23 agosto 2019
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Una obligación y un honor

20 jul 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Hace apenas dos meses, me lo anunciaba mientras merendábamos en su mansión de la Sierra de Madrid, con La Pedriza al fondo: “Voy a regalar once piezas de mi colección al Museo del Prado”. El lunes pasado se consumó la donación. Le llamé para agradecérselo como español, y para darle un abrazo como amigo. Me repitió “estoy feliz, estoy feliz”. ¿Por qué dichoso quien se desprende generosamente de once cuadros de incalculable valor? ¿Por qué ufano un coleccionista de raza que entrega un tesoro que le costó tanto reunir? Hans Rudolf Gerstenmaier contesta a los periodistas con una sencillez conmovedora: “Tenía una responsabilidad con España... España me lo ha dado todo. Para mí es una obligación y un honor poder hacer este regalo” (Las obras estarán expuestas de manera conjunta hasta el 12 de enero).

Si traigo a mi sabatina este hecho es, primero, porque resulta insólito que Hans Rudolf sea aquel alemán al que advirtieron “chaval, en España no hay oportunidades”, vino en auto-stop, 1.000 pesetas en el bolso, llegando a ser un gran empresario y un gran coleccionista de arte (trayectoria que —miren por cuánto—, fue posible ¡durante “la Oprobiosa”!). En segundo término, porque celebrando donaciones a una de las mejores pinacotecas del mundo, como las que hicieron Alicia Koplowitz, Óscar Alzaga o Plácido Arango, son todas de españoles, no inmigrantes, por tanto con superior obligación moral. Tercero, porque una parte de su extraordinaria colección de pintura española de los siglos XIX y XX, estuvo expuesta en Salamanca (San Boal) hace apenas un año, siendo una de las mejores muestras que se han visto aquí en los últimos tiempos. Cuarto, porque si lo que algunos deseamos resulta, el ya octogenario coleccionista, al que no le gusta tener escondidas sus obras, volverá a exponer, en este caso pintura flamenca —de la que posee piezas formidables—, en otro espacio de esta ciudad. Y, en fin, porque su generosa actitud contrasta con la de aquel andaluz (de cuyo nombre no quiero acordarme), que llegó a Salamanca durante la Guerra Civil, hizo un buen acopio de obras de arte e insinuó a cierto alcalde (de cuyo nombre tampoco me acuerdo), que si el Ayuntamiento le distinguía oficialmente, su colección la cedería a la ciudad. Recibió la máxima distinción, no donó ni una pequeña acuarela y falleció sin dejar legado alguno, eso sí con la inmerecida medalla sobre su pecho.

El inusual ejemplo de Hans Rudolf, impulsado por el “España me lo ha dado todo” —aunque aportando él esfuerzo y talento germánicos—, me lleva a reflexionar sobre la obligación moral que todos tenemos con nuestra patria, autonomía, provincia, pueblo o ciudad, comunidad de propietarios, club deportivo, en su caso la parroquia... ¿Cuántos hacen donaciones o le dedican a los demás un rato, una temporada, algunos años...? Hoy contemplamos desolados cómo muchos compatriotas ven a España no como una madre, sino como una madrastra (de las pérfidas de cuento, claro), algo extraño a ellos, quizás indiferente, cuando no hostil. ¿Y ayudar al prójimo? Pues que le vayan dando, que se arregle como pueda. Excepciones dignas de elogio las constituyen los donantes, el voluntariado, los médicos sin fronteras... En los colegios de abogados hubo listas del turno de oficio en que se asistía gratuitamente a quienes carecían de medios para litigar. Aquello constituía un honor... hasta que el Estado comenzó a pagar ese turno y los mejores bufetes se dieron de baja.

¿Y qué decir de los políticos? No me refiero al espectáculo al que estos días asistimos atónitos y enojados de Murcia, Madrid, Rioja, o Moncloa —de putos a puñeteros—. Hablo del día a día. Teóricamente ellos se ocupan del común, de nuestra convivencia pacífica, de administrar honradamente los dineros, de que se nos presten servicios como la educación, la sanidad... ¡Tururú! Como decía el P. Cobos “el amor a la patria es un incesto; otra cosa es amar el presupuesto”. Con honrosas excepciones, ya no conozco a casi nadie que se ocupe gratis del común, ni siquiera muchos alcaldes de modestos villorrios, que le dan el primer mordisco al paupérrimo presupuesto. Y lamentablemente algunos de los que se encargan es para poner el cazo. ¿Para cobrar el sueldo? Sí, pero también para perpetrar mordidas, tangar un porcentaje de las adjudicaciones, dar vulgares pelotazos.

Nuestro Museo del Prado se ha enriquecido con unas magníficas obras donadas altruistamente por aquel muchacho de Hamburgo, ingeniero eléctrico, que cuando empezaba en España el desarrollo, se vino en autostop con mil pesetas, hizo fortuna y fue forjando una gran colección de arte. Sostiene que donar esas piezas era una obligación y un honor. Nuestra gratitud como españoles, amigo Hans. Chapeau, boina, cráneo.