de las penas privativas de libertad. En un Estado como el nuestro, las penas no se imponen para que el condenado lo pase mal, sino para que no vuelva a recaer, y la resocialización no es sólo cosa de maleantes cutres, sino también para quienes visten de marca pero no saben convivir y pisotean a los demás. Lo que ocurre es que tengo mis dudas sobre la flexibilidad del sistema respecto de la generalidad de los casi 60.000 reclusos que hoy ocupan nuestras cárceles.

No sé por qué sospecho que es esa desigualdad la que hoy me llena de nubarrones la cabeza. Tal vez me equivoque, pero esta democracia parece no haber calado lo suficiente en las instituciones. Aún nos queda mucho por recorrer.