10 diciembre 2019
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Un veredicto no tan veraz

16 oct 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Era inevitable y tuve que mojarme. ¿Qué le parece la sentencia, don Estella? Contesté prudentemente, porque no la había leído siquiera (solo releo a Quevedo y Delibes). Conocía las penas, eso de la “quimera” y frases aisladas. Sentencié frívolamente: “Un pelín blandengue”. Sé que mis paisanos, lo compartan o no, me entienden, porque lo de pelín, además de “cabello fino y quebradizo”, es una locución adverbial, poco académica, pero muy nuestra: la longaniza, mejor un pelín más gruesa; el Abundio es un pelín aburrebragas; a esas patatas les falta un pelín de sal...

En “El disputado voto del Señor Cayo”, editado entre lo comicios del 77 y 79, Delibes comienza narrando cómo un aspirante a senador se ha apañado un folleto electoral, con una “fotografía de estudio, la pipa entre los dientes, sonriendo con fingida campechanía”. Un correligionario opina que es una propaganda a la americana, a lo Kennedy, y le amonesta: “Pero ¿no te habrás pasado un pelín?”.

Siempre he creído que un pelín, lo que en el fondo quiere expresar es un muchín. Ejemplo: cuando al gran abogado e influencer Matías Cortés (fallecido este verano), le aburrió una dama de la derechona defendiendo a Franco, Matías le replicó con su cruel ingenio: “Sí, sí hizo cosas buenas, pero también era un pelín fusilón”. Me he acordado de este fascinante personaje porque hoy Fernando Jáuregui presenta aquí “Los abogados que cambiaron España”, y desde luego el catedrático granadino, abogado en los casos Rumasa, Ignacio Coca, Mario Conde, Botín... está entre ellos. En el asunto Sogecable no solo libró a su mejor amigo, Jesús de Polanco —o del Gran Poder—, sino que logró que expulsaran de la Judicatura al Magistrado (el salmantino Javier Gómez de Liaño, amnistiado y desde entonces abogado).

Al viejo letrado le da una inmensa pereza leerse los más de cuatrocientos folios del veredicto (dicho está, pero no es del todo veraz), el más largo de los muchos que tuvo que estudiar. De ahí que se pronuncie no como jurista, sino como un charrito, aunque con cierto sentido de la justicia: A aquella ejemplar vista oral televisada, le ha seguido un fallo de conveniencia, que no le gusta un pelín (un muchín).