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Se licenció en Valladolid, la tierra en que nació; la misma en cuya Universidad conoció el magisterio de Marino Barbero, único catedrático que no juró los principios del Movimiento y siempre abominó de la pena de muerte. Con él se doctoró en la Complutense. Dos años más tarde, en 1978, ese joven profesor que poco tiempo antes alineó con la Selección Nacional de rugby –deporte de villanos jugado por caballeros–, llegó a Salamanca con su adjuntía recién obtenida, accediendo finalmente, en 1986, a la cátedra de Derecho Penal.

Con Pepa ha formado su familia en nuestra Roma chica, una de las pocas ciudades universitarias que quedan en España, si no la única, como repite con frecuencia. Aquí nacieron y crecieron sus dos chavales. Sin renunciar a sus orígenes, el hijo del general de Infantería ha ejercido desde entonces de lígrimo charro y como tal ha actuado, aunque alguna vez reconociera que disfruta más de una victoria deportiva que de una buena faena en La Glorieta.

Corrían vientos de reforma universitaria y anticipó en las aulas los modos que luego se generalizaron. Pertenece Ignacio a esa generación de juristas formados a sí mismos en el constitucionalismo, cuando en España los grises aún corrían a los manifestantes por las calles. Nunca ha aceptado que la mera publicación oficial sacralice norma alguna, pues siempre ha creído que el Derecho debe ser, ante todo, el resultado de un compromiso con los anhelos sociales. Su preocupación por el porqué de las decisiones impregna su investigación, que aborda siempre sobre la base de que la lucha por la solución de los conflictos constituye el motor del cambio.

Rector de 1994 a 2003, reintegró la Universidad de Salamanca –madre de las universidades decanas de América– a su irrenunciable posición. Desde que en 1986 colaborara con la Vicaría de la Solidaridad en la defensa de dos opositores a Pinochet, su vocación iberoamericana ha sido infatigable, perdurando los resultados hasta hoy. Activó el Instituto de Iberoamérica y el Centro de Estudios Brasileños. También creó el Centro Hispano Japonés. En la ciudad nipona de Gifu se inauguró en 1998 el Salamanca Hall, cuyo acceso principal reproduce la fachada plateresca del Viejo Estudio, hecha por canteros de Villamayor. En Salamanca puso en marcha el Centro de Investigación del Cáncer, completó el Campus Miguel de Unamuno y rehabilitó la Hospedería del Colegio Fonseca.

Aunque Ignacio Berdugo se jubile, a pleno rendimiento, no deja el ayuntamiento de maestros y escolares del que habló el Rey Sabio en sus Partidas; de ese contenedor de vida que es la Universidad. Comienza su etapa de honorable emérito. Con su ayuda, sus submarinos compartiremos cuanto nos ha enseñado.

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