11 agosto 2022
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La pérdida de un hijo

28 abr 2022 / 03:00 H.

    Los hechos no desaparecen cuando dejan de ser nombrados. La realidad no se disipa cuando se queda sin vocablo. Sin embargo, sabemos que ese vacío lingüístico resulta tentador. A veces su motivación es torticera (como cuando el discurso político elude el nombre auténtico de las cosas, tratando así de engañarnos) y en ocasiones su propósito es sobradamente humano y comprensible (como en el caso que a continuación comento).

    La pérdida del cónyuge hace enviudar; y cuando un menor de edad pierde a su madre o a su padre, le alcanza la orfandad. Es decir, contamos con significantes para expresar esas realidades. Por el contrario, en la mayoría de los idiomas no existe un término con que referirse a esa madre o ese padre que han perdido a su hija, que han perdido a su hijo. Un reciente libro, “Vivir con nuestros muertos”, repara en ese absentismo léxico. Su autora, Delphine Horvilleur, explica: “Es como si, al evitar nombrarla, la lengua creyera poder descartar la experiencia, como si por superstición nos asegurásemos de no hablar de ello para no arriesgarnos a provocarlo”.

    Esa palabra sí existe en hebreo, nos añade Horvilleur, y se ha originado a partir de una imagen vegetal: “(...) la de una rama amputada de su fruto, o la de un racimo al que le han arrancado las uvas”. Por ese progenitor sigue circulando “la savia”, pero esa savia “ya no tiene adónde ir, y el brote se seca porque un pedazo de su vida lo ha abandonado”. Metáfora desbordante de tormento. Metáfora cargada de belleza. Y a pesar de esa triste hermosura, la metáfora no es justa con quienes sufren lo descrito. Muchos progenitores sí han sabido encontrar fuerza revitalizante y ejemplificadora. Fuerza como para transformar su dolor en otra sabia savia, que ayuda a su alrededor y presta su impagable servicio.

    Consulto a Santiago García-Jalón, amigo y catedrático de Filología Hebrea en la UPSA, y me cuenta que como transcripción de ese concepto él optaría por “sjol” (para citar al padre que se ha quedado sin su fruto) y por “sijlá” (para aludir a la madre que ha sufrido similar trance). Con sigilo y respetuosa discreción, vaya desde aquí mi humilde reconocimiento a esos padres y madres. Y por las fechas en las que estamos, en vísperas del Día de la madre, acabo mencionando de nuevo a ellas.

    No hay situaciones equiparables a ese inefable supuesto que el hebreo sí se atreve a designar. Hoy, y siempre, es de justicia recordar a las madres que lidiaron y lidian con ese imperecedero desgarro. Madres que seguirán siéndolo de por vida, aunque el infortunio, la enfermedad, la guerra, u otros mil ropajes con que se disfraza la desdicha... arrebatasen ese todo que conformaba su criatura.

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