13 agosto 2022
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¿Novísima política?

13 may 2021 / 03:00 H.

    Tras las elecciones en Madrid, ha entrado en circulación el concepto de novísima política. Supuestamente, estaríamos arrancando un ciclo que da relevo a la nueva política, que a su vez había sucedido a la vieja. Vaya por delante que es más fácil acuñar términos, que gestar verificables transformaciones en la esfera pública. Sin embargo, resulta innegable que el lenguaje político desempeña su importancia, y por eso conviene no descuidarlo.

    El consultor César Calderón caracteriza la novísima política con tres ejes: 1. Promiscuidad electoral (la lealtad hacia unas siglas, incluso hacia un bloque ideológico, mermará de forma reseñable); 2. Principio de realidad (el electorado premiará a quienes aborden problemas auténticos); 3. Aritmética en que tres no ganan, dos, sí (cuando derecha o izquierda se dividan más de la cuenta, tendrán complicada la victoria).

    De afianzarse estas tendencias, me alegraría por las dos primeras. Es pernicioso que la ciudadanía firme cheques en blanco a las siglas. Durante el auge del bipartidismo, incluso el partido perdedor mostraba un suelo electoral que superaba los diez millones de votos. Esos votantes fijos (stand patterns) proyectaban un inequívoco mensaje al partido de sus amores: sea cual sea el despropósito, ahí estarían ellos para seguir brindando confianza. Y la segunda clave también entronca con lo racional: saludable sería que el electorado castigue las fantasmagorías, y sepa respaldar una labor contrastada y minuciosa sobre los desafíos reales que nos envuelven.

    Si hoy se habla de novísima política es porque ante hubo una nueva. A ella se refirió Javier Cercas (El País, 30-8-2015), recordando que en los años 30 la vieja política era la democracia parlamentaria, mientras que la nueva venía encarnada por nazismo, fascismo y comunismo. La nueva política de entonces se presentaba con mesiánicos liderazgos, grandilocuentes discursos, arrebatadoras promesas y radiantes futuros. Esa suicida y abismal experiencia no deja lugar a dudas: aquella nueva política era inmensamente peor que la vieja. De ahí que Cercas añadiese: sería absurdo estar con la nueva política únicamente porque sea nueva; si se está a favor, que sea “porque es buena, o al menos porque es mejor que la vieja”.

    Mensaje extrapolable respecto a la novísima política: si se apuesta por ella, que no sea por ser actual, sino por presentar rasgos que propicien un ejercicio más constructivo y edificante. La llamada vieja política jamás afrontó ciertas reformas estructurales que nuestra democracia requería. El clásico bipartidismo nunca renunció a tentaciones clientelares y privilegios partidistas. Pero desde luego que los populismos extremistas de Vox y Podemos no vinieron a solventar esas carencias. Bien al contrario, la nueva política agravó los problemas de la vieja, e incorporó otras complicaciones: desde la polarización premium, hasta el envilecimiento grande cuisine. Ojalá la novísima política no acabe implicando tanto fiasco como la nueva.

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