15 agosto 2019
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Podemos, hacia la marginalidad

08 jun 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

El hundimiento era previsible, pero resulta patético. Tras la deflagración electoral, los cargos de Podemos y sus socios abandonan el barco como las ratas. En Madrid Echenique, el abyecto argentino del “chúpame la minga, Dominga”. En Castilla y León se van unos cuantos responsables. Y en Salamanca huyen el secretario de Organización (Álvaro García), el secretario de Política (Antonio Espejo), que ahora se entera de que “el proyecto no da para más”, y otros muchos. Entre ellos el único seriecito, Gabriel Risco, que en el Ayuntamiento hacía honor a su apellido: un peñasco. Su posible, pero no confirmada marcha, tras unos duros zascas proporcionados por los portavoces de los otros tres grupos municipales —con los que él se cebó cuatro años—, daría entrada en el Consistorio, de nuevo, a Virginia Carrera, que perdió las primarias frente a él, y ha perdido estrepitosamente las elecciones municipales con él. Pero lo celebraría porque la extravagante abulense, a la que no se debe tomar en serio, nos seguiría dando a los columnistas suficiente munición.

Se van muchos —y Franco, terne, en Cuelgamuros, ¡no hay derecho!—, pero no el que debía irse, el principal responsable del sopapo electoral, el pequeño Lenin español, el profeta, el macho alfa, marqués de Galapagar, Pablo Iglesias, que ha logrado cepillarse uno a uno a todos los amiguetes de la foto de la fundación de aquella partida —no partido—, y en un desplante taurino (¡dejarme solo!), se queda solito con la marquesa, Irene Montero. He dicho Lenin, pero me da vergüenza, porque Vladimir Ilich Ulianov era todo un tío. Un cabronazo, pero con cuajo. Y no quiero comparar a su pareja Irene Montero con Nadezhda Krúpskaya, la esposa del líder bolchevique, porque tenía currículo, y porque no se fue con Vladimir a una dacha, una mansión rusa —amortizando en un solo año muchos miles de euros de hipoteca—, sino que peregrinó pobremente a Siberia para casarse y compartir un duro exilio político.

Echando la vista atrás, las cosas no han cambiado mucho. En las primeras elecciones municipales, allá por 1979, ya se dibujó el mapa local: el centro derecha (13 concejales), el socialismo (11) y el comunismo (3). Después de cuarenta años, siguen dos grandes bloques (PP más Ciudadanos, y PSOE), con una pequeña representación de la izquierdorra, que ha bajado de 3 —y hasta 4 ediles—, a la mitad. Por algo será. La diferencia es que los tres comunistas de antaño tenían personalidad, experiencia vital y coherencia política. Estos novatos, que sin bagaje alguno querían asaltar los cielos, llámense Gobierno, Comunidad, Ayuntamiento... han constatado con rabia que, coño, primero hay que tocar el timbre. Paredero, mi sepulturera doña Montse... ¿qué pensarán ahora cuando dijeron que se unían no solo para mantener cuatro concejales, sino para gobernar? Han caído de la nube mientras ven cómo su fundamento, el protagonismo de la ciudadanía, una herramienta “al servicio de la gente”, se ha convertido en el insoportable ego de Pablo Iglesias —¡gentuza!—, cuya soberbia alguien ha dicho que no le cabe en la bragueta (sostuvo que “los hombres feministas follamos mejor”).

El que también nos deja, ¡lástima!, es don Gabriel de la Mora, de la zarzamora y de la morería. Se toma, aunque sea involuntariamente, un “Moscoso”, el apellido de aquel ministro que en horas veinticuatro se pasó de la UCD de mis amores al PSOE, e inventó los moscosos, unos permisos. Al hijo del llamado gordo de “Moscosa” (la dehesa de su señor padre y terrateniente), le han regalado —sin pedirlo—, un moscoso, ¡hala!, una legislatura sin escaño. Su despedida de la Diputación también fue divertida, bajo las baquetas implacables de sus adversarios. Como con doña Virginia, lo siento, porque la mancha de la Mora no se va a quitar por otra verde, y los opinantes nos quedamos sin bufones políticos, que dan mucho juego y divierten al respetable.

Álvaro García, hasta ahora secretario de Organización de ese desorganizado colectivo, compuesto por Podemos, Izquierda Unida, Equo y Ganemos —ganemos las elecciones y los cielos—, ha descubierto que su proyecto no da para más, o sea, que da para menos, la mitad de lo que había. Dice literalmente que “ha emprendido el camino hacia la marginalidad política”. ¡Sacto! Nunca es tarde para constatar, don Álvaro, “la fuerza del sino”. Su sitio es el margen, la orilla, el borde. Si tomaran el poder, no quiero pensar lo que sería de esta ciudad. Afortunadamente, le toca el turno al PP, con la valiosa participación de Ciudadanos, la rigurosa oposición del PSOE, y solo un par de decorativas guindas moradas.