20 septiembre 2019
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Sin novedad

18 ago 2019 / 03:00 H.

El despropósito que hoy está instalado en las élites políticas del separatismo catalán no es nuevo. Ya en 1640 las élites de la nobleza catalana pusieron a Cataluña en manos de la Monarquía francesa. La sublevación tuvo una fase inicial que fue la revuelta de los segadores y campesinos contra el poder feudal y burgués barcelonés. Ese movimiento social fue enseguida canalizado y dirigido contra del ejército de Felipe IV que luchaba desde tierras catalanas contra Francia, ejército al que Cataluña se había negado a aportar hombres y dinero.

Antes de esa rebelión, el conde-duque de Olivares quiso imponer la racionalidad (Multa regna, sed una lex “Muchos reinos, pero una ley”) con la llamada Unión de Armas, pero chocó con la resistencia de la oligarquía medieval catalana (“los señores de la montaña”) y la burguesía mercantil barcelonesa. Recordemos, para completar el cuadro, el auge del bandolerismo, que en Cataluña se convirtió casi en una guerra civil entre clanes mafiosos.

El profesor Santiago Trancón nos ha recordado que Francisco de Quevedo escribió entonces lo siguiente:

“Quitaron de la cabeza la corona a la Virgen de Montserrate para coronar a Luis XIII”.

Y dijo más Quevedo:

“Esto de inventar los catalanes y escribir a su albedrío lo que conviene a su honra, o a su vanidad, es cosa natural en ellos”.

El manifiesto con el que se inició la revuelta fue escrito por un fraile de nombre Gaspar Sala. En ese panfleto se delira sobre la catolicidad catalana:

“El primer gentil que recibió la fe de Cristo” era catalán, Santiago Apóstol inició su predicación en Cataluña, el primer obispo fue catalán, “por los catalanes goza España el santo tribunal de la Inquisición, y fue su primer inquisidor el santo catalán Raimundo de Peñafort“.

También “los primeros que plantaron la fe de Cristo en las Indias Occidentales fueron doce sacerdotes catalanes”. Una historia inventada que es gemela de esa otra tan actual que asegura que Teresa de Ávila era catalana y que en catalán se escribió El Quijote.

No quisieron unirse al ejército español y acabaron pagando al ejército francés para que viniera a defender Barcelona. Pasaron de una monarquía otra y en el cambio perdieron el Rosellón y la Alta Cerdaña.

Pretendieron demostrar que fue el soberano Felipe IV el que traicionó el pacto y conculcó los fueros. Quevedo deja claro que sólo se trata de una lucha en favor de los privilegios de una oligarquía local a la que llama “sátrapas de Cataluña”.

En efecto, no hay nada nuevo en Cataluña.