08 agosto 2022
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Tierra quemada

27 jun 2022 / 03:00 H.

    El viaje por la N-631 entre el deshidratado embalse de Ricobayo y el de Valparaíso ya no volverá a ser igual. El paisaje ha cambiado para siempre. Los robles, alcornoques y encinas que teñían de verde gran parte del recorrido se han convertido en una masa negra y yerma. Es difícil que los ojos no se humedezcan ante semejante desolación y destrucción. En muchas ocasiones he tomado esta complicada carretera para viajar al maravilloso Lago de Sanabria o para poner rumbo a las Rías Baixas gallegas o al norte de Portugal. Es más cómodo ir por Benavente aunque implique recorrer unos kilómetros más, pero a los que nos gusta conducir preferimos una carretera que te obliga a estar con los ojos bien abiertos. Es (o era) uno de los puntos de la red viaria española donde los ciervos provocaban más sustos y accidentes. Hoy estos rumiantes caminan desnortados y hambrientos por los paisajes calcinados de la otrora majestuosa y diversa Sierra de la Culebra. Estamos en la España vaciada que ahora además es la España quemada.

    Aunque la tragedia ocurrida en nuestra vecina y hermana provincia de Zamora no ha sido objeto de programas especiales, conexiones en directo y horas de emisión televisiva, se trata de una de las mayores catástrofes que ha vivido España en los últimos años. Sin embargo, en estas tierras del Reino de León somos pobres hasta para eso. Es imposible permanecer inmóvil al escuchar los testimonios de los mayores de localidades como Otero de Bodas, Olleros de Tera o Val de Santamaría. El paisaje que han visto durante sus más de 80 y, en algunos casos, 90 años de edad, totalmente arrasado. Si la desazón ya inundaba estos pueblos zamoranos por el éxodo juvenil y la desaparición de la ganadería y la agricultura, el incendio en la Sierra de la Culebra ha puesto la puntilla a una tierra marginada desde hace décadas. Es como si la catástrofe del embalse de Vega de Tera de 1959 se volviera a repetir unos kilómetros más al oeste. Sin la pérdida de vidas humanas, pero sí con la misma desazón e impotencia.

    En estos días se ha hablado mucho del operativo desplegado y de si fue suficiente ante la magnitud del incendio. A toro pasado resulta muy fácil hacer valoraciones, pero hay un hecho claro: los fuegos se apagan durante el invierno. Es la frase más repetida por los que de verdad conocen el terreno: los mayores de los pueblos postergados de esta sierra que temían que tarde o temprano ocurriera algo así. Si tenemos en cuenta el dinero destinado a la recuperación de la zona arrasada por el incendio de Navalacruz del pasado año y el que se invertirá a partir de ahora en tierras zamoranas, es obvio que resulta mucho más rentable mantener un operativo estable durante todo el año. Primero para realizar las imprescindibles tareas de limpieza en el monte y, segundo, para estar alerta teniendo en cuenta que cada vez los fuegos se adelantan más en el tiempo y no se circunscriben a los meses de verano. No es un despilfarro como dijo el cuestionado Suárez-Quiñones, sino una inversión necesaria que se debería hacer de ahora en adelante si es que hemos aprendido algo la lección.

    Pero lo que de verdad ponen de manifiesto este y otros incendios es el abandono de las zonas rurales. La mejor brigada para limpiar los montes es la que forma un rebaño de ovejas o de cabras. Cuando durante años se ha ninguneado a los ganaderos propiciando su éxodo, las mentes pensantes de las diferentes administraciones no se han parado a pensar en las consecuencias en cascada de esas decisiones. Y una de ellas es sin duda la proliferación de los incendios. Sin ganado en el monte el fuego campa a sus anchas. No hablamos de un sector económico sin más, sino de un pilar del ecologismo que algunos dicen practicar cuando prohíben la caza del lobo o niegan ayudas a unos ganaderos que agonizan y que en su día ocupaban la Sierra de la Culebra para que no formara parte de la España quemada.

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