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Opinión

La decisión definitiva

Y se retira a reflexionar después de asegurar lo enamorado que está de su mujer como si eso te inhibiese de cualquier delito, de un conflicto de intereses

Viernes, 26 de abril 2024, 05:30

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Quedan tres días. Tenemos un presidente sin agenda oficial. Y en periodo de reflexión. Tengo un reloj con la cuenta atrás. El lunes, a una hora por determinar, comenzará la homilía sobre el bien y el mal, sobre la persecución que está sufriendo, en exclusiva, el presidente del Gobierno y su mujer. Esa será la hora definitiva. La última edición, mejorada, de su manual de resistencia.

Me lo imagino estos días paseando por los jardines de la Moncloa, con las manos en los bolsillos, como sin dar importancia a nada, como se plantó ante el rey esta misma semana. Como sabiéndose superior al resto de mortales, a los que le votan y a los que no. Con esa sonrisa prepotente ante su enésima estrategia con la que ha conseguido hacer saltar el tablero por los aires.

Como todo en Pedro Sánchez tiene una novelería extrema, un guion de película (de terror) que juega con las emociones del espectador. Porque los demás, cuando se han ido, lo han dicho sin más. Lo dicen y se van, todo a la vez. Lo hizo el rey Juan Carlos hace ahora diez años, lo hizo el papa Ratzinger hace once, y hasta Rajoy se fue antes de que lo echaran.

Es una crisis política insólita, justificada porque, al parecer, no se puede investigar a la mujer del presidente de Gobierno. Nadie puede dudar de ella por el mero hecho de ser la mujer del presidente. Ni siquiera la justicia. Sánchez y los socialistas se adelantan a la justicia para decir que ni hay conflicto de intereses ni un posible delito de corrupción. Que nada tienen que ver sus reuniones con importantes empresas españolas y algunas decisiones tomadas en los Consejos de Ministros. Pero de ella no se puede hablar. Del novio, el hermano o el padre de Isabel Díaz Ayuso, sí.

Demasiadas dudas en una carta sobre un caso que ni siquiera se ha admitido a trámite. Y si no hay nada de lo que dudar pues la denuncia acabará en la basura y la mujer del presidente reforzada. Pero ahora llega el presidente para poner también contra las cuerdas a la Justicia. Para dar un toque al juzgado que ha decidido dar el primer paso a una investigación, amenazando con dejar el trono de la Moncloa por la supuesta presión judicial. Porque a su mujer no se le investiga. ¿A quién se le ocurre? Y así ha salido el todopoderoso Pedro Sánchez, enfadado, apesadumbrado, incluso, y deja en suspenso su agenda, que es su deber primero, el servicio al país. Y se retira a reflexionar después de asegurar lo enamorado que está de su mujer como si eso te inhibiese de cualquier delito, de cualquier conflicto de intereses. Cuando ya hemos visto con anterioridad que esas parejas que no sabían nada de los negocios conyugales no les eximen de pasar por el banquillo de los acusados. Pero la culpa es de Feijóo y de Abascal. La ultraderecha obligó a Begoña a sentarse con una empresa con ciertos intereses.

No ha faltado nadie en la maquinaria de apoyo al presidente. Desde Mertxe Aizpurúa, portavoz de Bildu en el Congreso, pasando por la purgada Irene Montero, el siempre díscolo García-Page y el reconocido diputado del grupo mixto, José Luis Ábalos. Solo falta Koldo.

Todos señalan a la derecha y la ultraderecha, una cortina de humo, cuando en realidad lo que se busca es dar un toque a la justicia española, y en concreto a ciertos jueces madrileños. Mucho señalamiento pero pocas explicaciones. Pedro Sánchez ha tenido muchos días para aclarar ciertas afirmaciones que se iban conociendo desde hace semanas de Begoña Gómez pero nunca ha querido hablar de ese tema, esquivándolo siempre. Y de pronto, la bomba, una reacción a través de una carta de cuatro folios para señalar en reiteradas ocasiones a Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal, la derecha y la ultraderecha, mediática y política. Si no fuera porque la credibilidad de Sánchez está totalmente dinamitada por su propia hemeroteca podría llegar a ser hasta creíble.

Aunque no está de más recordar que esta misma semana la Audiencia Nacional ha reactivado el caso Pegasus, el que investiga los espionajes a los teléfonos móviles del presidente y otros miembros del Gobierno. Una situación de la que se desconoce qué material se ha podido sacar de los dispositivos y quién guarda esa documentación.

¿Merece la pena? No, nada de lo que lleva haciendo desde que llegó al poder merecía la pena.

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