06 agosto 2020
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¿Queda algún ministro cabal?

06 may 2020 / 03:00 H.
Marian Vicente
Desde la tribuna

Este Gobierno no deja de sorprendernos cada día. Cuando creíamos que ya lo habíamos visto y oído todo, llega la ministra de la “desescalada”, la que acabó con el mercado del diésel en uno de esos desahogos, y se supera de nuevo. Nos explica, en una memorable entrevista publicada el domingo en El País, que el virus se ha ensañado especialmente con España porque venía del este y por esa razón Portugal está mucho mejor que nosotros. Tuve que echar mano del atlas para cerciorarme bien de que Reino Unido o Estados Unidos, que baten récord de muertes y contagios junto a España, estaban más al este,

Pero el colmo de la desvergüenza de Teresa Ribera ha sido asegurar que España está en “la gama alta del éxito” en la gestión de la pandemia, ya que otros -refiriéndose al presidente de Estados Unidos- han recomendado beber lejía. Tendremos que aplaudir al presidente Sánchez porque solo ha amenazado, no nos ha dicho que nos tomemos un “chupito” de lejía. No sé si esta mujer es simple o sencillamente la prepotencia y la soberbia le han impedido, como a su jefe de filas, reconocer los graves errores cometidos. Empezando por no haber adoptado medidas cuando recibieron las alertas sanitarias mundiales y continuando por ahondar en la arrogancia y la altanería, en lugar de ponerse en la piel de los millones de autónomos o pequeños empresarios que también van a sufrir las consecuencias del virus y de la nefasta gestión del Gobierno.

Con el sector hostelero hundido y miles de pequeños empresarios y trabajadores en el paro o a punto, la ministra Ribera en un tono macarra y despectivo les ha dicho que el que no se sienta cómodo, que no abra. Pero, ¿se puede consentir por parte del Gobierno este lenguaje “barrio bajero”, o las amenazas del Sánchez a la oposición diciéndole que si no apoya el estado de alarma, será el caos o tendrá que cargar con los muertos?

Se le consiente porque estamos confinados y esto le permite al presidente mantenernos encerrados en casa para que no salgamos a manifestarnos a la calle o a llamarles asesinos delante de las sedes del PSOE, como hicieron ellos tras los atentados del 11 de marzo de 2004. Actitud que condenaría ahora, igual que la condené entonces, pero entiendo que una mayoría de españoles estén hartos de un gobierno que no tiene ni un plan B, como ha reconocido el presidente, ni un plan A. Es que nunca ha tenido plan.

Ha ido actuando a salto de mata y de ocurrencia en ocurrencia y tiro porque me toca. De ahí sus decretos nocturnos, que al día siguiente se ve obligado a corregir. Todo ha sido improvisación.

El presidente del Gobierno ha actuado con absoluta displicencia con los presidentes autonómicos, que no sé cómo no le han plantado y han dejado de asistir a esas conferencias dominicales, en las que les vuelve a contar lo que ya dijo el día anterior en las interminables ruedas de prensa jabonadas por sus amigos. Ha despreciado a la oposición. Ahora levanta el teléfono para hablar con Casado o con Arrimadas, pero porque ha descubierto lo cómodo que es gobernar con el estado de alarma. Así puede colocarnos a Pablo Iglesias en el CNI, colarnos la ley Celaá de Educación, meternos de rondón la mayor nómina de cargos de confianza saltándose sus propias normas o no dar explicaciones por los misteriosos contratos, que están bajo sospecha de corruptelas.

Con este Gobierno no es que no podamos afrontar la desescalada, es que de seguir así nos vamos a despeñar. Ayer comentó la dueña de una papelería que no puede vender bolígrafos “BIC” o una cartulina de un euro si no es con cita previa, según el decreto de la “fase O” de Sánchez. Los dueños de peluquerías, que intentaron el lunes recobrar algo de normalidad, no sabían si cumplían o no, porque nadie les ha dicho previamente qué es lo que deben hacer para garantizar la seguridad. A los taxistas -transporte público- les asaltaban las dudas sobre si tenían que facilitarles mascarillas a los clientes o no.

En fin, un despropósito, como cada decreto o norma de Pedro Sánchez y su tropa de ministros. Su mayor contribución, sin duda, sería reconocer su incapacidad para gestionar la crisis sanitaria y económica y marcharse.