23 agosto 2019
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Espantapájaros

25 may 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

“Nueve millones de gorriones menos en los últimos 20 años”(SEO)

Los pardales deberían tener derecho a voto. Censados están por la Sociedad Española de Ornitología. Elegirían a quienes propusieran seriamente combatir la despoblación, y reducir las emisiones de dióxido de carbono, que son las dos causas principales de su gradual extinción. El homo sapiens, pero no tanto, ha hecho de verdadero espantapájaros, contaminando los cielos con CO2, y negándoles el pan, cuando es semilla y cuando es espiga. En Londres, Amberes, Gante, Hamburgo, Praga, Moscú y Bruselas, ya no pueden votar, sencillamente porque ¡no queda ni uno!

¿No es triste una ciudad sin los humildes y amistosos pardales? Entre la progresiva desaparición de las abejas —que nos suministran muchos alimentos—, la de los gorriones —que conviven desde hace miles de años con nosotros—, y otras mil especies en peligro —según los expertos—, estamos jodos. Ayer mismo listaba El País ocho especies de aves que no se ven en España desde 1950, es decir, que ya solo podemos ver disecadas. Y acaba de celebrarse en Zamora el Campeonato de Caza “San Huberto”, de Castilla y León, tirando los escopeteros a perdices rojas... ¡pero de granja!, sembradas en los cuarteles de caza. No puedo imaginar lo que hubiera escrito a la sazón aquel director de LA GACETA, Nicolás Dorado, “El Guarda Mayor”.

La alarma ya la dio aquí, por San Absalón hizo precisamente veinte años, el decano de la tertulia editora de “Papeles del Novelty”, Pepe Bonilla. En su primer número, de los veinte que llegó a tener la revista —salido de Gráficas Lope en 1999—, escribió “Anidar en Salamanca”, donde ya se mostraba temeroso “por la vida del averío salmantino”. Elogiaba la costumbre de tirar arroz a la salida de los novios de la Catedral y San Esteban “y si no que se lo pregunten a los pardales”. Y aventuraba que, siendo tan ingeniosos, los gorriones acabarían hablando, contestándonos. Su simpatía por estas avecillas le lleva a decir no “a vista de pájaro”, sino “a vista de gorrión triguero”, expresión que le copio frecuentemente. A este propósito recuerdo que los contertulios del Novelty, en un viaje a la capital de Francia, entonamos a coro alborozados, las mejores canciones de la llamada “gorrión de París”, Edith Piaf. En francés, chuleta fotocopiada en mano, en el arrabal que la homenajeaba cantando cada domingo.

Por aquel tiempo conocí a Crispín. Era un pardal atrevido, golfo, que merodeaba por la antigua “Bomba”, de mi quinto José “Valencia”, sabiendo que dentro —Víctor en la barra—, estaban Eliecer, Moga, Juanito el bombero... y Félix, que fue quien le bautizó. No sé si caprichosamente, porque Crispín no tenía las plumas crespas, o recordando al pícaro personaje de “Los intereses creados” de Benavente. Los bautismos son antojadizos. Vaya usted a saber por qué Camilo J. Cela le puso precisamente “Gorrión” a la mula con la que anduvo por La Alcarria. Acaso porque, como explica en el delicioso prólogo de “Judíos, moros y cristianos”, el vagabundo —él—, “para dar gusto a sus cueros, se sentirá un poco gorrión del cielo, gazapo del monte y can de los caminos”. Lo cierto es que Félix salía diariamente a desmigar un rescaño, para que almorzara el gorrión y su numerosa prole. El Nobel gallego escribió que “hay pocas cosas tan terribles como el hambre de los gorriones”. Supongo que los tataranietos de Crispín seguirán picoteando en una calleja tan pródiga en migajones.

Hace apenas dos meses, se hacía eco del problema de estos pájaros, que llamaba confiados, entrañables y cercanos, mi admirado José Luis Puerto. Había escuchado en los medios la noticia de la disminución de los pardales en toda Europa, incluida España. Recordaba una canción de Serrat, que los emplea “como símil del encanto femenino: Es menuda como un soplo/y tiene el pelo marrón/y se mueve por instinto/como un gorrión”. Terminaba sosteniendo hermosa y poéticamente que desde niño sintió “las aves como manifestaciones del alma divina. En la medida que desaparecen, vamos empequeñeciendo tal alma...”.

En Castilla y León la lista de gañanías, lugarejos y pueblos enteros abandonados, es aterradora. Dejan huérfanos y hambrientos a sus convecinos los pardales. Estos pasan a ser una especie de minoría étnica, una tribu amazónica, una reserva india... solo amparados por el infringido Protocolo de Kioto, hasta que un día desaparezcan. Por eso, si pudieran votar mañana, lo harían por quien les garantice que no vamos a degradar más el ecosistema, un poco de compañía y unas migajas de pan. Y no sé cuántos de los espantapájaros que figuran en las papeletas impresas están dispuestos a eso.