05 diciembre 2019
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La razón y la pasión

19 oct 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

A mi admirado Silvestre Sánchez Sierra

Anochecía en esta ciudad, y en algunos de sus mitos, porque la profesora Carabias, ante un Casino abarrotado, bajo la mirada del busto de Unamuno —“Antes la verdad que la paz”—, demostraba con su habitual rigor histórico, que “La Latina”, Beatriz Galindo, nunca fue profesora de la reina Isabel la Católica, ni la primera catedrática de universidad del mundo. Entretanto, la Cataluña nacionalista conmemoraba el golpe de Estado de 2017 —que acaba de sentenciarse—, aquel que motivó el bravo discurso de Vargas Llosa, en la marcha sobre la unidad de España: “Todos los pueblos modernos o atrasados viven en su historia momentos en que la razón es barrida por la pasión... que puede ser destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia, es la pasión nacionalista”.

En la pantalla de los televisores Barcelona estaba ardiendo, tomada y martirizada por el feroz nacionalismo, en lo que los juristas llamamos un delito continuado. Sus apasionados heraldos siguen alimentando leyendas, desde las cuatro barras de Wifredo el Velloso de la señera, sin fundamento histórico alguno, hasta escarbar alevosamente en algunas biografías —Teresa de Cepeda, Cristóbal Colón...—, para argumentar que ¡son de origen catalán! Pienso que no saben ni que existo, pero si uno fuera notable, ay, recordarían que el primer Estella que llegó a la Sierra de Francia vino de Santa María Magdalena de Esplugas y se apellidaba Puyol.

Aquel ilustre ciego argentino que escribió tantas verdades, Borges, decía que “el nacionalismo es el canalla principal de todos los males: divide a la gente, destruye el lado bueno de la naturaleza humana y conduce a la desigualdad en la riqueza”. Los mejores catalanes carecen de esa patología. En los cincuenta llegó a Salamanca un joven catedrático, que además de confeccionar nada menos que la carta arqueológica de nuestra provincia, dejarse la piel en el Cerro del Berrueco o el Castro de las Merchanas, fundó la todavía revista de enorme prestigio de Arqueología, “Zephyrus”, que sigue editando la USAL. Don Juan Maluquer de Motes, catalán hasta la médula, dijo en Salamanca: “La falta de visión universal esteriliza los mejores esfuerzos locales; y para fomentarla hemos iniciado esta publicación”. Congruentemente la bautizó como el céfiro, ese viento que simboliza la apertura al Occidente, frente a las visiones estrechas de sus compatriotas nacionalistas.

Nuestro paisano Silvestre Sánchez Sierra dejó el cuido del rebaño paterno y salió de la Aldea de Rodrigo, Rivera de Cañedo, adelante, para ganarse la vida. Optó por una Barcelona culta, abierta, cosmopolita —“La ciudad que fue”, de Jiménez Losantos—, para vivir y emprender. Acabó constituyendo un Consulado de Salamanca en la Ciutat Vella, en la marinera Barceloneta, que acaricia el viento del oeste, el céfiro occidental que la hace abierta y universal. Pero ahora, como decimos aquí, “por parte viejo”, desde su famoso restaurante “Salamanca”, soporta cada noche cómo arde Barcelona por los cuatro costados; añora sin duda los tiempos de la gran ciudad europea, que empezó a querer primero de uniforme y luego entre cacerolas; y seguramente suspira por volver a sus raíces, un entrañable lugar charro de la España vaciada pero mansa, sosegada, para avellanarse entre el cariño de los suyos.

Han convertido nuestra Barcelona en el cuartel del separatismo y en el escenario de los horrores de su fanatismo. Ya no se podrá volver a ver torear a José Tomás —¿recuerdas, Silvestre?—, ni se podrá asistir al partido Barça-Real Madrid, que se vería como siempre en los cinco continentes. No te lo mereces, Silvestre, coño, ni tú ni tantos otros no catalanes que hicieron de Barcelona la llamada “fábrica de España”, que estos días fabricará tres mil vehículos menos y contemplará la huida de más empresas. Con lo que has trabajado para que te metan entre los españoles “opresores”, mientras Jordi Puyol, nuestro mayor “oprimido”, afanaba pacientemente 290 millones de euros. Pero ¡ánimo, amigo!, no arríes la bandera, que quisiéramos ayudarte a mantener erguida en el corazón de esa ciudad hoy mártir, muchos compatriotas, algunos octogenarios que se están borrando del viaje a los balnearios y los hoteles de la Costa Brava que les fascinaban.

Arde Barcelona y Torra sigue delinquiendo impunemente. Con el emocionado abrazo que te mandé anoche, querido Silvestre, va mi reconocimiento para ti, pero también para tantos “Silvestres”, tantos buenos españoles a los que el nacionalismo canalla pretende hoy amordazar, arrinconar y no sé si quemar en sus hogueras. Ojalá que en esas piras que cada noche iluminan el cielo de Barcelona, se abrase para siempre el irracional separatismo.