15 diciembre 2019
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Orgullo

09 jul 2019 / 03:00 H.

Las imágenes por el boicot contra Ciudadanos que paralizó el Orgullo me provocan no solo rechazo sino también tristeza. ¿A dónde hemos llegado? ¿Cómo es posible que los políticos, una vez más, hayan colocado sus zarpas en medio de las reivindicaciones sociales y pretendan rentabilizarlas? Me parece abominable el escrache o como lo quieran llamar. Y aún más que el movimiento LGTBI le esté siguiendo el juego a los que, a su vez, pretenden quedarse con el patrimonio de sus derechos.

Me jacto de no haber preguntado jamás, a nadie, ni de mi entorno ni de otros, por su cama o por su ideología. De haber respetado siempre que cada ser humano que pasa por mi vida, pueda decidir sus sentimientos y sus pensamientos. Y me provoca inquietud darme cuenta de que ahora, hasta desde el propio colectivo LGTBI se plantean quién puede estar con ellos o contra ellos. ¿Todo esto está causado por los pactos de Cs con VOX? ¿Pero no es cierto que los socialistas también han llegado a acuerdos con los de Abascal?

Aquí se justifica y deja de justificar lo injustificable. Entre otras cosas que hay asuntos que no se deberían mezclar con la política. De lo que se trata es de que la Constitución defienda los derechos de todos, y de que los partidos, tengan la ideología que tengan, se vean obligados a reconocerlos. Y entre esos derechos están desde luego, las distintas maneras de amar, de soñar o de vivir. Les guste o no a unos o a otros. ¿De verdad alguien cree que Cs o incluso el PP pretende acabar con los logros del colectivo LGTBI? ¿Acaso piensan que son tan estúpidos como para dar ese paso atrás después de haber caminado hacia delante, más allá de la propia política, por mucho que VOX se lo exija?

La única manera de controlar los desmanes absurdos y reaccionarios de un partido político tan legal como todos los demás, porque está respaldado por sus votantes al igual que los otros, pero con un criterio que a tantos nos eriza el vello, es conseguir que los que están más cerca de ellos los inhabiliten. Pero no con la fuerza o los gritos, sino con el propio poder de los votos. O lo que es lo mismo con la soberanía nacional que reside en el pueblo del que emanan los poderes del Estado. Un Estado que conformamos todos independientemente de nuestro sexo, raza, religión o inclinación sexual o ideología política.