25 mayo 2020
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Mareo y paseo

20 may 2020 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

No quería confesarlo, pero mi deber de columnista me obliga. Ayer, mañana primaveral, pletórica, soleada, a la hora de los mayores, tras un prolongado encierro, dejé mi leonera y salí al campo. No a la parcelita familiar de Saint Peter Sur Mer —prohibida por estar a más de un kilómetro—, sino a las riberas del Tormes, donde es tributario el Zurguén. Donde Meléndez Valdés, en letrilla que hoy se antoja cursi, escribió: “Decidme airecillos, / decidme, que haré?, / para que me escuche / la Flor del Zurguén”. Las avecillas a las que invocaba el trasnochado poeta, allí siguen, pero con tantos y tan pródigos frutos de este esplendor, están —diría mi amigo Casamar—, “como mirlas en tiempos de moras”, o sea con zurreta, que depositan en los bancos municipales. Pues allí fui a dar, porque hay un excelente parque, y aquel “arroyo del Zurguén, que no olía bien”, que denunciaron antaño Manolo el gasolinero y tantos vecinos de la zona, está saneado.

Nunca lo hubiera hecho. Extender la mirada, respirar aire limpio, el contacto con la naturaleza, buscar vitamina D, por increíble que parezca, me provocó una especie de mareo en tierra, como el de esos marineros que bajan al puerto, o el del beodo saliendo de la cantina. Sé que es grotesco, risible, pero me ocurrió lo que a aquel personaje de W. F. Flórez, no sé si galeote en una oficina siniestra y sin ventilar, o asiduo de casino cuando se podía fumar. Siempre rodeado de una nube tóxica, el día que lograron sacarlo al campo, no soportó el aire puro, impecable, y le dio un patatús.

Apenas recuperado del inesperado soponcio, este animoso escribidor, tomó de la mano a Greta, y se dispuso a pasear. Su primera salida y la hermosa mañana merecían la pena, y desdeñó el alto nivel de polen, que casi se masticaba. Se esforzó y batió un récord personal que llevaba meses intacto: 100 metros paseados en la Plaza de Carvajal. ¿El Maratón cubre 42 kilómetros y 195 metros? Servidor ayer se hizo los ¡195 metros!. Quedé agotado. Tanto, que al regreso a mi madriguera, me aticé una “siesta del carnero”, una “canóniga”, que decía el bueno de Victorino. Y almorcé, claro, como el chico del esquilador.