16 julio 2019
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Ellas

13 jul 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

No había llegado ninguna al grado de General y ayer fue nombrada Patricia Ortega. Pasa a la historia por ser nieta, hija y hermana de militares y ser la primera española en alcanzar el generalato. Uno conoció en su juventud a la esposa de un ilustre militar que estuvo destinado en Salamanca —no diré el arma—, a la que llamaban “la generala”, no solo por el altísimo empleo de su marido, sino por lo que mandaba. Y hay una zarzuela con música de Amadeo Vives con ese título, que recuerdo porque escuché a Alfredo Kraus interpretar algún hermoso pasaje. Pero hoy de lo que se trata es de que a la cúpula de nuestras prestigiosas Fuerzas Armadas comienzan a llegar mujeres, que empezaron a ingresar en los ochenta. Uno lo celebra, porque siempre ha apostado por ellas.

- ¿Cómo dice usted don Estella?, me pregunta un tribunal popular de feministas que me enjuician y condenan al machismo, con la desvergüenza con que suelen calificar y condenar al que no abraza las actitudes radicales de las llamadas femi-nazi, y que hasta tienen el atrevimiento de criticar mis opiniones —saltándome limpiamente lo que se considera políticamente correcto—. Con lo fácil que sería callar. Pues no.

Pues sí, lo celebro, como me gusta que Sofía Loren vuelva al cine con 83 años. Porque si miro hacia atrás, lo más objetivamente que me es posible, siempre creí en ellas. No se trata solo de que la firma de servidor esté en el original de la Constitución (que algunas femi-nazis pretenden derribar), suscribiendo la igualdad de sexos del artº 14, que cualquier demócrata hubiera defendido. Esos grupos y personas que manejan la guillotina, ejecutando públicamente a quien disiente, ignoran que este presunto machista pretendió que Salamanca tuviera la primer alcaldesa de su historia, tan pronto se convocaron las primeras elecciones locales democráticas. Renunciando a su propia opción —el dedo afectuoso de Suárez—, y buscando por encargo expreso de quien podía hacerlo, la que creyó personalidad más apta, que fue la mas votada (Pilar F. Labrador), pero sin mayoría absoluta (y de ahí Jesús Málaga). Y en la designación posterior de alguna competente concejal dicen que tengo bastante culpa.

Al propio tiempo en mi bufete comenzó sus prácticas una joven letrado, un sol, la que pude formar como especialista en derecho matrimonial, en los albores de la Ley de Divorcio, de la que había sido ponente en las Cortes. Y como no era precisamente mansa, acabó siendo la mejor especialista de Salamanca en aquella nueva normativa, con la que tuvo numerosos éxitos profesionales.

¿Solamente puedo alegar esto en mi defensa? Bueno, cuando tuve la última responsabilidad pública, la programación y coordinación de “Salamanca 2005, Plaza Mayor de Europa”, mi staff lo compuse íntegramente de mujeres. Ni un solo varón. Ayer, precisamente, tomé con las tres más próximas el café que nos charlamos desde entonces —y han pasado casi quince años—, periódica y afectuosamente.

Unas predican y otros damos trigo. En mi defensa anotaré que he sido el primer presidente del más que centenario Casino de Salamanca en designar mujeres para la Junta Directiva. Por primera vez en su historia, y no una ni dos, sino tres, todas excelentes colaboradoras. Las primeras conferenciantes de éxito que logré captar para dicha Asociación Cultural fueron Araceli Mangas (catedrática y Académica de Ciencias Morales y Políticas) y Esperanza Aguirre; las primeras invitadas al ciclo sobre periodismo, Rosa Jiménez Cano (corresponsal de El País en Los Ángeles), y la salmantina Carme Chaparro (Premio Planeta 2017)... ¿Sigo?

Una importante asociación nacional pretendió que la representara en Salamanca y la convencí de que la persona apropiada era una mujer que hoy lleva cabo su labor estupendamente. Y siguiendo con los toros, quienes hicieron magníficamente y volverán a hacer la programación de la próxima Feria de Septiembre en el Casino, serán las periodistas María Fuentes y Ana Pedrero, seguramente con una tercera colega. Por cierto, mi “torero” predilecto se llama Claudia. O sea.

Eso sí, no tengo remedio, presumo de galante. Me gusta ceder la acera y las puertas a las mujeres, besar la mano a las señoras maduras que me presentan, decir gentilmente algún piropo blanco... Y que conste que, hasta la fecha, ninguna de estas féminas —que no es lo mismo que feministas—, se me ha revuelto, ni rechazado mis gentilezas, ni ofendido con mi galantería, sino al contrario. Y aviso que pienso seguir con esos modales que mamé, compatibles con la crítica política no sólo a los “machos”, sino también a las mujeres que tengan responsabilidades públicas. Aunque, en distorsiones interesadas, me acusen de machismo. Pero, insisto, mientras otros (as) predican, yo he dado mucho trigo.