18 octubre 2019
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Lazos amarillos

19 mar 2019 / 03:00 H.

Nunca me ha importado ver lazos amarillos en las solapas de unos o las casas de otros. Los lazos, como las ideas, como los colores y los pensamientos son de cada cual y con que nadie trate de imponérselos a los demás, me parece que aquel al que le apetezca y lo considere oportuno, se los puede poner donde le dé la gana. Eso sí, cuando el que se los coloca es un presidente y lo hace en su traje de faena, las cosas cambian, porque él no representa solo a los que tienen sus mismas ideas, sino también a los que tienen otras distintas. Si además permite que se exhiban en los edificios públicos e institucionales, que pertenecen por igual a la ciudadanía devota de los lazos y a la que no lo es, está claro que no se está actuando como corresponde.

Ofende a la inteligencia que el Sr. Torra se empeñe en contarnos a todos, con la desfachatez que le caracteriza, que quitarlos atenta contra la libertad de expresión. Todos sabemos que hay lugares en los que hay que estar en silencio o hablar bajo, o entrar con velo, o no quitarse los zapatos, o quitárselos... Y eso no va en contra de ningún tipo de libertades. Es simplemente respeto. El mismo que nos ayuda a convivir de manera razonable a los seres humanos.

Enfrentarse por llevar o no unos lazos amarillos es una estupidez. Que los lleve el que quiera y el que no, no. Que a quien le dé la gana cuelgue la bandera con la que se sienta mejor en su casa —siempre que sea una bandera legal— y que todos y cada uno salgan a defender aquello en lo que crean, pacíficamente, sabiendo que los de enfrente pueden hacer lo mismo, y que eso es parte del juego de la democracia. Un modo de gobierno mucho más libre que otros, pero que tiene ciertas reglas, precisamente para garantizar las libertades. Reglas que delimitan, por ejemplo, lo que es delito y lo que no. Y que determinan que, por mucho que se harte de decirlo quien lo hace, aquí no hay presos políticos ni exiliados, como tampoco debería haber un presidente de una comunidad autónoma, empecinadoen proteger solo a aquellos que le votaron o que están de acuerdo con su pensamiento. Esa actitud, que es la de Torra y que por cierto, le podría acarrear una multa de 3.000 euros y hasta la inhabilitación, no es en absoluto democrática. Al contrario, es dictatorial.

Es el discurso de cualquier sátrapa que no contempla, ni por asomo, que “la soberanía nacional reside en el pueblo, del cual emanan los poderes del Estado “como dice la Constitución. Y en nuestro país —Cataluña incluida, Sr. Torra—, las cosas funcionan de esa manera. Y ese pueblo, por mucho que a usted le moleste es todo el pueblo, no solo de esa parte del pueblo a la que, como a usted, le gustan los lazos amarillos.