08 agosto 2020
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Innovar, ¿para qué?

15 dic 2019 / 03:00 H.

El analista José Antonio Millán nos recordaba hace unos días que la palabra innovación (o innovation en inglés) ha multiplicado por cinco en los últimos cincuenta años su presencia en los libros. Esta palabra, como es bien sabido, es de origen latino y significa, según el diccionario de la RAE, “mudar o alterar las cosas mediante novedades”, y casi siempre es tomada en sentido positivo. Desde el invento de la imprenta hasta el de internet. Pero eso no significa que no sea conveniente hacerse una sencilla pregunta: ¿la innovación es buena o es mala? Porque la palabrita se aplica -siempre en sentido positivo- a los más diversos campos de la actividad humana: agricultura, fiscalidad, arte, edición, medicina, espiritualidad, diseño, deporte, software, democracia, banca, ingeniería, organización empresarial... Quizá por eso en muchas universidades españolas existen cátedras de innovación, desde innovación en cerámica hasta innovación contra la diabetes, y quizá por eso hay un Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Teniendo en cuenta la carga ideológica del concepto, no es extraño que Gobiernos de todos los colores políticos se declaren a favor de la innovación. Ahora bien, el número de empresas fallidas dedicadas a la innovación ha sido altísimo. Según el profesor norteamericano Clayton M. Christensen, de los más de 30.000 nuevos productos de consumo que se lanzan anualmente en Estados Unidos, el 80% fracasa.

Como ha escrito el citado Millán, quienes hayan tenido que rellenar complejos formularios en la web habrán experimentado la frustración de no tener a nadie al otro lado y de verse forzados a ajustar sus necesidades a la horma de los sistemas previstos. Quizás así se han ahorrado muchos sueldos de trabajadores, pero la atención ha disminuido drásticamente. De hecho, cada puesto de trabajo de trabajo que desaparece no sólo crea paro, también aumenta la desatención.

Los teléfonos (nunca disponibles) de “atención al cliente” son buena prueba de lo que se acaba de escribir y lo mismo está ocurriendo en campo de la sanidad, donde se está experimentando la mayor sustitución de contacto humano por monitorizaciones automáticas o a distancia, y no siempre con resultados positivos. Para los usuarios de la Sanidad, es decir, para los enfermos, el trato personal con los médicos (y cuanto más veteranos mejor) resulta imprescindible.

Definitivamente, antes de apostar por cualquier innovación sería necesario contestar a una cuestión: ¿para bien de quién se quiere innovar?