15 diciembre 2019
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Sobre el género negro

06 ago 2019 / 03:00 H.

En estos días de agosto en los que escribo a destajo y atrapada por la propia y oscura historia que ando contando, leo en redes algunos comentarios sobre thrillers idénticos o historias negras repetidas. Demasiadas inspectoras que se parecen o asesinatos que resultan exactos. Sin embargo, igual que no es lo mismo que escriba sobre Adriano Marguerite Yourcenar, que toda esa infinidad de autores que esconden sus miserias tras las tramas reales de todos los siglos, a las que no tienen nada que aportar y si mucho que destrozar , tampoco lo es que descerraje un tiro en la cabeza un malo de Chandler a que lo haga otro creado por otro autor del género más preocupado por cumplirá a rajatablas con sus reglas, que por aportarle algo personal. Más allá de que el género negro ande ahora denostado por la cantidad de fieles a su lectura y el exceso de empeñados en su escritura (ya saben que la sublimidad para muchos, está reñida con las masas), lo cierto es que tanto en este género, como en los demás, todo está ya contado, a veces bien y a veces mal. Borges decía que a los académicos nunca les interesaron los policiales porque “no eran lo suficientemente aburridos”. Y existe aún la vaga teoría de que lo que no cuesta un terrible esfuerzo intelectual o no mata de aburrimiento, no tiene suficiente peso cultural. La realidad es que la magia de los buenos escritores se traduce en que pueden escribir de lo más profundo y enjundioso, como si estuvieran hablando de lo más sencillo y consiguen tener entretenido y hasta subyugado al lector aunque en su narración no ocurra apenas nada o lo que suceda no tenga más importancia que la propia manera de contarlo. Hay relatos (a miles) sobre Auswichtz en los que están enumeradas infinitas veces las delirantes torturas y el resto de las atrocidades cometidas allí, que no mueven al lector, ni procuran su empatía. Otros, por el contrario, sin recordar los pavorosos detalles de lo que todos sabemos y hemos visto y leído tantas veces nos dejan el cuerpo torcido solo con la breve descripción de una muñeca sin cabeza caída sobre la nieve del patio del campo de concentración. Sucede que, tanto en la escritura (que requiere ese famoso uno por ciento de inspiración y el noventa y nueve de transpiración que señaló Edison), como en todas las tareas creativas, el resultado depende de la emoción que puedan despertar. De cualquier tipo. Y esa emoción se puede lograr o ser inalcanzable desde cualquier género. Por eso es mejor no señalar ni empeñarse. Ha habido y habrá obras maestras negras, blancas o verdes y otras de cualquier color que no solo no dejaran poso ni recuerdo, sino que, sencillamente, jamás debieron ser publicadas.