20 julio 2019
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Pactos. Capítulo Primero: el amoroso

15 jun 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Entonces Jeanine le preguntó dulcemente a Robbins: “¿Por qué tardaste tanto en volver?” Volvió de EEUU a Normandía a los 75 años del desembarco, con la foto de aquella joven con la que tuvo fugaces amoríos durante la IIª Guerra Mundial, y la ha reencontrado con 92. Él prometió lo mismo que el general Douglas MacArthur cuando los japoneses le obligaron a abandonar las playas de Filipinas: “Volveré”. Y ciertamente a los dos años regresó para liberar las Islas. Lo más parecido que tenemos por aquí es la maravillosa, inmortal copla, “Tatuaje”, de doña Concha Piquer, que conoció a aquel marinero hermoso y rubio como la cerveza, más rubio que la miel, que un día marcha en un barco y ella lo busca de puerto en puerto y de mostrador en mostrador, sangrando lentamente, eso sí, ante una copa de aguardiente (cosas de la rima). Va diciendo a los marineros que muere por él, pero no tiene final feliz, no llega a encontrarlo.

Historias análogas a la del marine americano y la francesita están en canciones como “Confieso”: “Me fui el día más triste del mundo... nunca dejé de buscar como volver... confieso que estando lejos aprendí que quiero estar a tu lado... y dijiste suavemente por qué tardaste tanto”. El reproche, por muy francés, muy tierno, suena injusto. El viejo soldado pudo replicar: Coño ¿y por qué, tras el armisticio, no fuiste tú a USA a buscarme? El problema es que si Robbins hubiera tardado poco en volver, esta romántica, enternecedora historia, quizás no hubiera existido. Incluso puede que la dura convivencia, las distintas culturas, el obligado desarraigo de uno de ambos de su tierra, hubieran acabado poco a poco con el “flechazo”.

Pero el reportaje de ayer en este diario, titulado “Medio siglo aguantando y sabiendo perder” (Nicolás Bravo), con declaraciones tan realistas como “hemos tenido sacrificios, bronca y reconciliación” (Leandro Martín), es todo un argumento a favor de la convivencia, la insistencia y la resistencia. Bodas de oro y “ganas de llegar a las de diamante”, con un par. Y es que, de igual modo que hay infieles o promiscuos, hay gente testaruda queriendo. “Toda la vida” es la línea final de la novela “El amor en los tiempos del cólera”. Es la respuesta del protagonista de la formidable historia de García Márquez al capitán del barco: “¿Hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo” (río arriba, río abajo). Y es que “Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía 53 años, siete meses y once días, con sus noches”. Es decir, el tiempo exacto que había estado esperando para cortejar y conseguir a la mujer de sus sueños, Fermina, hasta que su marido se desnucó. Cuando ya ambos, lejana la lozanía, exhalaban el olor de los fermentos humanos, el despiadado “ya olemos a gallinazo”.

En esto de la espera hay historias amorosas conmovedoras. Algunos se pasan los ratos con el imposible “volver, volver, a tus brazos otra vez”. Pero en la mayoría de las ocasiones el despechado, le dice “ojalá que te vaya bonito”, y se consuela con Julio Iglesias, “lo mejor de tu vida me lo he bebido yo”, o sea que la deja ya catada —no “recatada”—, para el siguiente. Pero cuando le cuentan las lenguas de doble filo que se ha casado con otro (y se quedó tan tranquilo), acude a la “Profecía” de León y Quiroga, esa chulería que escuchábamos dedicada tantas veces en la llamada radio de cretona: “Pero allá en la madrugada/te despertarás llorando/por el que no es tu marío/ni tu novio, ni tu amante,/sino el que más tha querío.../ ¡Con eso tengo bastante!”. Hay quienes no tienen bastante y esperan, como la señorita Adelina, de la jocosa copla “La niña de la estación”. Primero vendándole la frente a una víctima de un descarrilamiento, que —ingrato—, no volvió, dejándola en la estación helada y fría. Luego casándose con el jefe de estación, que “a los dos días del hecho... murió de dos anginas de pecho”, y le cantaba al fiambre “no te tardes amor mío,/que hace frío en la estación”.

Se me acaba el papel y tengo que dejar abierto un portillo a quienes creen en los amoríos primeros y eternos. He vivido tanto que he conocido muy de cerca un “es mi hombre”, una espera de medio siglo, con final feliz, un “ir y venir del carajo”, semejante al de la historia del novelista colombiano. Se cantó siempre en la sabia Galicia: “La raíz del tojo verde es difícil de arrancar, os amoriños primeiros son difícis dolvidar”.