23 octubre 2019
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Políticos sin talento (y sin vergüenza)

11 jul 2019 / 03:00 H.
Santi Riesco
Ahí lo dejo

En España hay talento de sobra. En algunas disciplinas somos líderes y referentes mundiales. Y no hablo solo de futbolistas, que de tantos y tan buenos los exportamos. Si hay buen fútbol o dinero, allí hay un compatriota dejando bien alto el pabellón.

Lo mismo sucede en el ámbito de la ciencia. Nuestros científicos, como nuestros deportistas, forman parte de los equipos más prestigiosos a lo largo y ancho del planeta. Tampoco es difícil dar con un español en un proyecto que estudia el cambio climático en la Antártida o la relación del ébola con los primates en mitad de la selva de la República Democrática del Congo. Hay científicos españoles en las más renombradas universidades norteamericanas y europeas. La preparación, la capacidad de sacrificio y la falta de oportunidades en nuestro país nos convierten en un exportador de materia gris de alta gama que deja un sabor agridulce donde se mezclan el orgullo de ver a los compatriotas abriendo caminos para mejorar el planeta y las condiciones de los que lo habitamos, y la vergüenza de que tengan que hacerlo fuera de casa porque nuestra liga aún no ha invertido lo suficiente para ser competitiva.

De lo que andamos justitos es de políticos que sepan dar la talla, que estén a la altura, que miren más allá de sus propios intereses o los de su partido. El sistema en nuestro país es tan perverso que los pocos servidores públicos decentes acaban defenestrados por sus propios compañeros, por los de sus siglas, de tal modo que sólo llegan a ocupar puestos en el partido con posibilidad de responsabilidad de gobierno aquellos capaces de demostrar su incapacidad sin ruborizarse por ello.

En un país donde la irrupción de nuevos partidos —no tanto de nuevas políticas— ha dejado las mayorías absolutas atrás, la primera tarea de los políticos es ponerse de acuerdo para gobernar. No me vale que ante su incapacidad devuelvan la pelota a los ciudadanos y decidan que volvamos a votar.

Ante esta circunstancia se me ocurren dos posibles vías. La primera es que, en el caso de que se tengan que repetir las elecciones, ninguno de los candidatos incapaces de llegar a un acuerdo pueda optar a un escaño en el Congreso. Es decir, que ni uno solo de los 350 diputados elegidos se pueda volver a reelegir. La segunda es que se cambie con urgencia el sistema para que, en caso de no llegar a un acuerdo de gobierno, sea el partido más votado el que aguante los cuatro años dialogando cada ley con quien crea conveniente para sacarla adelante.

Votar cuatro veces en cuatro años sería un fracaso de nuestro sistema, de nuestros políticos, de nuestra sociedad innecesaria e impostadamente enfrentada.