04 diciembre 2019
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Recuerdos del pueblo

05 ago 2019 / 03:00 H.
Roberto Zamarbide
Patio de luces

Poco se habla, ahora que acaba de comenzar el mes de agosto, de cuántos ojos de nuestros mayores se humedecerán este verano por culpa de las vacaciones. Algunos, los que se desarraigaron un día en busca de una oportunidad para sacar a la familia adelante, volverán como equipaje de sus hijos a cumplir con la cita anual de quitar el polvo a la casa del pueblo. Otros, los que nunca se fueron y aún resisten, recibirán la visita de sus hijos y nietos. “¡Pero qué grande te has hecho!”, exclamarán las abuelas en la bienvenida. Finalmente, unos cuantos más se conformarán con el recuerdo de antiguos momentos en el aburrimiento de una desangelada residencia con ecos de partidas de tute y mus. O de una silenciosa sala de estar, en sombra para “que mamá no pase calor”. Aquellas mañanas de verano trillando con el padre en la era, guiando a los bueyes en la siembra, yendo con el carro a la feria comarcal. Recuerdos fugaces que alumbrarán una media sonrisa y tal vez un suspiro. “Fueron duros aquellos tiempos. Éramos pobres, pero yo creo que felices, ¿no?”. Con suerte, el abuelo que evoca su infancia encontrará la respuesta condescendiente de algún familiar cercano. O tal vez la pregunta y la respuesta queden como diálogo silencioso en su mente.

En los años 50, la provincia de Salamanca rozó los 412.000 habitantes, su máximo histórico de población. Poco después, la dinámica del desarrollo económico priorizó el crecimiento de las ciudades en detrimento del campo. La falta de oportunidades desencadenó la gran emigración de finales de los 50 e inicios de los 60. Miles de jóvenes de nuestros pueblos buscaron un futuro en la capital, en Madrid, en el País Vasco, en Alemania y Suiza. Comenzó la imparable hemorragia de vida e ilusiones que desde hace 70 años sufren nuestras zonas rurales. En estas siete décadas, los pueblos salmantinos han perdido casi la mitad de su población. Desde la Sierra de Béjar a la de Gata, desde Villarino y las Arribes hasta Navasfrías y el Rebollar, toda la Sierra y el Oeste provincial han acusado especialmente la incomunicación y el olvido a las que se les sometió desde las distintas administraciones, ya fueran azules, rojos, naranjas o morados. Más allá de las buenas palabras, Salamanca y el resto de las provincias junto a la Raya portuguesa nunca fueron prioridad. Hoy ya se reconoce que la despoblación es el principal problema que lastra nuestro desarrollo. Por fin la gravedad del problema ha puesto de acuerdo a todo el arcoiris, rojos, azules, naranjas y morados, aunque, a estas alturas, de nada consuela cuando el cáncer avanza imparable sin que nadie haya dado con la terapia efectiva.

El pasado febrero, el Parlamento Europeo aprobaba que los problemas y retos demográficos como la despoblación y el envejecimiento sean, por primera vez, criterios tenidos en cuenta en el destino al que las regiones aplican los fondos de cohesión que les llegan de la UE. Muchos europarlamentarios se felicitaban por el ‘punto de inflexión’ que, a su juicio, va a suponer esta medida. Estos optimistas personajes quizás no estaban muy atentos cuando España recibía anualmente millones y millones en ayudas como nuevo miembro ‘pobre’ de la entonces CEE y era receptor prioritario de fondos. Ni cuando sus partidos libraban encarnizadas luchas políticas en diputaciones como la de Salamanca para controlar los grupos de acción local que se disputaban la gestión de ese dinero. Ni tampoco cuando esa oleada de millones se despilfarró durante décadas en inútiles Centros de Interpretación de la Ardilla Moteada (confío en que no exista porque se me acaba de ocurrir) que ni generaron riqueza ni empleo atrajeron turismo. Lo que sí sembraron fue inquebrantables adhesiones del alcalde de turno y unos cuantos votos en la comarca.

Entre el inusitado barullo de los niños veraneantes jugando en el frontón, el abuelo se frota los ojos humedecidos al recordarse a sí mismo trotando al salir de la vieja escuela del pueblo, hoy cerrada. O cuando se reunía con los amigos a coger ranas en el río. Pronto serán las fiestas del pueblo. Mucho ruido, sí, pero hay alegría. Y después se acabará todo y ese todo volverá a ser recuerdo.