06 agosto 2020
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Reconstruir también la Fiesta Nacional

06 jun 2020 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

A S.M. “El Viti”, que toreó 124 tardes en Barcelona

Las víctimas lígrimas de la pandemia son las cerca de cincuenta mil personas que han fallecido. Pero entre los damnificados inmediatos, están los toros. Además de sus enemigos usuales, que cuecen vivas las langostas, o toman foie gras de ocas con el hígado saturado, le ha llegado la suspensión indefinida de todos los festejos. Habrá que reconstruirla también, por llamarse “Nacional” —lo que detestan separatistas y progres—, y por otras muchas razones, especialmente culturales y económicas. Y es que la Tauromaquia, en mi opinión, “no tiene desperdicio”. Eso dijo el catedrático Pedro Romero de un alumno de la escuela de Sevilla. Es decir, que era aprovechable todo su arte, y así lo demostró aquel alumno, Manuel Domínguez, que fue matador importante —a todos los toros en la suerte de recibir—, pero se quedó con el apodo de “Desperdicios”, poco grato de escuchar, aunque su origen proviniera del elogio de un maestro. Es lo que seguramente pensó también el director de la Escuela taurina de nuestra Diputación —aquel excelente torero, José Ignacio Sánchez—, cuando vio torear por primera vez al niño-prodigio mirobrigense Marco Pérez.

La tauromaquia, ciertamente, no tiene desperdicio. No invocaré conocidos textos en su defensa de Ortega y Gasset, García Lorca, Picasso, o los Premios Nobel Cela y García Márquez. Sucede que vivo en tierra de toros y que el miércoles almorcé (y conspiré literariamente) con mi colega J. C. García Regalado, en el “Pacheco” de Vecinos, escoltados por cabezas de toros, cencerros, dibujos taurinos de García Campos y fotos de Julio Robles y otros toreros. Tras varios meses de encierro, él no se creía que, al fin, estábamos en un restaurante; ni yo que todo lo que evoca la decoración del local fuera pasado, simples recuerdos de una afición, un arte y unos hermosos animales que se criaban en el adehesado entorno.

Suelo decir que “a mí de los toros me gustan hasta las turmas” —ricas criadillas—. Aún recuerdo las últimas que tomé, en filetes empanados, de una corrida de “El Capea” en Béjar. Pero el encuentro de un resignado Justo “Garcigrande”, que tiene preparadas 24 corridas, varias para plazas de primera; el reciente tentadero de vacas de “El Pilar” de los amigos Pilar y Moisés Fraile, con Diego Urdiales; una llamada de Javier Castaño; las excelentes crónicas de Javier Lorenzo en este diario; y una vieja afición, afortunadamente inmarchitable, me han puesto el delicado problema taurino en suerte. Pues “¡suerte, vista y al toro!”, como decían los matadores antes de hacer el paseíllo (y que el as de la aviación García Morato, adoptó como lema de su histórica escuadrilla).

El problema es que sin “el respetable”, ya me contarán quién organiza con solvencia festejos taurinos; quién paga seis reses que llevan comiendo en la dehesa tres o cuatro años para lucir su casta; o cómo calcula la Presidencia la petición de la primera oreja “notoriamente mayoritaria”, como reza el Reglamento. ¿Imaginan unas manchitas blancas de kleenex, salpicando el cemento de los tendidos? Pocos y desolados espectadores, distantes unos de otros dos metros. En el fútbol (único espectáculo que supera en asistencia a los toros), se puede aplaudir, silbar; y en el teatro, además, patear. Pero es que en los toros, el público es, además, parte del Reglamento. Ya sé que hay otros mil festejos en las calles, encierros, pero... No repetiré lo que decía el inolvidable J. C. Martín Aparicio.

Dejemos de lado la privación artística, el naufragio para la afición, los 2,5 millonrd de espectadores directos, 5,3 millones por televisión y 900.000 vía Internet. Si nos ceñimos a la repercusión económica en una actividad que genera 4.000 millones, será muy cruel, especialmente en Salamanca, por ser la provincia española con más cabaña de bravo (170 ganaderías de las 900 existentes). Muchas reses al matadero (donde para carne valen apenas un 10%), y amenazados muchos puestos de trabajo, directos e indirectos, (54.000, incluidos veterinarios, transportistas, mayorales y vaqueros, toreros, cuadrillas...).

Pero soy optimista. Con la Fiesta Nacional no han podido Papas ni Reyes, como demostró el villaviejense Dionisio Fernández de Gatta. ¿Porqué va a triunfar una pandemia durísima, pero pasajera? Hay razones importantes para confiar en su reconstrucción. El mundo de los toros ya no es solamente el decimonónico de Bombita y su Montepío. Afortunadamente está estructurado y bastante unido. Como ejemplo, la Asociación Taurina Parlamentaria, que cito por estar asociada la Vicepresidenta Carmen Calvo, y porque preside el mirobrigense Miguel Cid. Pero sobre todo la Fundación del Toro de Lidia, cuya Presidencia ostenta, con credibilidad y eficacia, Victorino Martín. Salvemos entre todos los toros. Por Salamanca y por España.