14 agosto 2020
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La suelta

06 may 2020 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Me dicen que fue un descalzaperros. El ansia de calle abrió los portales y convirtió a los confinados en manada, sin las oportunas precauciones. Como perros atados en el porche, que les sueltan y se pegan varias carreras alocadas, “estírate galgo, que mañana vas de caza”. Y se produjo la invasión, un asalto masivo a la ciudad que había sido un inmenso convento de clausura.

El Gobierno no deja entrar a los esquiladores, de modo que las ovejas pasarán calor y la lana quedará por vender. Pero permite la motila humana, “¡y yo con estos pelos!”. Nuestros cabellos se habían hecho mata, las articulaciones habían criado musgo, y las cerraduras cardenillo. Durante el encierro también las plantas y los hierbajos invadieron el paisaje urbano. Sin que lo hollaran los gentiles, el atrio de la Catedral aparecía ayer en LA GACETA apoderado por la vegetación.

¿Y cuándo y qué bares volverán a abrir? “No voy a misa porque estoy cojo -dice el refrán-, pero voy a las tabernas poquito a poco”. Yo ando con desasosiego, porque me han cerrado los abrevaderos usuales, esos perdederos tan singulares, donde uno se ajabarda con amigos y disfruta. Por ejemplo, ante unas croquetas del Novelty, con vermú de Reus; inyectándose sangre encebollada en el Vallejo; en La Paca, una indescriptible lamprea en su sangre; tapita de hígado encebollado en Pirri; un relleno de cocido en el Costa Verde; cresta de gallo en el Felipe II; unas alitas de pollo en el Marsella; cazuelita de chanfaina en Casa Serra... aunque vuelvo siempre al panaché de verduras de la mi Pauli, que reina en los fogones del Río de la Plata. Y acabo recalando en la centenaria cafetería del Casino, provista de tapas tan apetitosas y tan buen café, que ni el presidente suele tener mesa.

No me regañen, porfa. Cada uno es responsable de sus arrobas, pero que nuestros hosteleros reconozcan que con su excelente oferta, colaboran a reponerlas. Luego pasa lo que pasa, la báscula gime, el médico advierte, los analís denuncian, los aparatos pitan... Ahora bien, como decía un compañero zamorano -de carrera y mili-, cuando llegaba los lunes borracho, e irrumpía tambaleándose en la tienda de campaña : “Que no lo vendan”. Venga, ¡marchando caña y pimiento!