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Lágrimas negras

Lunes, 18 de julio 2022, 05:00

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La Sierra de Francia llora estos días lágrimas negras. También lo hace Candelario. Y fuera de nuestra provincia, ruedan sobre las ‘mejillas’ de Las Hurdes, Monfragüe, la Garganta de los Infiernos, Cebreros, la Sierra de la Culebra, Navafría, Mijas... Aunque los que saben de esto avisaban de que podría ocurrir, el fuego nos ha pillado sin argumentos. En el inicio de una crisis aterradora que a toda costa queremos retrasar a otoño. Añadiendo un problema más a los muchos que tenemos y lanzando otro misil en la ya de por sí débil línea de flotación de la España rural.

Los que hemos recorrido parajes como el alto del Copero, la Hastiala, los pinares de El Maíllo, el puente Yunta o el mágico valle de Las Batuecas no nos podemos creer que toda esa rica flora y fauna esté totalmente arrasada. La Sierra de Francia se había librado de grandes incendios en los últimos años, pero no ha podido parar las llamas que entraron el martes desde Las Hurdes como un monstruo devorador. A pesar de la catástrofe natural, a día de hoy no tenemos que lamentar ninguna víctima mortal y el fuego no ha alcanzado el casco urbano de ningún municipio. Y todo gracias al trabajo que están realizando los hombres y mujeres que participan en el operativo de extinción. Todos ellos merecen nuestro aplauso y el mayor de los reconocimientos. Desde los bomberos de la Diputación, pasando por los brigadistas, los bomberos forestales, los militares de la UME, los pilotos de helicópteros y aviones hasta los propios vecinos que con sus tractores y aperos han colaborado a crear cortafuegos que han resultado fundamentales para que las llamas no siguieran avanzando.

Igual que en la pandemia nos afanamos en repetir una y otra vez que había que cuidar a nuestros sanitarios y no volver a caer en errores pasados, con los servicios de extinción de incendios pasa exactamente lo mismo. Cuando los fuegos se apaguen nos volveremos a olvidar de ellos, pero las administraciones tienen que reforzar de manera clara y decidida su papel. En primer lugar, creando operativos permanentes que durante todo el año realicen trabajos en el monte que antaño hacían los lugareños y, sobre todo, el ganado. Todos sabemos que eso no es la panacea cuando una lluvia de rayos genera varios focos simultáneos difíciles de atajar. Pero esa limpieza siempre influirá de forma positiva a la hora de acometer las labores de extinción. Es más, ese conocimiento del medio que tendrían esas cuadrillas gracias a los trabajos de invierno, sería clave para saber por dónde contener un determinado fuego. Porque uno de los principales problemas a los que nos hemos enfrentado es la reacción en las primeras horas. Instantes clave que marcan la diferencia entre una catástrofe o un pequeño incidente. Eso lo sabían muy bien antaño, cuando los habitantes de los pueblos salían todos a una al monte para parar el fuego con lo que tuvieran a mano. Ahora todo depende de que algún alto mando dé la orden para que despegue el helicóptero o el avión, perdiendo en todo el proceso un tiempo precioso.

Es momento de que todas las administraciones se sienten y pongan en marcha un ambicioso y bien dotado económicamente plan para la prevención de incendios en España. Y en él tendría que estar obligatoriamente una cuantiosa partida para recuperar en las zonas rurales el ganado caprino que tan bien hace al monte y que a día de hoy tiene una rentabilidad nula. Un bosque que no se pisa es un bosque convertido en gasolina para los incendios. Por eso me sorprende que pongamos mucho empeño en evitar que un senderista vaya por tal o cual sendero para que no moleste a las aves que están anidando sin pararse a pensar en que lo trágico es que un fuego acabe no solo con la morada de la cigüeña negra, sino con los madroños, los castaños, los robles y las encinas. Escuchemos a los que saben de esto. Los que conocen el monte y lo escuchan cuando ‘habla’. No conseguiremos que los fuegos desaparezcan, pero al menos se lo pondremos un poco más difícil.

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