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Dedicada a mi hermano Juli

Estoy seguro de que nos ha sucedido, o nos sucederá a todos, alguna o varias veces a lo largo de nuestras vidas. Se nos marchan para siempre personas tan fundamentales y esenciales que nos dejan completamente arrasados y con un vacío que sabemos que resultará imposible llenar por más que intentemos disimular creyéndonos fuertes mientras nos entretenemos con las cosas de las que nos veníamos ocupando cotidianamente antes de su partida, y tratamos de autoconvencernos de que vamos a poder superarlo, de que lo iremos asumiendo y de que tiraremos más o menos para adelante como si nada hubiera sucedido.

Cuando a ello se suma que a veces se marchan de improviso, súbitamente, sin dejarnos ni siquiera despedirnos y mucho antes de ese tiempo que preveíamos disfrutar de la compañía de estas personas especiales y únicas con las que compartimos todas nuestras alegrías y tristezas, es realmente cuando uno es más consciente de esta brutal y absoluta fragilidad que forma el barro del que estamos hechos.

Lo sufro estos días de forma personal con el fallecimiento de un hermano, como seguramente les habrá pasado a algunos de ustedes en algún momento de sus vidas. Todos estamos expuestos. Perdemos a seres llenos de vitalidad, de buen humor, de inteligencia, de generosidad. Se nos marchan de pronto dejándonos a oscuras, completamente perdidos y aturdidos, zarandeados con una herida incurable y con la amarga sensación de no haberles entregado toda la montaña de amor que realmente se merecían y le correspondía.

Y entre otras cosas, seguro que se merecían algo tan sencillo como decirle lo mucho que le queríamos, la suerte que hemos tenido de ser su familia, del simple hecho de tenerlos a nuestro lado, de compartir el decorado donde han sucedido los capítulos más importantes de nuestra vida, aunque su partida ahora nos deje la sensación de que todavía nos quedaba lo mejor por vivir.

Qué tontos hemos sido con frecuencia, especialmente los pertenecientes a mi generación, educados penosamente en la cicatería y la parquedad sentimental. Nos costaba decir algo tan simple y natural como te quiero, fuera de nuestras relaciones de pareja. Nos daba pudor, apuro, vergüenza, o lo que es peor: creíamos caer en el pozo de la sensiblería. Afortunadamente parece que lo hemos ido superando con nuestros hijos más recientemente. Permítanme un consejo, no se ahorren decirle a los suyos ni un solo te quiero cuando así lo sientan. No lo dejen para más tarde.

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