16 agosto 2019
  • Hola

Gracias, Señor

05 jun 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Había algunos monárquicos y republicanos nostálgicos. Pero en general, en los setenta no sabíamos lo que éramos políticamente. Habíamos nacido en pleno franquismo – que no era precisamente el futuro -, hijos de vencedores o vencidos, sin educación política alguna, salvo aquella “Formación del Espíritu Nacional”, tan ridiculizada. No desconocíamos los antecedentes, siglos de monarquía no siempre ejemplar, y dos penosas experiencias republicanas, concluías con sendos golpes de Estado. La realidad nos había hecho accidentalistas. Considerábamos irrelevante la forma de Estado, siempre que fuera democrática. Aunque era obvio que los países europeos con Monarca eran – y son -, políticamente más libres, socialmente más justos y económicamente más desarrollados.

Lo que sospechábamos es que cuando el dictador quedara incapacitado o falleciera, llegara o no a la Jefatura su designado Juan Carlos de Borbón, nada iba a ser igual. De ahí que la pregunta, con inquietud y cierta angustia, era “¿y después de Franco?”. La respuesta chusca era: “la Señora de Carrero Blanco” (la mujer del Almirante – antes de que ETA lo volara -, decían que mandaba más que su marido y Vicepresidente).

Y se ocupó del Estado Español aquel hombre jovial pero tocado por su crianza en el exilio, aquel disparo fortuito sobre su único hermano varón, la designación por el dictador, y los desencuentros con su augusto padre, al que en rigor correspondía la sucesión en la Corona. Hubo de jurar los llamados Principios del Movimiento, pero apostando por la democracia, no cometió perjurio, porque Torcuato Fernández Miranda había diseñado una transición pacífica “de la ley a la ley”, que consumaron Suárez y el mismo don Juan Carlos. Luego, lo que ustedes han vivido. El balance de su reinado para España es abrumadoramente positivo, con todos los peros que ustedes quieran sobre su flojera de entrepierna, su rifle, o su campechanía. De ahí que muchos de aquellos accidentalistas, si no monárquicos, nos volvimos “juancarlistas” (especialmente los que un 23F nos liberó del secuestro de un tricornio). Su Monarquía ha sido lo más parecido – valga el oximorón -, a una República Coronada.

Por todo ello, en la hora de su discreta retirada, desde mi modesta columna y desde este modesto rincón de la patria, como un español mas, quiero proferir un obligado, sincero y emocionado, “Gracias, Señor”.