11 noviembre 2019
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Rubalcaba

14 may 2019 / 03:00 H.

Me encontré con Alfredo Pérez Rubalcaba hace un par de semanas o quizás tres. Le vi mejor que nunca y pensé que, pese a sus dotes para la política, haberse liberado por fin de ella le había hecho más libre y más feliz. “Por fin puedo disponer de mi agenda” —me confesó entusiasmado—. Y me sonó sincero. Todos los que tuvimos la suerte de poder conversar alguna vez con él sabíamos de su inteligencia, su compromiso y su sentido del humor. Charlar con él era una auténtica delicia, se tuvieran los mismos planteamientos que él o los contrarios. Rubalcaba era un hombre respetuoso y empático, aunque actuara con la misma cautela que contundencia a lo largo de su extensa trayectoria política. Quizás por eso tenía amigos en todas partes y también enemigos de su talla. Lo eran (amigos y enemigos políticos) Alberto Ruiz-Gallardón, Mariano Rajoy y Eduardo Zaplana, como también Josep Antoni Duran i Lleida y Josep Sánchez Llibre. Cada uno miraba desde un sitio pero sabían encontrarse las miradas, ponerse a prueba, medirse y aceptar la victoria o la derrota dentro del juego democrático. No se le resistió tampoco el entorno vasco que él supo manejar tan bien como para colgarse la deseada medalla del fin de ETA, en su época de ministro del Interior. Y tampoco los medios de comunicación a los que supo tener de cómplices en ese delicado momento para la democracia que fue la abdicación del rey Juan Carlos I, que él ayudó a pilotar al entonces presidente Rajoy, desde su cargo de secretario general del PSOE y líder de la oposición.

Cuando se repasa su robusta biografía política y su energía parlamentaria —siempre llena de ingenio y de educación— parece difícil pensar que se habla de un hombre de salud frágil. Alfredo tuvo que dejar el senderismo por la sierra madrileña que compartía con sus buenos amigos Josep Borrell, Jaime Lissaveztsky y Javier Solana tras una lesión de espalda, pero además tenía una lesión cardiaca que debía tratarse con regularidad y había sufrido alguna infección urinaria tan seria como para llevarle al hospital. Sin embargo eso no le restaba energía ni para la política , ni para el fútbol —era madridista hasta la extenuación—, aunque este último lo tuviera que practicar como espectador, pero con la misma emoción que si lo estuviera jugando.

Era un hombre en el que confiar, pero también un temible adversario al que se enfrentaron muchos de los que ayer desfilaron por su capilla ardiente con respeto. Estaba casado, no tenía hijos y solía recibir los halagos diciendo con cierta falsa modestia “en el fondo, siempre he sido un profesor”. Y así acabó sus días: dando clases y diciéndole a sus alumnos. “Llamadme Alfredo Pérez”. Y así lo hacían, aunque para España entera, los suyos, los de enfrente y los de los lados, siempre será ese gran político conocido como Rubalcaba.