09 diciembre 2019
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Roer zancajos o comerse un morcillo

19 jun 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Estoy sin ganas de pelea, con el alma en los zancajos, reacio a escribir de política y por tanto ahorrándome roer los zancajos a alguno(a) que lo merece. Pero un amigo me manda un meme con la foto que ocupa hoy primeras páginas. Isabel II (93 añitos) y nuestro Rey Don Felipe, con el uniforme de la Orden de la Jarretera. El tuitero cachondo, visto el relativo parecido de la capa de la Orden y la de los tunos, escribe: “Estos tunos cada vez se jubilan más tarde”. Jajaja. Y es que en todo el universo, desde Tejares a Sidney, esa foto se mirará de costadillo y despectivamente, ¡bah!, antiguallas, cosas de los ingleses arcaicos, sus pelucas, morriones, realeza... Pero ¿qué coños hacen con nuestros votos Rivera, Abascal y sus discípulos?

Es inverosímil, frívolo, el origen que se predica de la Orden de la Jarretera, que le acaban de conceder a Felipe VI. Esa liga con hebilla que se le cayó hace siglos —pierna abajo—, a una dama de alcurnia mientras bailaba, y el galante rey que, para salvar su turbación, se la puso en su propia pantorrilla o jarrete, advirtiendo “que se avergüence quien piense mal de esto” (lema de la Orden). Aunque uno es tan mayor que conoció el uso habitual por los varones de unas horripendas ligas de goma, con prendedores metálicos, para sujetarse altivos los calcetines. Desaparecieron cuando estos se fabricaron con elástico. En el Casino de los Señores del pasado siglo —palabrita del Niño Jesús—, ganó un pintoresco “Concurso de ligas de caballero”, un divertido boticario, que concursó con un calcetín sujeto a la pantorrilla, ¡con dos chinchetas! (tenía una prótesis de madera).

En esto uno puede tirarse a desjarretar, incluso desollar, a un par de políticos locales, o derivar hacia la gastronomía. Porque también he conocido la elevación a la nobleza del jarrete, el osobuco, el zancarrón, en suma, el morcillo. Fue Víctor Salvador, del recordado “Chez Víctor”, que cortaba esa humilde pieza —destinada usualmente a acompañar, como carne de tercera, al cocido—, casi congelada, en filetitos muy finos, sin más aderezo que aceite de oliva virgen, pizquita sal y si acaso unas gotas de salsa Perrins. Semejante a un carpaccio. ¡Exquisito! Prueben.