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DE LARGO ALCANCE

El Muro

En mi país el presidente del Gobierno se ha jactado en sede parlamentaria de estar levantando «un muro frente a la agenda reaccionaria« de las «derechas retrógradas»

Lunes, 20 de noviembre 2023, 05:30

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Falko acababa de cumplir 18 cuando arriesgó su vida para huir del Muro. Con dos amigos, fingió salir de vacaciones a la entonces Checoslovaquia y burló la vigilancia fronteriza en una zona boscosa, cerca de Frauenau, para entrar en la Alemania occidental. Le he propuesto varias veces calzarnos unas chirucas y reconstruir aquel viaje, pero ni recuerda con exactitud la ruta desde Präsily, que hicieron en una noche sin luna a través de la maleza, ni quiere recordarla. El terror deja huellas en la memoria en las que no quiere escarbar.

Culminó así un plan gestado durante años. Sólo pudo llevarlo a cabo cuando su padre se jubiló y obtuvo un pasaporte temporal para ir a visitar a su hermano Mathias.

Mathias estudiaba Medicina en 1961 en la Freie Universität de Berlín, cuando Stalin ordenó levantar el Muro. Su madre le aconsejó quedarse al otro lado, en casa de un amigo, por miedo a que perdiese el semestre. No volvieron a verse hasta 26 años después.

Era el último deseo de la abuela, antes de morir, reencontrarse con Mathias, pero su salud no le permitía viajar sola y nadie conseguía pasaporte para acompañarla.

Si tenías parientes en el otro lado, la posibilidad de que escaparas era tan evidente que las autoridades comunistas no corrían el riesgo. Mientras su abuela y su padre, con apenas una maleta, cruzaban el Checkpoint Charlie con la intención de no volver jamás, Falko y su mochila hacían lo propio por una ruta que dos veranos después seguirían varios miles más hacia la embajada en Praga.

La abuela había ya fallecido cuando el resto de la familia, prematuramente reunificada, vio por televisión desde Karlsruhe las imágenes de la caída del Muro de Berlín. Falko dice que no rieron, ni aplaudieron, ni brindaron. Guardaron silencio. El tiempo cura las heridas, pero una herida de tres décadas no cicatriza en una sola noche.

Con los años, volvió a Berlín y se instaló de ocupa en una de las miles de viviendas que quedaron vacías tras la caída del Muro, cuando la población oriental dejó todo atrás para escapar en masa de aquella pesadilla.

Sigue viviendo en el mismo piso, abierto todos los domingos a los amigos y desconocidos que quieran pasarse sin aviso previo. Prepara un café de cazuela que mis intestinos son incapaces de procesar sin daños irreparables y un gulasch muy pasado de pasta de tomate, pero la conversación siempre compensa el déficit culinario.

Su pasión por la literatura y el teatro ha florecido desde que vive en un país en el que no le imponen ni censuran las lecturas y en el que pude hablar libremente de lo que piensa. Los meses de invierno, eso sí, los pasa en Argentina, en un albergue de mala muerte pero al sol, así que ayer me dejé caer para devolverle, antes de su inminente partida, una biografía de Jurek Becker que, subrayada y glosada de su puño y letra, constituye un impagable tesoro del que me costaba separarme.

El caso es que, mientras mareaba en el plato el gulasch que no llegué a comerme, le conté que en mi país el presidente del Gobierno se ha jactado en sede parlamentaria de estar levantando «un muro frente a la agenda reaccionaria» de las «derechas retrógradas».

Exactamente en los mismos términos en los que Erich Honecker justificó la construcción del Muro de Berlín como «muro de contención antifascista». El único objetivo obvio era, como hoy, contener la huida de la población, desposeída y espiada por vecinos y familiares, para mantener en el poder una dictadura por la que el pueblo sentía una palpable desafección.

Pero la mentira se hizo fuerte hasta que aquella gente, al grito de «Nosotros somos el pueblo», en multitudinarias manifestaciones pacíficas y semanales, derribó el Muro en 1989. Y le di tanta pena que me regaló para siempre la biografía de Jurek Becker.

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