20 septiembre 2019
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Perrea, perrea

23 ago 2019 / 03:00 H.

El verano es tiempo de música. De festivales, fiestas patronales y verbenas, pero también de conciertos de altura presupuestaria. Hablamos de un mercado que mueve masas de público y que, como cualquier otro, se rige por las leyes de la oferta y la demanda. Bien lo sabe la iniciativa privada, que navega con fruición cuando el éxito les acompaña y no duda en suspender un espectáculo, o cambiar su lugar de celebración, cuando las cuentas no le salen.

Pero la música es mucho más. La música es el vehículo sobre el que se transmite un mensaje más o menos valioso; forma parte de la cultura de una sociedad y por ello debe ser apoyada por las instituciones públicas. Por eso creo que, en el marco de una adecuada administración, el dinero de todos también debe servir para ofrecer al gran público aquello que no está al alcance de todos.

Vivimos en una sociedad libre por la que todos debemos luchar día a día, no sólo los políticos. Ello supone apoyar la diversidad y fomentar que el arte sea un instrumento de comunicación más que nos permita conocer y entender cada día más y a más. Lo que ocurre es que a veces falla la premisa. Cuando la música no transmite valores para la convivencia, cuando su mensaje es discriminatorio y contracultural, las instituciones deben actuar con suma cautela.

Que el mundo de la empresa venda los espectáculos que estime convenientes al amparo de las libertades que reconoce nuestra Constitución, pues para todo hay un público. Pero de nuestros Ayuntamientos debemos esperar otra cosa, como es la promoción de valores sociales y la consiguiente implementación, también en este terreno, de políticas públicas coherentes.

La música que salga de mi bolsillo quiero que sea respetuosa de la libertad y la dignidad de todos, inclusiva e igualitaria. La quiero atrevida, pero no denigratoria o humillante. Me encanta que me suba la presión arterial, pero no acepto que se base en el sometimiento a la mujer, aunque la cante una mujer. También me gustaría que fuera buena, pero eso ya sería meterse en camisas de once varas.