16 julio 2019
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Titulitis

17 may 2019 / 03:00 H.

La sospechosa licenciatura de un aspirante a la presidencia de una Comunidad Autónoma ha resucitado la polémica sobre los títulos universitarios obtenidos por muchos pretendientes a algo en la política. Definitivamente, nuestros diplomas siguen siendo un valor a considerar, ya que tantos los ansían.

Llevo casi treinta años enseñando Derecho en la Universidad. Dudo que exista la justicia en su sentido más absoluto, pero sí creo que podemos y debemos ser comparativamente equitativos. Por eso, cuando veo al estudiante que se sacrifica para conseguir lo que se propone y lo contrapongo con el caradura que ataja para conseguir su título por la cara, debo reconocer que experimento una cierta nausea. Tal vez algún día el gran público conozca qué se movía tras las bambalinas del denominado “caso Cifuentes”. Con todo, entiendo que sería más apropiado hablar del “caso Universidad”, denominando con ello a todos estos asuntos que se han producido a lo largo de los últimos tiempos.

Nuestra Constitución reconoce la autonomía de las universidades, otorgándoles independencia política y administrativa para la gestión de sus asuntos. Esa autonomía se legitima día a día con su correcto ejercicio, pero no creo que la Universidad española haya estado a la altura de las circunstancias ante estas situaciones. Podría hacer mucho más.

A los partidos políticos les reprochamos la falta de autocrítica y les exigimos transparencia; presumen de adoptar medidas, pero la omertà siciliana triunfa en demasiadas ocasiones. Algo parecido veo en nuestras universidades. Creo en esa autonomía universitaria, pero me molesta que se instrumentalice para elevar una muralla en torno a la institución que permita ocultar las vergüenzas que ocurran intramuros. Añádase a ello la vanidad que aún hoy caracteriza a demasiados de sus miembros, mézclese con la incapacidad de gestión de algunos —perfectamente compatible con la excelencia académica, por supuesto— y de esta fórmula resultará un combinado que pone en grave riesgo a la principal factoría de ideas de nuestra sociedad. ¿Quedarán suficientemente cubiertas estas miserias con la montaña de informes que se nos exigen para formalizar la idoneidad de su actividad diaria?