19 abril 2019
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Lo que se quemaba ayer

17 abr 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Contemplo una instantánea amarillenta junto a mi amigo Santiago “el perfumero” —hijo de “Emilia-Antonio”—, ambos con dieciséis añitos, “tirada” por Fofo, el salesiano que nos paseó por París y nos enseñó su catedral. Fue la primera vez que me asombró Notre Dame. En cambio no tengo fotografía alguna —llovía—, de la última visita, ya sesentón, con los contertulios de Pepe Bonilla, que fuimos a París a evocar a Unamuno, y hacer nuestra tertulia —como si fuera el Novelty—, donde las tuvo el ilustre exiliado, “La Rotonde” y el “Café de la Paix”.

Si, se ha quemado. ¿Y qué? A la catedral de Londres le ocurrió en el XVII y a la de León en el XX; las de Reims y Colonia fueron bombardeadas; el terremoto de Lisboa destruyó su catedral y el seísmo dañó la torre de la nuestra... Pero ahí están todas, reconstruidas —en algunos casos con sus campanas vueltas a fundir—, salvadas para la posteridad, como sucederá, y confío en que pronto, con la de París, símbolo de la cristiandad europea. Sí, cristiandad y europea. Otra cosa son los valores. No se quemaban ayer, los venimos chamuscando hace mucho, olvidando las incuestionables raíces cristianas de Europa, permitiendo que los de siempre nos las arrebaten y destruyan. Del mismo modo que hoy en España hay quienes carbonizan la concordia del 78, tirando al fuego la ejemplar transición.

Un pedazo del madero, la corona de espinas y un clavo de Cristo, afortunadamente se han salvado. La catástrofe cultural de Notre Dame será sin duda superada con la solidaridad internacional. Pero entre sus llamas me pareció —entristecido, pesimista—, que desaparecían también las raíces cristianas de Europa, el espíritu de aquellos colosos fundadores, Monet, Shuman, De Gasperi y Adenauer. Ellos nos dejaron también la bandera, con las doce estrellas que coronan a la Virgen María en un vitral de la catedral de Estrasburgo. Esas raíces indiscutibles, que junto a los legados insignes de Grecia y Roma, el nefasto Giscard d’Estaing no quiso reconocer, ni incluir siquiera en el Preámbulo, al redactar la Constitución Europea.

Un grandioso templo, por difícil que sea, resurge Fénix de sus cenizas. Un espíritu creador, una cultura, unos valores morales en ascuas durante generaciones, no.