28 septiembre 2020
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Orgullo y prejuicio

19 may 2020 / 03:00 H.

Le voy a pedir prestado este título de su maravillosa novela a Jane Austen, porque me parece perfecto para describir una desgraciada situación que estamos viviendo. Las desavenencias de los políticos, su ineficacia, su mala gestión y el no saber encontrar un camino en el que quepamos todos, están llevando a separar a España por clases. ¿Les suena? El discurso populista que ha destrozado a tantos países con eso de hacer creer a la ciudadanía más ingenua y vulnerable que siempre tendrá veinte euros en el bolsillo, porque para eso está papá Estado, pretende dividir a la sociedad entre ricos y pobres. Buenos y malos. Pues les voy a contar un secreto. Hay pobres de solemnidad buenísimo y malísimos y ricos de película malvados o estupendas personas. Como lo leen. Y ahora va otro más. En el barrio de Salamanca de Madrid viven personas con distintas rentas. Algunas muy bajitas (y no me refiero a Echenique que está colocado y tiene pagada hasta la mala sangre con la que escribe los tuits). Sin embargo, su conciencia de clase les hace creerse en el lado de los que más tienen. A los de Vallecas les pasa lo mismo, pero al revés: se sienten de un sitio determinado, aunque prosperen tanto como para irse a una casa inaccesible para buena parte de los españoles (¿Recuerdan cuando los malos eran los que tenían chalet?). Cuando las cosas van bien y hay garbanzos en el cocido, a unos y a otros les da más o menos igual. Se sienten de aquí o de allá, pero no aborrecen (al menos no tanto), al que no es como ellos. Pero cuando arrecia la zozobra unos y otros eligen posiciones, tengan lo que tengan y se disponen a luchar por sus diferencias. En un momento de incertidumbre como en el que nos encontramos, cualquier economista de bajo nivel sabe que la subida de impuestos no es la piedra filosofal y que no se puede prometer al pueblo más de lo que se pueda pagar (Europa acabará por hacer un corte de mangas). El problema es que los que siempre han cobrado del erario público, los que no se han batido el cobre en la arena y sufrido con los vaivenes del mercado y las dificultadas de la inseguridad, solo tienen un discurso: te lo daré yo. Se lo quitaremos a los ricos (demonios) para dárselo a los pobres (ángeles). E incluso aunque esos ricos no sean tan ricos o los pobres no sean tan pobres da igual, lo repartiremos por barrios. ¿Qué tú eres de uno pijo? A por ti. ¿Qué tú eres de uno popular? Estamos contigo. No me gustan las manifestaciones en la calle en tiempo de mascarillas. Y menos el odio que se destila entre los que salen y los que no. Y creo que es producto de un Gobierno cada vez más sin presidente y sin técnicos donde más se les necesita y con un vicepresidente que quiere asegurarse el puesto con un discurso tan mentiroso como imbatible, basado en el orgullo de clase y el prejuicio contra el que es distinto.