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El listón estaba muy alto, pero el Gobierno ha conseguido, una vez más, superarse en cuanto a lo elevado de su nivel de ineptitud. En ese ámbito, Pedro Sánchez es a la sandez política lo que Armand Duplantis al salto de pértiga. Cada pocos días, un nuevo récord mundial.

Había un problema en España, que afectaba de manera especial a la Universidad de Salamanca, con la prueba de evaluación de Bachillerato (EBAU) por ser diferente en cada autonomía. Pues bien, el Ejecutivo de la nación no solo no ha corregido el desaguisado, sino que va a provocar otro mayor cuando intenta arreglarlo. Si la consejera de Educación, Rocío Lucas, o el rector Ricardo Rivero, esperaban recibir alguna alegría de la ministra homónima, sus esperanzas se habrán visto frustradas de raíz al conocer ayer la propuesta gubernamental.

Por lo que ya se conoce del texto, vamos a seguir teniendo diecisiete EBAUs diferentes pero en los próximos años cada una de ellas será más estrambótica y disparatada que las actuales. A la ministra Alegría, que no da ni una, no se le ha ocurrido mejor cosa que concentrar el peso del examen en una “prueba de madurez” del alumno, dejando a un lado los conocimientos y la memorización, para que los chavales no sufran.

Si el chico o la chica demuestra que está maduro, directo a la Universidad. Y si los examinadores ven que está muy verde, pues a repetir. No se sabe por ahora cómo determinarán los profesores el grado de madurez del alumnado, pero todo a punta que los criterios no serán ni homogéneos ni objetivos, sino más bien al contrario.

Lo que sí establece ya el borrador del Ministerio son los contenidos de esa insólita prueba, con una variopinta miscelánea de textos, fotos, vídeos, gráficos y tablas, para que los bachilleres demuestren su capacidad de “analizar, valorar e interrelacionar” asuntos. Y sobre ese batiburrillo se plantearán todo tipo de preguntas y análisis que ya se verá cómo se evalúan. Puede resultar un lío tremendo.

Alegría propone ir introduciendo los cambios de forma paulatina hasta que en 2026 se aplique la reforma en toda su extensión, y entonces los test de madurez valdrán el 75% de la nota de Selectividad y el 25% lo determinarán dos exámenes de dos asignaturas que elegirá el alumno. Con este sistema, un futuro universitario que no sepa sumar ni restar y desconozca cualquier fecha y cualquier nombre de cualquier personaje histórico, puede conseguir un 14, la nota máxima.

La nueva EBAU diseñada por el Ministerio se convertirá así en la culminación del proceso de destrucción de la enseñanza en España, el remate a las últimas leyes socialistas con las que se ha derribado el principio de autoridad de los profesores, se ha borrado del mapa cualquier exigencia de esfuerzo, aprendizaje o memorización, y se ha igualado a todos los estudiantes por abajo, siguiendo siempre la moda vigente de democratizar la estulticia.

Lo dijo ayer muy claro la consejera Lucas: “Esta propuesta solo contribuye a perpetuar el injusto y discriminatorio sistema actual”. La inmadura Alegría permitirá que los andaluces, extremeños y canarios sigan copando las plazas de la Universidad de Salamanca con las notas de corte más altas, porque en sus autonomías de origen tiran hacia arriba cuando ponen las notas, tanto en el Bachillerato como en la prueba de la EBAU. Lo más justo es que el examen fuera igual en todas las regiones, como lo es en prácticamente toda la Unión Europea. Pero claro, ningún otro gobierno de la UE se ve sometido a un chantaje de los nacionalistas, que no quieren saber nada de una prueba común, como el que sufre Pedro Sánchez.

La única alegría que nos dio ayer la ministra reside en los plazos: es de esperar que antes de que se pueda aplicar este disparate de reforma, los españoles habremos pasado página y tendremos un tipo maduro, sensato y cabal en La Moncloa que le dé marcha atrás.

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